Literatura epistolar y la ideología
En estos días he comenzado a asistir a un taller sobre literatura epistolar que se está impartiendo en el Museo Centro de Arte Indigenista Antonio Padrón, en Gáldar, dentro de las actividades programadas del museo. La actividad, dirigida maravillosamente bien por la escritora y periodista Andrea Cabrera Kñallinsky, nos invita no solo a adentrarnos en la literatura que tiene al intercambio de cartas como fórmula narrativa, sino, lo que me parece todavía más importante en esta sociedad y modo de vida en el que el 'modo pausa' parece más inconcebible que nunca, nos convida precisamente a eso: a pausarnos, a disfrutar de la lectura de modo más tranquilo, e incluso a afrontar la bella labor de la escritura de forma más calmada, más presente, más de poquito a poco.
Pues bien, en el marco de este taller, que Cabrera ha también celebrado con éxito en otros centros museístico e incluso en centros penitenciarios de la isla, la tallerista nos ha invitado a la lectura de varios libros cuyos autores han optado precisamente por el intercambio de cartas para contarnos historias.
De esta forma, llegué al libro sobre el que les quiero hablar: Paradero desconocido, una pequeña obra de apenas setenta páginas, de una fuerza tal, de un realismo tal, de una actualidad tal, que me quedé sorprendida y, a la vez, asustada. Y es que este pequeño volumen, que para su autora, la escritora estadounidense Kathrine Kressmann Taylor, constituyó su primera obra publicada, supone una obra de arte en sí misma. Escrito bajo el seudónimo de Kressmann Taylor, fue publicado por primera vez en su totalidad en Story Magazine en 1938 en los Estados Unidos, un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial .
El libro toma forma de epístolas, es decir, la trama discurre a través de las cartas que se escriben sus dos protagonistas. Las mismas se extienden desde el 12 de noviembre de 1932 hasta el 3 de marzo de 1934. A través de ellas, el público lector se adentra en la relación de dos buenos amigos. Por un lado, Martin Schulse, nativo alemán en la cuarenta padre de tres niños, y Max Eisenstein, de la misma edad, soltero y de origen judío. Ambos son socios en un exitoso negocio en San Francisco, la Galería Schulse-Eisenstein.
La situación cambia cuando Martin, el amigo alemán, regresa a Múnich con su familia e inicia un intercambio de cartas con su amigo y socio. Era noviembre de 1932, un momento en el que el nazismo estaba en plena eclosión. A su regreso a Múnich, Martin, una persona supuestamente de ideales liberales, es 'tentado' poco a poco por la ideología nazi, hasta el punto en que su hijo mayor se suma a las juventudes nazis.
A través del intercambio de misivas entre los dos antiguos amigos, vemos la evolución de Martin, que pasa de ser un hombre preocupado por los demás, a abanderar la causa nazi, justificando el asesinato en masa y el exterminio del pueblo judío, a quien culpa de todos los males de una Alemania machacada y empobrecida tras las primera Guerra Mundial.
Ante esta situación, Martin, un hombre con recursos económicos suficientes para comprar un palacete donde vivir en Múnich atendido por varios sirvientes, ve en la figura de Adolf Hitler un mesías que llega para salvar la patria alemana. Hasta tal punto es la adoración hacia el Führer -palabra en alemán que significa literalmente 'guía' o 'líder', término con el que se autodenominó Adolf Hitler-, que llama a su hijo recién nacido con el nombre de pila del mismo: Adolf.
A través de estas cartas, no solo percibimos el tremendo descalabro que el pensamiento doctrinario genera en las sociedades, sino que la autora nos presenta a una sociedad en transición desde los principios políticos democráticos -no hay que olvidar que Hitler se hace con el poder tras unas elecciones- hacia un sistema fascista dictatorial orquestado y perfectamente diseñado para establecer y fijar el dominio de una raza sobre otra, sin importar que para ello se asesine a cinco millones de personas, entre ellas, miembros de la sociedad judía, personas de etnias gitanas, personas con discapacidad o adversarios políticos.
El título de la novela, Paradero desconocido, hace alusión a la última carta devuelta a su emisor a Estados Unidos, con un sello exterior que rezada no entregada por paradero desconocido.
