El fracaso escolar tiene nombre: sistema educativo

Moisés Rodríguez Gutiérrez

Durante décadas culpamos a miles de niños por no encajar en un modelo incapaz de adaptarse a ellos.

 

Hace algunos días, se celebró en Las Palmas de Gran Canaria una manifestación tan necesaria como reveladora. Miles de personas salieron a la calle para reclamar algo que, en pleno siglo XXI, debería estar plenamente garantizado: una educación inclusiva real para todos los niños y niñas de Canarias.

 

Y es precisamente ahí donde surge la primera pregunta. ¿Cómo es posible que todavía haya que manifestarse por algo así? ¿Cómo hemos llegado al punto de que familias, alumnos y docentes tengan que reivindicar en las calles un derecho que debería estar protegido por las instituciones y formar parte de la normalidad de cualquier sistema educativo moderno?

 

Durante las décadas de los ochenta y noventa, cuando un niño no encajaba en el sistema educativo establecido, rara vez se cuestionaba el propio sistema. El problema siempre parecía ser el alumno. Era un niño vago, conflictivo, despistado o, en el peor de los casos, alguien al que se etiquetaba con una ligereza que hoy resulta difícil de comprender. La respuesta habitual consistía en castigos, reprimendas o en hacerle sentir que no estaba a la altura de lo que se esperaba de él.

 

Nadie parecía plantearse que tal vez el problema no estuviera en aquel niño o aquella niña, sino en un modelo educativo excesivamente rígido, diseñado para que todos aprendieran de la misma manera, al mismo ritmo y utilizando las mismas herramientas. Encajabas o te quedabas atrás. No había demasiadas alternativas. No se buscaban otros caminos. Y como consecuencia, muchos alumnos acabaron arrastrando una sensación de fracaso que probablemente nunca les perteneció.

 

No sería sincero por mi parte escribir estas líneas sin reconocer que hablo desde la experiencia. Durante muchos años llegué a odiar todo lo relacionado con el colegio. Nunca me gustó escribir. Tampoco estudiar. Recuerdo pasar tardes enteras delante de un cuaderno mientras buscaba cualquier excusa para no hacer la tarea. Miraba por la ventana, jugaba con el lápiz o me entretenía con cualquier cosa antes que escribir una sola línea.

 

En casa las discusiones eran frecuentes por el mismo motivo. El niño no quería escribir. Y mucho menos hacerlo correctamente. La caligrafía era un desastre, la ortografía aún peor y los libros representaban para mí una obligación constante. Donde otros veían aprendizaje, yo veía frustración.

 

Los años fueron pasando y aquella relación complicada con la escritura no mejoró. Más bien al contrario. Sin embargo, la vida tiene una curiosa forma de desmontar nuestras certezas. En 2011 comencé mi aventura radiofónica con el programa Entre Chácaras y Tambores. Fue entonces cuando Vicente Díaz tuvo la idea de crear un blog para el programa. Aquel blog necesitaba contenido y no me quedó más remedio que sentarme a escribir.

 

Los primeros textos eran manifiestamente mejorables. Escribía con más voluntad que técnica. Pero tuve la suerte de encontrar personas que me corrigieron, me orientaron y me animaron a seguir adelante. Gracias a ellas fui aprendiendo poco a poco.

 

Sin darme cuenta, aquello que tanto había rechazado durante mi infancia comenzó a convertirse en una pasión. Descubrí que podía expresar ideas, contar historias y comunicar emociones a través de las palabras. Lo que durante años había considerado una de mis mayores limitaciones terminó siendo una de las grandes satisfacciones de mi vida.

 

Por eso entiendo perfectamente la importancia de la educación inclusiva. Porque sé lo que significa crecer pensando que uno no sirve para determinadas cosas. Sé lo que supone que nadie busque formas alternativas de ayudarte a aprender. Y también sé cuánto puede cambiar una vida cuando alguien confía en tus capacidades y te ofrece las herramientas adecuadas.

 

Hace unos días, una amiga que forma parte del mundo de la educación me hizo llegar una reflexión del docente y escritor César Bona que me hizo pensar profundamente: «Es triste que la felicidad de un niño en la escuela dependa del maestro que le toque».

