Después del Orgullo, empieza la verdadera igualdad

Vidal Bolaños Betancort

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Gáldar ha vivido estos días una nueva edición de su Pride. La música, las galas, la carrera de tacones, los reconocimientos, los colores en las calles y la presencia de cientos de personas han convertido al municipio en un punto visible de celebración y reivindicación dentro del Norte de Gran Canaria.

 

Durante unos días, la diversidad ocupó el espacio público con alegría. Y eso no es poca cosa.

 

En una sociedad donde durante demasiado tiempo muchas personas tuvieron que esconder quiénes eran, caminar libremente por una plaza, bailar sin miedo, abrazar a una pareja o verse representado en un escenario tiene un valor profundo. La fiesta también puede ser una forma de reparación.

 

Pero cuando termina la música, cuando se desmontan los escenarios y cuando las calles recuperan su ritmo cotidiano, aparece la verdadera pregunta: ¿qué queda después?

 

El Orgullo no puede medirse únicamente por la cantidad de asistentes, por la repercusión en redes sociales o por la capacidad de llenar una plaza. Todo eso importa, por supuesto. Dinamiza la economía, proyecta una imagen abierta del municipio y permite que muchas personas se sientan representadas.

 

Sin embargo, la igualdad no puede agotarse en cuatro días de programación.

 

Una bandera sirve para recordar derechos, pero no puede sustituir las políticas que los garantizan. Un escenario puede dar visibilidad, pero no puede reemplazar una red de apoyo. Una gala puede emocionar, pero no puede convertirse en la única respuesta pública ante realidades que se viven durante todo el año.

 

Un municipio verdaderamente inclusivo debe preguntarse qué ocurre el resto de los días.

 

Qué respuesta recibe un adolescente que sufre acoso en el instituto. Qué apoyo encuentra una familia que necesita orientación. Qué formación tienen los profesionales municipales. Qué protocolos existen ante una agresión o un acto de discriminación. Qué espacios seguros se ofrecen a quienes no se sienten acompañados.

 

La celebración es necesaria, pero la celebración no basta.

 

El Orgullo nació porque hubo injusticia. Nació porque muchas personas fueron perseguidas, ridiculizadas, expulsadas de sus casas, obligadas a vivir en silencio o condenadas a fingir una vida que no era la suya.

 

Por eso no debe convertirse únicamente en un espectáculo.

 

La música, la alegría y la fiesta son importantes porque durante generaciones se impuso vergüenza donde debía haber libertad. Pero si olvidamos la reivindicación, corremos el riesgo de vaciar el sentido profundo de aquello que celebramos.

 

El Orgullo no existe para molestar a nadie. Existe porque todavía hay personas que tienen miedo.

 

Miedo a decirlo en casa. Miedo a mostrarse en público. Miedo a perder amistades. Miedo a ser objeto de bromas. Miedo a que su identidad se convierta en comentario de bar, de pasillo o de grupo de WhatsApp.

 

Y ese miedo no desaparece automáticamente porque un municipio organice una programación festiva.

 

En los pueblos del Norte, la diversidad sexual y de género siempre existió, aunque muchas veces quedara escondida detrás del silencio, de la prudencia o del temor al qué dirán.

 

Las personas LGTBIQ+ han nacido, crecido, estudiado, trabajado, cuidado a sus familias y participado en las fiestas de Agaete, Gáldar, Guía, Moya, Artenara, La Aldea, Teror, Valleseco, Firgas, Arucas y Tejeda.

 

No llegaron ahora. No son una moda. No son una realidad importada.

 

Siempre estuvieron aquí.

 

La diferencia es que muchas tuvieron que vivir sin nombrarse.

 

En los municipios pequeños, donde todos se conocen, vivir con libertad puede resultar más difícil que en una gran ciudad. La cercanía, que tantas veces es una virtud, también puede convertirse en vigilancia social.

 

Todo se comenta. Todo se interpreta. Todo parece llegar antes a los demás que a uno mismo.

 

Un joven puede tardar años en hablar con su familia porque teme decepcionarla. Una mujer puede ocultar a su pareja para evitar rumores. Una persona trans puede sentir que cada trámite, cada mirada y cada conversación se convierte en una explicación obligatoria.

 

Por eso un Pride en Gáldar tiene un valor especial.

 

Dice a un joven de Agaete, Guía, Moya, Artenara, La Aldea o Valleseco que no tiene que marcharse para existir. Que no necesita irse a una capital para poder respirar. Que la libertad también debe poder vivirse cerca de casa.

