![[Img #32956]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2025/4918_juan-ramon-hernandez-valeron.jpeg)
No sé por qué hoy deseo hablar del origen de mi pueblo, Ingenio. Tal vez sea porque querría abordar algunos acontecimientos y andanzas de mis vecinos; tal vez porque no se me ha ocurrido otra cosa; quizá porque sigo los consejos de mi psiquiatra; o tal vez por la llegada del verano, o porque me tropecé con un par de libros de mi recordado amigo Rafael Sánchez Valerón, Cronista Oficial de Ingenio, fallecido hace ya más de un año. Por la razón que sea, aunque me gustaría pensar que fuera por esta última, quería escribir unas pinceladas sobre los orígenes del municipio.
Contar la historia de un país, región o pueblo puede resultar a veces una empresa tediosa, pues hay que manejar fechas y sucesos que pueden abrumar al que se enfrenta a su lectura. Consciente de eso, echo mano de ciertas dosis de humor para que resulte más liviana a los ojos del lector. Ello no quiere decir que queramos darle un tono frívolo a unos hechos que tantos sufrimientos y tantas lágrimas causaron a mucha gente.
Ingenio fue parte indisoluble del Señorío de Agüimes hasta que se cansó de vivir pegado a sus faldas. En 1816 el grito de independencia de los vecinos de Ingenio se oyó en todo el Señorío Episcopal. No fue menor el grito de los vecinos de la otra orilla oponiéndose a ello.
Todo empezó un par de siglos antes, cuando navegantes ociosos hacían cruceros por esos mares buscando tierras que saciaran su apetito belicoso. Y como en el siglo XVI era frecuente inmiscuirse en los asuntos de los demás, los habitantes de algunos países sentían verdadera curiosidad por saber qué habría más allá de sus estrechas fronteras. Los adelantos técnicos les permitieron navegar por mares ignotos y encontrar nuevas tierras que nunca pensaron que pudieran existir. Así pasó con unas islas que hacía mucho tiempo que estaban descubiertas y que denominaron Canarias. La alegría de los descubridores contrastaba con la tristeza de los descubiertos, que se dieron cuenta desde el principio de que aquellas amistades iban a resultar muy tóxicas. Pero por mucho que intentaron evitarlos, no pudieron quitárselos de encima, y pasó lo que pasó.
Cuando los conquistadores dieron por terminada la Conquista, cuando hicieron que los belicosos canarios se sometieran a su dominio, comenzó el reparto de tierras y agua entre los que ayudaron en tal caritativa empresa. Estaban practicando para cuando llegaran a América. Lo de la evangelización fue un cuento para despistar. Uno de estos afortunados en el reparto fue el Señorío Episcopal de Agüimes, que empezó su andadura histórica hasta llegar a nuestros días.
Cuando nuestros tatarabuelos pretendían cruzar, allá por la recién comenzada segunda quincena del siglo XIX, el barranco de Guayadeque, sus señoriales vecinos de la otra orilla les lanzaban piedras a mansalva, muy molestos ellos por la actitud tomada por los ingenienses (no sé si en esos tiempos ya les llamaban cochineros) que no fue otra que independizarse del Señorío. Y esto, como ustedes podrán comprender, nunca se lo pudieron perdonar por muchos siglos que pasaran. Desde que en 1815 los insurrectos levantaran una ermita y, algo más tarde, en 1816, proclamaran su independencia, las relaciones amistosas se volvieron hostiles y el barranco de Guayadeque fue testigo de los hechos, en donde San Sebastián y San Pedro tuvieron que darse el pecho.
Dos siglos después tenemos que ser comprensivos y entender el enfado monumental que tenían los vecinos del Señorío, pues no resulta fácil asumir que un hijo nacido de tus entrañas quiera independizarse después de los enormes sacrificios que has hecho por él. Duele mucho la separación. Ese desarraigo es muy difícil de sobrellevar.
Desde entonces, los vecinos de la otra orilla nos tienen ojeriza. Tal es así que, aún hoy, muchos de sus descendientes se niegan a cruzar el barranco de Guayadeque, prefiriendo dar un rodeo por la carretera de la costa para llegar al aeropuerto, Telde o Las Palmas. ¡Miren ustedes si aún les dura el cabreo!
Para los que no estén muy versados sobre el origen del municipio de Ingenio, les tengo que explicar que todo empezó después de la Conquista. En otra ocasión, tal vez, abordemos algunos episodios de la llegada de los españoles a Canarias y de las artimañas de las que se valieron para desplazar, esclavizar o matar a los isleños que vivían aquí tan felices, o no tanto, pero que estaban a su bola, peleándose entre ellos, pero sin injerencias foráneas. El caso es que, resumiéndolo mucho, en pocos años los recién llegados impusieron sus normas, sus costumbres, les obligaron a rendir culto a un nuevo dios, les impusieron su religión y, en definitiva, les obligaron a transitar por la vida con el paso cambiado.
Total, que se repartieron las tierras y el agua entre los recién llegados, como era uso y costumbre. De esta manera, surgió el Señorío Episcopal de Agüimes.
Por avatares del destino, ocurrió que las mejores tierras de cultivo se encontraban en la otra orilla, en la otra banda del barranco de Guyadeque, que fue testigo de los hechos, conocida como Vega de Aguatona. Por lo que desde el siglo XVI tenemos ya a los nuevos dueños de estas tierras cruzando una y otra vez el barranco para hacerlas productivas. Hasta que se cansaron de este constante ir y venir durante dos largos siglos y decidieron construir sus casas junto a sus tierras, luego estuvieron años empeñados en levantar una ermita, pues era un sacrificio enorme eso de ir a orar a la ermita del Señorío, por muchas promesas de salvación que les ofreciera.
Motivo por el que estuvieron muchos años haciendo oír sus voces que hablaban de separación, de escisión, de hacer vida propia…de independencia.
Empezó un viacrucis que finalizó con la separación territorial, después de muchas palabras malsonantes y continuas pedradas que les lanzaban al cruzar el barranco y que se mantuvieron a lo largo de los siglos hasta casi el otro día.
Hoy no nos tiramos piedras pero permanece latente en sus recuerdos nuestra traición. Y es que las historias familiares son muy dolorosas y se necesitan unos cuantos siglos para superarlas, ya que, a veces, se enquistan para siempre.
En la actualidad, Ingenio y Agüimes hace mucho tiempo que caminan juntos, aunque siempre acompañados de un tercero, Santa Lucía de Tirajana, (tenía que ser una, y encima santa, la que viniera a poner un poco de paz en esta relación). Los tres hacen caminatas en un Club de caminantes que llaman la Mancomunidad del Sureste, y, aunque están todo el día mirándose de reojo, vigilando que nadie adelante a nadie, nosotros, que los observamos con atención, debemos quitarle hierro al asunto, porque eso pasa hasta en las mejores familias.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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