 

Cuanto más vueltas le doy, más razón encuentro en esas palabras. Porque la educación de calidad no debería depender de la suerte. Ningún niño debería comenzar un curso esperando que le toque un docente capaz de comprender sus necesidades o detectar sus capacidades. Del mismo modo que tampoco debería depender de la sensibilidad de una familia, de los recursos económicos disponibles o de la voluntad individual de determinadas personas.

 

Es cierto que un buen maestro puede cambiar una vida. Yo mismo he tenido la suerte de encontrar personas que supieron ver en mí capacidades que otros no vieron. Pero precisamente por eso resulta tan importante que la inclusión forme parte del sistema y no dependa únicamente de la fortuna de coincidir con alguien dispuesto a mirar más allá de una nota, una etiqueta o un diagnóstico.

 

Existe además una cuestión de fondo que como sociedad debemos empezar a plantearnos seriamente. Un menor que no encaja en los parámetros establecidos por el sistema educativo no es un niño raro, ni un problema, ni alguien defectuoso. Tampoco es menos capaz que los demás. Simplemente aprende de una manera diferente.

 

La diversidad no es una excepción. La diversidad es la norma. Siempre ha existido. Lo que ocurre es que durante demasiado tiempo hemos intentado medir a todos con la misma vara.

 

Lo verdaderamente extraño no es que haya niños que aprendan de forma diferente. Lo verdaderamente extraño es que sigamos manteniendo estructuras educativas que continúan exigiendo que todos respondan de la misma manera. No podemos seguir aceptando que sean los alumnos quienes deban adaptarse a las formas establecidas mientras el sistema permanece prácticamente inmóvil.

 

Durante décadas se ha transmitido la idea de que quien no encaja debe esforzarse más. Sin embargo, la verdadera inclusión pasa precisamente por lo contrario. Es el sistema el que debe tener la capacidad de adaptarse a las necesidades de cada alumno. No se trata de rebajar el nivel educativo ni de regalar resultados. Se trata de ofrecer diferentes caminos para alcanzar los mismos objetivos.

 

Las alternativas existen. Hace años que especialistas, docentes y expertos en pedagogía vienen señalando el camino. Es necesario aumentar los recursos humanos en los centros educativos, reforzar los equipos de orientación, incorporar más profesionales especializados y garantizar apoyos suficientes para el alumnado que los necesite.

 

También es imprescindible apostar por metodologías más flexibles. No todos los alumnos aprenden escuchando una explicación magistral. Algunos necesitan experiencias prácticas, otros apoyo visual, otros trabajo colaborativo y otros simplemente más tiempo para procesar la información. La educación debe ser capaz de responder a esa realidad.

 

Otro aspecto que merece una reflexión profunda es la obsesión que seguimos teniendo con las notas. Durante generaciones hemos educado a niños y jóvenes para creer que un número define su capacidad, su inteligencia e incluso sus posibilidades de futuro. Un sobresaliente parecía abrir todas las puertas; un suspenso, en cambio, podía convertirse en una etiqueta difícil de quitar.

 

Sin embargo, la realidad demuestra que las personas somos mucho más que una calificación. Hay alumnos brillantes que no destacan en los exámenes tradicionales, del mismo modo que existen estudiantes capaces de obtener buenas notas y encontrar enormes dificultades para desenvolverse en otros ámbitos. Reducir el potencial de una persona a un boletín de notas es una simplificación tan injusta como ineficaz.

 

Las calificaciones pueden servir para medir determinados conocimientos en un momento concreto, pero no deberían convertirse en una sentencia sobre las capacidades de nadie. La creatividad, la capacidad de esfuerzo, la empatía, el pensamiento crítico, la iniciativa o la habilidad para resolver problemas son cualidades que rara vez aparecen reflejadas en una nota y que, sin embargo, resultan fundamentales para desenvolverse en la vida.

 

Quizá haya llegado el momento de preguntarnos si seguimos evaluando para ayudar a aprender o simplemente para clasificar a los alumnos. Porque cuando una nota pesa más que la persona que hay detrás de ella, el sistema educativo corre el riesgo de olvidar cuál debería ser su verdadera función: ayudar a cada estudiante a desarrollar todo su potencial.

