
Llega por fin el ansiado verano. Para muchas familias significa fin de rutinas, horarios más flexibles, viajes, planes familiares…
Pero para otras, es muchísimo más que eso. El fin de curso, en aquellas familias de niños que sufren acoso escolar, se recibe como una bocanada de aire fresco, un oasis, un merecido descanso, un respiro necesario.
Se cierran libros, rutinas, horarios… y parece que también se cierra, aunque sea un poquito, el problema que absorbe y mantiene en vilo a la familia entera.
Falsa sensación de alivio.
Porque desgraciadamente, el acoso escolar no siempre se queda dentro del aula. Muchas veces, más de la que creemos, el acoso sobrepasa los muros del colegio o del instituto. Ya no sirve cerrar la puerta de clase. El acoso sigue, con otras formas, por otros medios, pero ahí sigue, rompiendo todo a su paso. Cuando el aula cierra, el acoso se cuela través de las pantallas, sigue latiendo en los grupos de WhatsApp, en las redes o en las partidas de videojuegos online.
Ahí sigue, el acoso no se va de vacaciones.
Así que para muchos niños y adolescentes, el verano no es necesariamente un descanso emocional.
A veces es solo un cambio de escenario. Ahora el acoso es una prisión digital donde sigue expuesto a la burla, el insulto o el vacío social desde su propia habitación.
No podemos bajar la guardia, no. Pero tampoco podemos quedarnos en el miedo.
Imaginemos por un momento que sí, que el acoso cesa con el cierre del centro educativo. Un respiro durante unos meses.
El curso ha sido duro. Más de lo que muchas veces es asumible. Pero el verano no puede ser solo un tiempo de espera pasiva hasta que vuelva a empezar la pesadilla en septiembre. Al contrario: el verano es una oportunidad de oro para fortalecer al niño desde dentro, cambiar el foco y llenarle la mochila de recursos y experiencias que le ayuden a reconstruir.
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Restaurar su autoestima: El acoso machaca la identidad del niño, haciéndole creer que algo en él está mal. Necesitamos buscar actividades fuera del entorno escolar habitual (campamentos, deportes nuevos, talleres de arte) donde pueda mantener relaciones sanas, descubrir sus talentos y, sobre todo, experimentar el éxito y la aceptación de sus iguales. Porque la autoestima no se fortalece solo con mensajes de “tú puedes” o “eres increíble”. Se fortalece cuando el niño se siente competente en pequeñas cosas, supera retos reales adaptados a su edad, experimenta capacidad sin sobreprotección y es acompañado sin ser rescatado constantemente.
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Entrenar habilidades de vida: En frío, sin la presión del día a día del colegio, podemos ayudarles a ensayar la asertividad. Aprender a decir "no", a identificar cuándo se está vulnerando su espacio y a pedir ayuda sin sentir vergüenza o miedo.
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Aprender a poner límites: Esto incluye también el entorno digital. El verano es el momento idóneo para pactar un uso saludable de las pantallas, enseñarles a descartar o bloquear perfiles que restan y a entender que su valía no se mide en likes ni en comentarios.
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Reconstruir la sensación de capacidad: Cuando un niño ha vivido rechazo o humillación, es habitual que aparezcan ideas como: “no encajo”, “no soy suficiente”, “mejor no me expongo”. Por eso el verano no debería ser solo descanso pasivo, sino también pequeñas experiencias donde el niño pueda decidir, participar, aportar, tener un rol y sentirse útil.
La Disciplina Positiva lo llama pertenencia a través de la contribución. Y es fundamental para reconstruir seguridad interna.
Cuando hablamos de acoso escolar, no estamos hablando solo de lo que pasa entre iguales.
Estamos hablando también de sentido de pertenencia, de autoestima, de seguridad personal, de habilidades sociales, de capacidad de poner límites...
Y eso se reconstruye con experiencias.
El verano, con más tiempo y más momentos en familia, puede convertirse en una oportunidad muy valiosa para trabajar todo esto. No desde el miedo, sino desde el entrenamiento cotidiano de habilidades de vida.
Es entendible que muchas familias, con la mejor intención, en verano intentan “compensar” el malestar del curso, y para eso evitan hablar del tema, sobreprotegen en exceso o intentan que esté siempre entretenido para evitar pensar en eso.
Pero el objetivo no es tapar lo vivido. Tampoco es obsesionarnos con el problema. Es construir un escudo. Es ayudar a fortalecer y dar recursos útiles para enfrentar situaciones.
Cuando un niño regresa en septiembre habiendo descubierto que es capaz de hacer cosas increíbles, que tiene amigos en otros entornos que le valoran y que sabe dónde están sus límites, vuelve diferente. Sigue siendo el mismo niño, pero algo en su interior ha cambiado, siente más seguridad, tiene más recursos y más apoyo.
¿Y si no es la víctima?
Cuando hablamos de acoso, casi siempre pensamos en qué hacer si nuestro hijo es la víctima. Cómo protegerlo, cómo ayudarlo.
Pero hemos de ser valientes y hacernos la pregunta incómoda: ¿Es posible que mi hijo tenga otro rol? ¿Cómo actúa cuando no estoy delante?
El acoso no es cosa de dos; es un engranaje social. Y el verano también es el momento de revisar los otros perfiles:
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Rol de agresor: Estemos atentos a conductas agresivas, liderazgos tóxicos en los grupos de amigos de la urbanización o del pueblo, o comentarios crueles y faltos de empatía. El agresor no es un "monstruo", es un niño que necesita aprender límites, empatía y formas sanas de canalizar su frustración o su necesidad de atención.
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Rol de espectador: Es el perfil más común. El que no insulta, pero se ríe en el grupo de WhatsApp. El que no pega, pero mira para otro lado para no convertirse en el siguiente objetivo. El que participa en dinámicas de grupo donde excluyen o hacen daño sin ser plenamente consciente del impacto que tiene. El verano es el momento ideal para hablar de la complicidad, de que callar es validar al agresor, del poder que tiene para alimentar o frenar las situaciones. Necesita herramientas útiles y reales que no lo ponga en peligro pero que tampoco lo sitúe del lado equivocado. Debe entender que sin espectadores no hay espectáculo.
El trabajo educativo no puede ir solo dirigido a “proteger al que lo sufre”, sino también a enseñar a todos los niños qué hacer cuando ven, sienten o forman parte de situaciones de este tipo.
Nos encantaría que nuestros hijos no se vieran nunca en ninguno de estos roles (ni víctima, ni acosador, ni espectador). Pero eso no está del todo de nuestra mano. Lo que sí podemos hacer es llenar su mochila de herramientas, confianza y, sobre todo, de la certeza absoluta de que su hogar es su refugio incondicional. Aprovechemos el verano también para eso.
Haridian Suárez
Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)




























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