
Existe un día al año que los colegios definen como “el más entrañable y emotivo del año”; uno que los padres viven de manera completamente diferente: el día de la fiesta de fin de curso.
Todo empieza con un mensaje al grupo donde anuncian que los niños bailarán una coreografía muy especial, momento en el que, a los padres, se les empieza a subir la tensión porque, lo que para la profesora es un simple baile, para ellos suponen toda una producción de Hollywood.
De repente, se ven en la más absurda necesidad de conseguir una camiseta verde, pero, no de cualquier verde, sino de uno específico que todos tienen en mente, pero ninguno sabe definir. Y empiezan los juegos del hambre…
—¿Sirve esta?
—No.
—¿Y esta?
—Tampoco.
—¿Y esta otra?
—Esa es verde botella y la que nos pide es verde hierba.
Y tú, que siempre has sido muy de barrio, te preguntas en qué momento los colores primarios se volvieron tan complejos.
Pero eso no es todo, todavía queda el resto el vestuario que ha dejado de ser sencillo para convertirse en un atuendo conseguido mediante un acuerdo firmado con una compañía de teatro internacional y El Corte Inglés.
Mallas negras. Falda Hawaiana. Flores para el pelo. Cintas de colores. Un sombrero amarillo limón. Tres pulseras. Ah, y zapatillas completamente blancas de velcro a un lado. Ni beige, ni crema, ni con rayas, ni de cordones. Blancas. Más blancas que tus expectativas de poder descansar en vacaciones.
El día antes de la fiesta es el más emocionante de todos. Las profesoras organizan los últimos detalles, los padres se vuelven locos preparando todo y se pelean con la pistola de silicona y, al llegar la noche, los niños no duermen porque están nerviosos y ellos no duermen porque los primeros no les dejan…
Y a las tres de la mañana todavía siguen dando vueltas buscando la diadema que con tanto ahínco guardaron.
Por fin llega el gran día. Los niños están contentos por dejar el colegio una temporada, los profesores agotados y en la cara de los padres se refleja la opinión que tienen sobre las vacaciones de verano. Aun así, se presentan dos horas antes para coger sitio en primera fila y grabar a su pequeño porque todos saben que cuanto más pequeño es el escenario, más familiares se presentan y si no van antes de tiempo tendrán que grabar desde el aparcamiento.
Y es que da igual la edad del niño, a la fiesta de fin de curso se presenta todo el árbol genealógico y, por supuesto, todos graban un vídeo que después envían al grupo familiar. Porque si no se tiene la misma actuación desde diferentes ángulos es como si no se hubiera ido.
Entonces aparece el grupo de niños y comienza la actuación, o lo que sea. Y te das cuenta de la flora y fauna que conforma la clase: el que baila bien, la que no se mueve, el que siempre llega tarde, la que no para de llorar, el que se queda inmóvil mirando a la gente, el que no deja de buscar a su madre, la que se rasca la nariz todo el rato, la que se cree protagonista… y, por supuesto, el que se inventa por completo la actuación, normalmente tu hijo.
Pero da igual porque son todos adorables y porque, en ese preciso momento, los padres se sienten tan orgullosos por la criatura que están criando que son incapaces de encontrar ningún defecto a lo que están viendo.
—Mira qué bien lo hace.
Aunque esté bailando al revés.
—Es el mejor.
Aunque se haya caído dos veces.
—Qué emoción.
Aunque lleve veinte segundos hurgándose la oreja.
El amor parental tiene estas cosas.
Cuando terminan las actuaciones llega otro de los grandes clásicos: la entrega de diplomas. Ese momento en el que cada niño recibe un papel cartulina que conservarán unos cuantos días sobre la mesa de la entrada antes de perderlo para siempre.
Los profesores sonríen. Los niños aplauden. Los padres hacen fotos. Y los abuelos lloran, como siempre.
Después llega la parte gastronómica, esa merienda organizada por el colegio con alimentos y bebidas llevadas por los padres: refrescos, papas, dulces, tortillas y una cantidad absurda de comida capaz de alimentar a todo un ejército que, evidentemente, casi todos ignoran porque prefieren correr y gritar por el patio gastando las últimas reservas de energía. O casi.
Los padres, mientras tanto, observan la escena con una mezcla de orgullo y agotamiento porque saben que han sobrevivido un año más a otro curso escolar lleno de madrugones, deberes, exámenes y trabajos. Y entonces ocurre. La directora toma el micrófono, sonríe y pronuncia una frase que provoca un aplauso generalizado:
—¡Feliz verano a todos!
Y durante unos segundos todos parecen felices hasta que recuerdan que las vacaciones duran casi tres meses, pero una cosa está clara: si los padres sobreviven al verano y los profesores sobreviven al resto del año, ambos merecen un diploma.


























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