 

La detección temprana también resulta fundamental. Cuanto antes se identifiquen las dificultades o necesidades específicas, mayores serán las posibilidades de ofrecer respuestas eficaces. Esperar años para obtener una valoración o una intervención especializada supone condenar a muchos niños a convivir con la frustración y la sensación de fracaso.

 

Y, por supuesto, hace falta una inversión decidida. Porque la inclusión no puede depender de la buena voluntad de un docente concreto ni del esfuerzo heroico de determinadas familias. Debe formar parte de la estructura misma del sistema educativo. Debe ser una prioridad política y social.

 

Por eso resulta tan incomprensible que todavía haya que salir a la calle para reclamar algo tan básico. La inclusión educativa no debería ser una reivindicación. Debería ser una realidad consolidada desde hace décadas.

 

Lo preocupante no es que existan dificultades para construir un sistema educativo verdaderamente inclusivo. Lo preocupante es que, después de tantos años de diagnósticos, informes y promesas institucionales, sigamos debatiendo cuestiones que deberían haberse resuelto hace décadas. Ningún gobierno puede presumir de apostar por la igualdad de oportunidades mientras haya alumnos que continúan quedándose atrás por falta de recursos, personal especializado o voluntad política.

 

Cada vez que un alumno abandona sus estudios porque nadie supo comprender cómo aprendía, perdemos todos. Perdemos talento, oportunidades y futuro. Cada vez que un niño crece pensando que no sirve para estudiar cuando en realidad es el sistema el que no sabe llegar hasta él, estamos cometiendo una injusticia que una sociedad avanzada no debería permitirse.

 

Si las notas fueran capaces de medir el verdadero potencial de una persona, muchos de nosotros jamás habríamos llegado a convertirnos en aquello que somos hoy.

 

Mientras escribo estas líneas también continúo trabajando en varios proyectos que jamás imaginé emprender. Entre ellos, la escritura de un libro. Una idea que durante años me parecía imposible y que nació precisamente gracias a aquella pasión por la escritura que descubrí cuando menos lo esperaba.

 

Hace apenas unos días tuve además el honor de escribir la crónica de la visita de León XIV a Gran Canaria, especialmente de su paso por Arguineguín y por el Estadio Gran Canaria. Mientras redactaba aquellas líneas no pude evitar pensar en todas aquellas personas que, durante mi etapa escolar, me hicieron creer que escribir no era lo mío. Probablemente muchos de quienes me consideraban un alumno poco aplicado, un despistado o alguien incapaz de expresarse por escrito no darían crédito si vieran algunas de las cosas que he llegado a escribir con el paso de los años.

 

Pero si algo he aprendido durante este tiempo es que nadie llega solo a ninguna parte. Si hoy puedo escribir estas páginas es gracias a muchas personas que me tendieron la mano cuando más lo necesitaba, que me ayudaron a mejorar mis conocimientos, que corrigieron mis errores con paciencia y que supieron contagiarme con su entusiasmo, su experiencia y su brillo. En muchos momentos vieron capacidades en mí que yo mismo era incapaz de reconocer.

 

No cuento esto para hablar de mí. Lo cuento porque estoy convencido de que detrás de cada alumno que hoy parece no encajar puede existir un escritor, un músico, un científico, un artesano o un profesional brillante al que simplemente nadie ha dado todavía la oportunidad adecuada.

 

Quizá esa reflexión tenga más relación con la educación inclusiva de la que parece. Porque, al igual que no existe una única manera de aprender, tampoco existe una única manera de crecer, de avanzar o de demostrar el talento que cada persona lleva dentro. Y cuando entendamos de una vez por todas que la diversidad no es un problema sino una riqueza, estaremos mucho más cerca de construir la sociedad que decimos querer.

 

Hasta entonces, manifestaciones como la del pasado domingo seguirán siendo necesarias. Y eso, sinceramente, debería hacernos reflexionar a todos.

 

Moisés Rodríguez Gutiérrez

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