![[Img #32956]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2025/4918_juan-ramon-hernandez-valeron.jpeg)
Nunca estamos preparados antes la noticia de la muerte de un ser querido, sea un familiar o un amigo. Siempre nos sorprende y no terminamos de darle crédito. Nos deja paralizados y, en un primer momento, no sabemos cómo reaccionar. Es como si el mundo se parara por un instante. Te enfadas porque hace un par de semanas que querías ir a visitarlo y ahora te preguntas por qué no lo hiciste. El sentimiento de culpa lo invade todo, sin ser consciente de que eso no va a cambiar la realidad.
Falleció Juan Espino del Toro, el que fuera el primer alcalde de la era democrática en el municipio de Ingenio y que gobernó a lo largo de dos largas décadas, ejerciendo también el cargo de Consejero del Cabildo durante dieciséis años, además de ser Secretario Local del Partido Socialista. Un referente político, una figura transcendental en la historia reciente de Ingenio, pero, sobre todo, murió un amigo entrañable.
Son las seis de la mañana del viernes 26 de junio. Sentado frente a mi ordenador trato de rendir mi último y sentido homenaje al amigo que nos ha dejado, al colega que hace cincuenta años me tropecé en el Colegio “Doctor Espino Sánchez” con el que tanto compartí.
Juan Espino del Toro era un buen amigo, de los mejores, y era también un gran lector (afición que compartíamos), un hombre de verbo fácil y un analista sagaz, pero sobre todo, era un demócrata convencido. Hicimos buena amistad desde el primer momento, amistad que se fue consolidando a lo largo de los años. Compartíamos aficiones, es cierto, pero también compartíamos anhelos y esperanzas por vivir en un mundo mejor, sin tantas ataduras. Nos cogimos afecto. A veces pasaban largos períodos sin vernos, pero nos intercambiábamos algunos whatsApp, que se habían convertido en las cartas breves del mundo digital.
Gran lector de todo lo que cayera en sus manos, era muy aficionado al diario “El País”, que compraba en un pequeño bazar, porque le gustaba leerlo en papel. Lo había convertido en un ritual, y hasta que no lo leyera no salía hacia la finca. De cuando en cuando me enviaba a través del móvil algún artículo de Muñoz Molina, sabedor de mi admiración por este autor desde hace muchos años. Yo también le remitía algún artículo del “Diario.es”.
Había adquirido yo la costumbre de ir a visitarlo de cuando en cuando a su finca, y él, siempre tan atento y tan buen amigo, hacía un alto en sus quehaceres y me invitaba a un café, que nos servía de excusa para charlar de lo que fuera, especialmente de libros y lecturas afines, de cine, al que era un gran aficionado y un gran conocedor; sobre política y sobre la vida en general. Alargábamos ese rato todo lo que podíamos, porque, sin proponérnoslo, tratábamos de solucionar los problemas del mundo en nuestras conversaciones. Los otros familiares que trabajaban en la finca nos dejaban solos, para que “arregláramos el mundo”. Podíamos pasarnos horas y horas saltando de un tema a otro, conversando sobre lo divino y humano, porque Juan Espino era un gran conversador, un hombre ilustrado, un hombre que había estado en mil escenarios, un buen amigo.
La Historia le apasionaba. Se le había quedado una espina clavada por no poder estudiarla de forma reglada por estar muy enfrascado durante mucho tiempo en política, pero una vez jubilado, después de que se retirara de la política y se reincorporara a la Escuela, comenzó a estudiar Historia en la Universidad y se licenció con notas sobresalientes. Tenía mucha capacidad y una excelente memoria. Después siguió estudiando para el Doctorado, pero, a su pesar, tuvo que abandonar por enfermedad, lo que no le impidió seguir leyendo y cultivándose. Leía hasta los papeles de la calle, como dicen que hacía Cervantes.
En el año 2016 publicó un libro titulado “Memoria de un ciudadano que fue alcalde”, porque sentía la necesidad de escribirlo, por explicarse, por reflexionar sobre todos los aconteceres políticos que vivió en primera persona. Cuando me dejó el borrador para que lo revisara le animé a que lo publicara, pues estaba convencido de que, aparte de estar bien escrito, sería un documento valioso para los lectores que se acercaran a conocer la historia reciente del municipio.
Después de vencidas algunas reticencias, se decidió a publicarlo. No sé por qué me pidió que lo prologara y que lo presentara. Me resistí lo que pude, no quería tener esa responsabilidad, a pesar de que le pedí que se lo propusiera a otras personas más preparadas y más ilustres que yo. No hubo manera. Se mantuvo en sus trece. Terminé cediendo ¿Cómo decirle que no a un buen amigo? Sé que lo hizo por pura amistad, pues de lo contrario no se entendería. Para mí fue todo un placer y un honor que, con el paso de los años, he valorado mucho.
En mi biblioteca personal su libro ocupa un lugar destacado, como ocupaba un lugar destacado mi amistad con él. Lo nuestro era una amistad surgida de las frecuentes charlas que mantuvimos a lo largo de tantos años. Y mi admiración y cariño hacia su persona iban de la mano. Sé que nos teníamos mucho afecto; se notaba en cada encuentro, en cada conversación.
Siento enormemente su pérdida, porque me quedo un poco huérfano, pues cuando se nos muere alguien cercano que tanto queríamos y respetábamos es como si muriese una parte de nosotros, como si los que aún estamos vivos muriéramos poco a poco con cada pérdida.
Llenaría páginas enteras con todo lo que compartí con Juan Espino, pero no es el momento. Quizá en otra ocasión. Hoy es un día para hacer esta crónica apresurada que nunca hubiera querido escribir. Por eso, antes de que las lágrimas inunden mis ojos y me impidan terminar este escrito, quiero expresarles mis más sentido pésame a Antonia María, su esposa; a sus hijos Dan, Jonay y Romen; a sus hermanas y hermanos, y a Juan Ramón Pérez Valerón, que se convirtió con el paso de los años en su amigo más fiel, en el capataz de la finca, en el trabajador más comprometido y el que más empeño ponía y sigue poniendo en cuidarla y trabajarla. Y también quisiera expresarles mi pésame a sus amigos y a toda la Familia Socialista por tan sentida pérdida.
Se nos ha ido un gran hombre, una gran persona y un gran amigo. Ahora solo nos queda honrar su memoria. DEP.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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