 

Nadie debería tener que elegir entre su identidad y su pueblo.

 

Pero también debemos practicar autocrítica.

 

Aplaudimos la diversidad en los actos públicos y, sin embargo, a veces callamos ante un comentario homófobo en un bar, en un vestuario, en una reunión familiar o en el trabajo.

 

Nos gusta decir que somos tolerantes, pero quizá seguimos esperando que ciertas personas no “llamen demasiado la atención”.

 

Decimos “yo respeto”, pero añadimos un “mientras no lo enseñen”. Y esa frase, aunque parezca moderada, encierra una desigualdad evidente.

 

Las personas heterosexuales muestran su vida afectiva todos los días sin que nadie lo considere provocación. Hablan de su pareja, se dan la mano, celebran aniversarios, suben fotografías, se casan, se besan y forman familias visibles.

 

¿Por qué la misma naturalidad molesta cuando la ejerce una persona LGTBIQ+?

 

La igualdad no se demuestra cuando todo el mundo mira. Se demuestra cuando nadie está mirando.

 

Se demuestra en casa, cuando un hijo habla con miedo y recibe abrazo en lugar de reproche. Se demuestra en el trabajo, cuando un comentario discriminatorio no queda impune. Se demuestra en el deporte, cuando el vestuario deja de ser un lugar de burla. Se demuestra en la escuela, cuando el profesorado detecta el acoso antes de que destruya la autoestima de un alumno.

 

También se demuestra en la política local.

 

Las instituciones deben evitar convertir la diversidad en una fotografía anual. Colocar una bandera es un gesto simbólico. Organizar una gala es importante. Pero lo decisivo es construir una red permanente de apoyo, educación y prevención.

 

Un municipio inclusivo no se improvisa durante una semana.

 

Se construye con formación para empleados públicos, campañas educativas, protocolos contra agresiones, apoyo psicológico, coordinación con centros educativos, atención a familias y colaboración con colectivos especializados.

 

También se construye con lenguaje. Con formularios respetuosos. Con instalaciones seguras. Con actividades culturales que representen distintas realidades. Con policías locales formados para atender denuncias de delitos de odio. Con servicios sociales preparados para acompañar situaciones familiares complejas.

 

La diversidad no debe depender de la sensibilidad personal de quien atiende en una ventanilla.

 

Debe estar incorporada a la política pública.

 

La Mancomunidad del Norte podría desempeñar aquí un papel fundamental. No todos los municipios cuentan con recursos suficientes para desarrollar áreas especializadas, pero todos tienen vecinos que merecen protección.

 

Una estrategia comarcal permitiría ofrecer orientación, formación y acompañamiento durante todo el año. Podría crear un servicio de atención compartido, organizar talleres en centros educativos, formar a profesionales municipales y establecer protocolos comunes ante casos de discriminación.

 

La igualdad no entiende de límites municipales.

 

Una persona que vive en Artenara, en La Aldea o en Valleseco tiene el mismo derecho a recibir apoyo que alguien que vive en Gáldar o en Las Palmas de Gran Canaria.

 

También debemos hablar de las familias.

 

Muchas familias quieren a sus hijos, pero no siempre saben acompañarlos. A veces el rechazo nace del miedo, de la ignorancia o de la presión social. Eso no justifica el daño, pero sí demuestra la necesidad de información y apoyo.

 

Una madre o un padre pueden necesitar orientación para entender, escuchar y acompañar. Lo importante es que ese desconcierto inicial no se convierta en castigo, silencio o expulsión emocional.

 

El hogar debería ser el primer lugar seguro.

 

Cuando una persona no puede ser ella misma en su casa, el mundo entero se vuelve más difícil.

 

Por eso las políticas de igualdad deben incluir también a las familias. No para imponerles una forma de pensar, sino para ayudarles a comprender que amar a un hijo significa aceptarlo completo, no solo aceptar la parte que resulta cómoda.

 

Los centros educativos son otro espacio esencial.

 

No basta con hablar de diversidad un día concreto. La convivencia se trabaja todos los días: en el aula, en el patio, en las actividades deportivas, en el lenguaje que se permite y en las bromas que se frenan.

 

El acoso no siempre empieza con una agresión evidente. A veces comienza con un apodo, una risa, una imitación, un rumor o una exclusión silenciosa.

 

Cuando los adultos no intervienen, el mensaje que recibe la víctima es demoledor: estás solo.

 

Por eso la formación del profesorado y la existencia de protocolos claros son fundamentales. La escuela debe enseñar matemáticas, lengua e historia, pero también debe enseñar respeto.