La novela, a pesar de un breve extensión, resulta desgarradora. En ella, la autora tiene la capacidad de enfrentarnos al doloroso sentimiento de la incredulidad y la decepción frente a la pérdida por causas ideológicas de una amistad que se creía consolidada y sincera, pero también a sentimientos tan terribles como humanos como son la desolación, el miedo, la traición y el deseo de la más oscura venganza. Además de un tema muy peligroso: la justificación de la maldad más visceral por parte de personas sencillas, incluso de aquellas que han sido ajenas al mundo de la política o militar, cuando las circunstancias y el contexto histórico del momento en el que viven les hacen anteponer su integridad física a sus valores éticos.
Y algo más cruel todavía si cabe: cómo un contexto bélico y de polarización política exarcebada puede dar lugar al asesinato impune de personas y, sobre todo, a encontrar en ese asesinato una justificación ideológica. Incluso si las personas asesinadas son tus amigos más íntimos, tus vecinos de la toda vida o tu propia familia.
Para nuestra desgracia, de lo que les hablo ya lo hemos conocido en nuestra avergonzante Guerra Civil y posterior dictadura franquista, que muchos se empeñan en endulzar a base de eslóganes a través de las redes sociales, invitando a la población más joven a crecerse aquello de que 'con Franco vivíamos mejor'. En un mundo de redes y bulos, los libros y el conocimiento de la historia pasan a un tercero, quinto o décimo lugar.
La gente sin criterio ni formación se cree a pies juntillas lo que se publican en vídeos recreados burdamente con Inteligencia Artificial sin fundamentación histórica alguna y olvidan que antes de opinar, hay que conocer, leer, investigar, contrastar la información, y sobre todo, tomar como referentes a las personas estudiosas del tema, apostar por la voz especializada y académica, versada en el tema en concreto, y no por la de aspirantes a pseudohistoriadores de pacotilla de ideología más que censurable que tanto pululan por las redes.
Justamente sobre el tema de la justificación nazi y de la adoración a la figura de Hitler, que hizo que el pueblo alemán se concibiera a sí mismo como los libertadores del mundo, versa el largometraje Núremberg, cinta de 2025, un film que se adentra en la relación entre Hermann Göring, el más alto cargo del Tercer Reich hecho prisionero, protagonizado por el actor Russell Crowe, y el psiquiatra que evaluó la salud mental de esos jerarcas antes de sentarlos en el banquillo, Douglas Kelley, interpretado por Rami Malek.
Hace más de ochenta años que se juzgó a 22 altos cargos del Tercer Reich, acusados de crímenes de lesa humanidad, crímenes contra la paz y crímenes de guerra. Nunca antes se había llevado a cabo este tipo de juicios y mucho menos, liderados por un conjunto de fiscales de diferentes países (Francia, la Unión Soviética, Reino Unido y Estados Unidos). Aquellos juicios supusieron un antes y un después en el derecho internacional y sobre todo, supuso el establecimiento de toda una legislación de carácter mundial que condena a los crímenes de lesa humanidad. Aunque una hoy se plantea el poder real que tienen esas leyes dado que Netanyahu, como tantos otros gobernantes que han sido condenados por crímenes de lesa humanidad, es decir de exterminio y asesinato de miles de personas, se ha librado hasta el momento de ser encarcelado por ello, ni mucho menos ha depuesto su actividad criminal y asesina.
Por cierto que la conclusión del médico psiquiatra Douglas Kelley es que estos hombres no estaban locos ni eran meras marionetas. Aquí Hannah Arendt, y su concepto 'banalidad del mal', tendrían mucho que decir. Pero este tema quedará para otra columna.
A modo de posdata, me gustaría comentarles que, mientras escribo esta columna, ha pasado por debajo de mi ventana un vehículo conducido por un tipo joven, que es vez de llevar la música de perreo tan en boga en estos últimos años, lleva puesto a todo volumen 'Cara al sol', el himno de la falange franquista. Una muestra de lo que implica residir en un país que se rige por leyes democráticas pero también todo un síntoma de lo que he abordado en esta columna.
Y... ¿qué quieren que les diga? Da bastante miedo. Y mucho que reflexionar.
Josefa Molina




























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