Del alcalde al personaje: cuando la política gira alrededor del espejo

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]Las recientes declaraciones del actual alcalde de Gáldar y secretario de Primero Canarias merecen una reflexión que va mucho más allá de una simple entrevista. No tanto por lo que dicen sobre su trayectoria política, sino por lo que revelan acerca de una determinada forma de entender el liderazgo.
 
"No he cambiado. He seguido siendo lo que soy siempre". "Tengo la espontaneidad y quizás la chispa que a veces falta en la política". "Yo hablo igual, digo lo mismo y pienso igual que la persona que está ahí fuera".
 
Son frases que, tomadas aisladamente, pueden parecer expresiones de confianza. Sin embargo, juntas construyen algo más profundo: una narrativa política centrada en la propia persona. El protagonista de la historia no es el municipio, ni los vecinos, ni los proyectos de futuro. El protagonista es el propio dirigente.
Y ahí surge una pregunta incómoda: ¿dónde termina el liderazgo y dónde empieza el culto a la personalidad?
 
La democracia se basa en una premisa sencilla. Son los ciudadanos quienes otorgan reconocimiento a sus representantes. Son ellos quienes deciden si alguien es cercano, auténtico, creíble o carismático. Por eso resulta llamativo cuando es el propio político quien se atribuye esas cualidades.
 
Hay cosas que uno puede demostrar, pero no debería proclamarse a sí mismo. La credibilidad no se declara. Se gana. La cercanía no se anuncia. Se percibe. La autenticidad no se certifica desde un atril. La reconocen los demás.
 
Quizás la frase más reveladora sea aquella en la que asegura que habla, dice y piensa igual que la gente. ¿Qué gente exactamente? ¿Los vecinos de Gáldar? ¿Los votantes de Primero Canarias? ¿Los ciudadanos de Gran Canaria? ¿Los canarios en su conjunto?
 
Una sociedad democrática es plural por naturaleza. Está formada por miles de opiniones, sensibilidades e intereses distintos. Ningún político puede representar literalmente lo que piensa "la gente" porque la gente no piensa una sola cosa. Quien afirma hablar en nombre del sentir común corre el riesgo de sustituir la diversidad ciudadana por una visión idealizada de sí mismo.
 
Es indudable que los resultados electorales obtenidos en Gáldar son extraordinarios. Nadie puede discutir la legitimidad que proporciona una amplia mayoría en las urnas. Pero una mayoría electoral no convierte automáticamente a nadie en la encarnación del sentido común colectivo. Gobernar con éxito un municipio es una cosa. Presentarse como la voz natural del pueblo es otra muy distinta.
 
Lo más interesante de la entrevista es, precisamente, aquello de lo que no habla. Apenas encontramos referencias a proyectos concretos, a objetivos de gestión, a retos pendientes o a políticas públicas. En cambio, abundan las referencias a la personalidad del dirigente. A su forma de ser. A su manera de comunicar. A su conexión con la ciudadanía.
 
La política contemporánea conoce bien este fenómeno. Ha ocurrido en países y partidos de todos los signos ideológicos. Cuando las organizaciones empiezan a girar alrededor de una figura concreta, las ideas pasan a un segundo plano. El líder se convierte en la marca. El proyecto se identifica con una persona. Las estructuras colectivas pierden protagonismo frente al relato individual.
 
Por eso resulta legítimo preguntarse si Primero Canarias está construyéndose como una organización con identidad propia o si, por el contrario, comienza a proyectarse principalmente a través de la imagen de su secretario general. Cuando el discurso público gira constantemente alrededor de las virtudes personales del líder, la pregunta deja de ser una exageración para convertirse en una cuestión política relevante.
 
También cabe preguntarse por el papel de Gáldar en esta ecuación. A medida que aumentan la presencia pública, las responsabilidades orgánicas y las aspiraciones políticas del alcalde, es inevitable que algunos ciudadanos se pregunten si el municipio sigue siendo el centro de su actividad o si se ha convertido en la plataforma de lanzamiento de un proyecto de alcance superior.
 
No hay nada ilegítimo en tener ambición política. Al contrario. La política necesita personas con capacidad de liderazgo y voluntad de asumir mayores responsabilidades. Lo discutible es cuando esa ambición comienza a expresarse más a través de la construcción del personaje que mediante la exposición de propuestas, ideas o resultados.
 
La historia demuestra que los proyectos sólidos sobreviven a sus dirigentes. Las organizaciones fuertes son aquellas que pueden continuar cuando sus líderes se marchan. Los movimientos excesivamente personalistas, en cambio, suelen depender tanto de una figura concreta que terminan confundiendo el interés colectivo con la trayectoria individual de quien los encabeza.
 
Quizás por eso conviene recordar una vieja lección democrática: los cargos públicos están para servir a las instituciones, no para convertirse en ellas. Cuando un dirigente dedica más tiempo a explicar sus virtudes que a explicar sus políticas, la atención deja de centrarse en los ciudadanos y comienza a concentrarse en el espejo.
Y la política, cuando se mira demasiado al espejo, corre el riesgo de olvidar para quién trabaja. El ego es muy peligroso.
 
Guayarmina Guanarteme
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