 

Una sociedad que no educa en igualdad termina pagando las consecuencias en sufrimiento.

 

También conviene cuidar el debate público.

 

Es legítimo discutir sobre el coste de un evento, su programación, sus prioridades o su organización. Toda actividad financiada con recursos públicos debe poder ser evaluada y criticada.

 

Pero hay una diferencia muy grande entre cuestionar la gestión de una celebración y cuestionar la dignidad de las personas a las que representa.

 

No todo argumento económico es neutral. A veces la pregunta “¿por qué se gasta dinero en esto?” esconde otra pregunta menos confesable: “¿por qué estas personas tienen que ser visibles?”.

 

Debatamos los presupuestos, sí. Exijamos transparencia, también. Pero no utilicemos la crítica económica como disfraz para negar derechos.

 

La diversidad no amenaza las tradiciones de nuestros pueblos. Las hace más verdaderas.

 

Las personas LGTBIQ+ siempre han participado en romerías, fiestas, asociaciones, comercios, equipos deportivos, familias y comunidades religiosas. Han cuidado mayores, levantado negocios, trabajado en el campo, estudiado, enseñado y contribuido a la vida cotidiana del Norte.

 

Lo único que cambia es que ahora reclaman poder hacerlo sin esconderse.

 

Un pueblo no pierde identidad porque sus vecinos vivan con libertad. La pierde cuando obliga a una parte de ellos a fingir.

 

También debemos evitar que el Orgullo se convierta únicamente en marca, consumo o escaparate.

 

La presencia de empresas y patrocinadores puede ser positiva si contribuye a sostener actividades y ampliar la visibilidad. Pero la diversidad no puede usarse como decoración comercial durante unos días y olvidarse después.

 

Una empresa que se suma al Orgullo debe preguntarse también qué ocurre dentro de su propia plantilla. Si hay igualdad real. Si existen protocolos. Si una persona puede hablar de su vida sin miedo. Si los derechos que se celebran en la calle se respetan en el trabajo.

 

La coherencia no debería ser estacional.

 

Tampoco el movimiento LGTBIQ+ debe dejar de hacerse preguntas. La diversidad es amplia y no todas las personas se sienten representadas de la misma manera. Hay jóvenes, mayores, personas creyentes, migrantes, personas con discapacidad, familias, trabajadores precarios y vecinos de zonas rurales con experiencias muy distintas.

 

El Orgullo debe ser plural o corre el riesgo de representar solo a quienes ya tienen voz.

 

Sería importante que próximas ediciones incorporaran más espacios de diálogo, memoria y reflexión. No solo fiesta. También testimonios de personas mayores que vivieron tiempos de silencio. Charlas con familias. Actividades en centros educativos. Encuentros sobre salud mental. Talleres contra el acoso. Espacios para hablar de soledad, discriminación laboral y realidad trans.

 

La celebración ganaría profundidad sin perder alegría.

 

Porque el objetivo no es apagar la fiesta. Es darle más sentido.

 

Gáldar Pride habrá cumplido una función profunda si después de la música deja más derechos, más conciencia y más seguridad para quienes todavía viven con miedo.

 

Si un adolescente se siente menos solo. Si una familia escucha mejor. Si un docente detecta antes el acoso. Si una institución se compromete más allá de la bandera. Si un vecino decide no callar ante un insulto.

 

Entonces la celebración habrá merecido la pena.

 

La verdadera igualdad no llega cuando una plaza se llena durante una noche.

 

Llega cuando una persona puede caminar por esa misma plaza cualquier día del año sin medir sus gestos, sin esconder su afecto y sin temer el comentario de quienes creen tener derecho a vigilar la vida ajena.

 

El Orgullo es necesario porque todavía no hemos alcanzado esa normalidad.

 

Y mientras haya personas que tengan que explicar, justificar u ocultar quiénes son, seguirá teniendo sentido ocupar las calles con alegría y reivindicación.

 

Pero no olvidemos lo esencial.

 

La fiesta es el comienzo, no el final.

 

La igualdad verdadera empieza cuando se apagan los focos, cuando se guarda la bandera, cuando se desmonta el escenario y cada persona vuelve a su casa, a su trabajo, a su instituto, a su barrio y a su vida cotidiana.

 

Ahí se comprueba si una sociedad es realmente libre.

 

Ahí se demuestra si un municipio es verdaderamente inclusivo.

 

Ahí, lejos del aplauso fácil, empieza la igualdad que todavía debemos construir.

 

Vidal Bolaños Betancort

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