Amor
Era mediodía y el sol caía sobre la piscina del hotel con esa brutalidad blanca que tienen los soles de verano. Yo estaba en mi hamaca, con un libro que no leía, cuando la vi. Tendría setenta años, quizás más. Pero había en ella algo que no pertenecía al tiempo: la serenidad. Esa belleza que no es de rasgos sino de haber llegado a algún sitio. Daba brazadas lentas y precisas, con la cabeza siempre erguida, el pelo recogido intacto, como si el agua no tuviera permiso para tocarla del todo.
Entonces apareció él. Era algo mayor, o eso decía su cara. Pero su cuerpo, sus gestos, su manera de entrar al agua eran los de un niño que acaba de descubrir que puede mojarse. Salpicó, se rio de sí mismo, buscó a la mujer con los ojos como se busca a alguien que uno necesita que vea lo que está haciendo. Ella lo miraba. Sonreía con esa paciencia que no es resignación sino abundancia.
Cuando salieron y se sentaron en las hamacas, él no paró. Le tocó el pelo. Le rozó la piel del brazo. Y entonces, con una naturalidad que me dejó sin aire, sostuvo uno de sus pechos en la palma de la mano. Despacio. Como quien comprueba el peso de algo precioso. Ella rio. Lo miró. Y los dos se miraron de esa manera que no tiene nombre pero que todos hemos visto alguna vez y hemos deseado para nosotros: con la urgencia torpe y feliz de los que están empezando.
Pensé: son recién novios. Están en esa fase en que el otro es todavía una pregunta sin resolver, en que el cuerpo del otro es un territorio que se explora con asombro. Comenzando. A pesar del invierno de sus días. O quizás justo entonces, porque el invierno lo permite, porque cuando ya no queda tanto tiempo, uno deja de aplazar.
Pensé en Florentino Ariza, que esperó cincuenta y tres años, siete meses y once días para decirle a Fermina Daza que la seguía amando. Pensé en que García Márquez escribió eso como una extravagancia romántica y resulta que no era ficción, que era una instrucción de uso.
Ahora vivimos en el tiempo de los algoritmos que predicen con quién seremos compatibles, de las aplicaciones que miden la química antes de que ocurra, de la inteligencia artificial que puede escribir cartas de amor más elaboradas que las nuestras. Y sin embargo ahí estaban esos dos, sin recurrir a nada de eso, sin optimizar nada, sosteniéndose mutuamente con la torpeza gloriosa de los principiantes.
El amor no envejece. Somos nosotros los que a veces nos cansamos de él, los que cedemos a la comodidad de lo conocido y lo dejamos de mirar. Pero ahí sigue, esperando, con su peso exacto en la palma de la mano, listo para ser sostenido de nuevo. Por quien se atreva.
Javier Estévez




























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