Tomateros en La Aldea de San NicolásEn las primeras décadas del siglo XX, el valle de La Aldea de San Nicolás empezó a vivir una transformación profunda que cambiaría para siempre su paisaje y su forma de vida. Aunque la agricultura de subsistencia ya existía desde mucho antes, fue entre finales del siglo XIX y, especialmente, durante las décadas de 1920 y 1930 cuando el cultivo del tomate comenzó a consolidarse como una actividad en expansión en La Aldea de San Nicolás. Las condiciones climáticas del valle, unidas al crecimiento de la demanda europea de productos agrícolas, favorecieron que este cultivo se convirtiera poco a poco en una de las principales bases económicas del municipio.
Durante esos primeros años, el tomate se trabajaba todavía con métodos muy tradicionales, en pequeñas explotaciones familiares que dependían casi por completo del esfuerzo humano y del conocimiento transmitido de generación en generación. Sin embargo, a medida que avanzaba la primera mitad del siglo XX, especialmente a partir de los años 40 y 50, la producción comenzó a orientarse con más claridad hacia la exportación. Este cambio fue decisivo, ya que marcó el inicio de una nueva etapa económica para el valle.
En la década de 1950, con la mejora progresiva de las comunicaciones marítimas y el fortalecimiento del comercio exterior canario, el cultivo del tomate experimentó un crecimiento notable. Se introdujeron mejoras en los sistemas de riego, se reorganizó el trabajo agrícola y comenzaron a consolidarse los empaquetados como espacios fundamentales dentro de la cadena productiva. Todo ello permitió aumentar tanto la cantidad como la calidad del producto destinado a los mercados europeos, especialmente al Reino Unido.
El verdadero auge llegó entre los años 60 y 70, cuando el tomate se convirtió en el principal motor económico de La Aldea de San Nicolás. En este periodo, el valle vivió sus campañas agrícolas más intensas. La actividad se organizaba por temporadas, normalmente entre otoño e invierno, cuando cientos de trabajadores participaban en la recolección, selección y empaquetado del producto. Las jornadas eran largas y exigentes, pero el cultivo generaba empleo para gran parte de la población, convirtiéndose en el eje central de la vida del municipio.
Durante estos años, el paisaje agrícola cambió de forma visible. Los antiguos sistemas de cultivo fueron dando paso a explotaciones más estructuradas, con bancales mejor organizados, sistemas de riego más eficientes y una mayor planificación de la producción. El tomate no solo generó riqueza, sino que también impulsó mejoras en infraestructuras básicas, como caminos rurales y conexiones de transporte hacia los puntos de exportación.
A partir de finales de los años 80 y, sobre todo, durante la década de 1990, el sector comenzó a entrar en una etapa de crisis progresiva. La competencia de otros países productores, el aumento de los costes de producción, la escasez de agua y los cambios en las políticas comerciales europeas provocaron una fuerte reducción de la actividad. Muchas explotaciones agrícolas dejaron de ser rentables, lo que llevó al cierre de numerosas fincas y a la disminución del empleo en el sector.
En los años 2000, el cultivo del tomate ya no tenía el peso dominante que había tenido décadas atrás, aunque todavía se mantenía en algunas explotaciones familiares y en proyectos más reducidos. En este periodo, algunos agricultores comenzaron a introducir innovaciones tecnológicas, como el riego por goteo, invernaderos más modernos y técnicas de producción más eficientes, con el objetivo de mantener viva la actividad adaptándose a las nuevas condiciones del mercado.
Hoy en día, el tomate sigue formando parte de la memoria colectiva del municipio, aunque su presencia económica sea menor. Para muchas personas, representa una etapa clave de la historia local, en la que el trabajo en el campo organizaba la vida cotidiana y definía el ritmo del pueblo. Las generaciones que vivieron las campañas de los años 60, 70 y 80 recuerdan aún la intensidad de aquellos días, el esfuerzo compartido y la importancia del cultivo en la vida comunitaria.
Así, el tomate en La Aldea de San Nicolás no es solo un cultivo que tuvo importancia económica en el pasado, sino un símbolo de identidad que refleja la historia de un pueblo que creció a base de trabajo, adaptación y esfuerzo colectivo, y cuya huella sigue presente en su paisaje y en su memoria.




























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