La lucha canaria también necesita memoria

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Se cumplen ochenta años de la fundación del Club de Luchadores Ajodar, una formación integrada por luchadores de Guía y Gáldar que terminó convirtiéndose en una referencia deportiva y sentimental para buena parte de la comarca norte de Gran Canaria.

 

Recordar aquel club no debería ser únicamente un ejercicio de nostalgia. Tampoco una excusa para reunir fotografías antiguas, pronunciar discursos institucionales y dejar que el aniversario desaparezca al día siguiente entre otras noticias.

 

Conmemorar sus ochenta años significa preguntarnos qué representó Ajodar, qué permanece de aquel legado y qué estamos haciendo para garantizar que la lucha canaria continúe viva dentro de otras ocho décadas.

 

Porque la lucha canaria no es simplemente un deporte.

 

Es lenguaje, respeto, nobleza, barrio, familia y memoria. Es la arena del terrero, la ropa de brega, el saludo antes del enfrentamiento y la mano que ayuda a levantarse al rival después de una caída. Es la conversación entre generaciones, la emoción de una agarrada decisiva y el orgullo de ver a un luchador representar a su pueblo.

 

En torno a un terrero se han construido amistades, rivalidades sanas y generaciones enteras de aficionados. Los clubes no eran únicamente equipos deportivos. También eran lugares de encuentro y símbolos comunitarios.

 

Un luchador representaba algo más que su capacidad física. Representaba a su barrio, a su familia, a sus compañeros y, en muchas ocasiones, a todo un municipio.

 

Los nombres de los grandes luchadores circulaban por las plazas, los comercios, las barberías, los bares y las casas. Sus agarradas se comentaban durante días. Sus victorias se celebraban como propias y sus derrotas se vivían con respeto.

 

Ajodar forma parte de esa memoria.

 

Su historia demuestra que Guía y Gáldar podían encontrarse en un proyecto compartido. En una comarca donde cada municipio posee una fuerte personalidad, el club representó también una forma de unión entre pueblos vecinos.

 

Esa dimensión comarcal merece ser destacada. La lucha canaria consiguió muchas veces algo que la política no siempre logra: reunir a personas de distintos lugares alrededor de una identidad compartida.

 

Sin embargo, al celebrar este aniversario debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos cuidando la lucha canaria como merece?

 

La aplaudimos en los actos oficiales. La mencionamos cuando hablamos de tradiciones. La utilizamos en campañas turísticas y celebraciones del Día de Canarias. Nos emocionamos al contemplar fotografías antiguas y repetimos que es una seña de identidad fundamental.

 

Pero no siempre garantizamos los recursos necesarios para la base, los clubes, las escuelas y la formación de nuevos luchadores.

 

Una tradición no sobrevive porque la mencionemos mucho.

 

Sobrevive porque se practica.

 

Sobrevive cuando un niño entra por primera vez en un terrero y encuentra a un monitor preparado para enseñarle. Cuando una familia puede asumir los horarios y desplazamientos. Cuando un club dispone de instalaciones dignas y de recursos para competir.

 

Sobrevive cuando los medios cuentan los resultados, cuando existen patrocinadores dispuestos a apoyar y cuando las instituciones entienden que proteger el deporte vernáculo requiere algo más que discursos.

 

También aquí debemos practicar la autocrítica.

 

Durante años hemos tratado algunas tradiciones como si fueran capaces de mantenerse solas. Hemos pensado que la identidad se transmite automáticamente de padres a hijos, como si no necesitara inversión, pedagogía ni adaptación.

 

Pero ninguna tradición tiene garantizada su continuidad.

 

Las nuevas generaciones viven rodeadas de una oferta deportiva y audiovisual inmensa. Pueden seguir en directo competiciones internacionales, jugar en línea con personas de cualquier parte del mundo y consumir contenidos sin salir de su habitación.

 

La lucha canaria compite por su atención con deportes que disponen de grandes presupuestos, campañas publicitarias, videojuegos, retransmisiones permanentes y figuras convertidas en celebridades mundiales.

 

No podemos reprochar a los jóvenes que se alejen de nuestras tradiciones si no hemos sabido presentárselas de una manera atractiva.

 

No basta con decirles que deben valorar la lucha porque es nuestra.

 

Hay que mostrarles por qué merece la pena practicarla, conocerla y disfrutarla.

 

La lucha canaria debe entrar con más fuerza en los centros educativos. No como una actividad anecdótica durante una semana temática, sino como parte de una programación estable vinculada a la educación física, la historia y la cultura de Canarias.

 

Practicar la lucha permite trabajar equilibrio, coordinación, disciplina, autocontrol y respeto por el adversario. También transmite una idea especialmente necesaria en estos tiempos: competir no significa despreciar al rival.

 

En el terrero, quien vence tiende la mano a quien cae.

 

Ese gesto aparentemente sencillo contiene una lección que debería estar presente en la política, en las redes sociales y en la convivencia diaria.

 

Vivimos en una sociedad donde muchas personas interpretan al contrario como enemigo. La lucha canaria enseña que se puede combatir con intensidad y respetarse después.

 

Por eso su valor educativo va mucho más allá de la actividad física.

 

Pero para introducirla realmente en los colegios se necesitan profesionales, materiales, formación docente y colaboración con los clubes. No podemos cargar toda la responsabilidad sobre antiguos luchadores o voluntarios que realizan un trabajo admirable, pero limitado por la falta de medios.

 

Las administraciones educativas, los cabildos, los ayuntamientos y la Federación deben diseñar programas coordinados, con objetivos claros y continuidad.

 

Las exhibiciones sirven para despertar curiosidad. Las escuelas permanentes son las que crean cantera.

 

También debemos revisar la presencia de la lucha canaria en los medios de comunicación.

 

Con frecuencia aparece en fechas señaladas, finales importantes o espacios especializados. Sin embargo, resulta difícil construir afición si las competiciones, historias y protagonistas no reciben una cobertura regular.

 

Los medios públicos tienen una responsabilidad especial. Deben informar, retransmitir y divulgar un deporte que forma parte del patrimonio cultural de Canarias.

 

Pero no basta con emitir una luchada ocasional.

 

Hay que contar quiénes son los luchadores, cómo entrenan, qué sacrificios realizan y qué historias existen detrás de cada club. Hay que explicar las reglas para quienes no las conocen y utilizar un lenguaje capaz de acercar el deporte a las nuevas generaciones.

 

Las redes sociales ofrecen una oportunidad extraordinaria.

 

Una buena agarrada puede despertar interés si se explica y se presenta de forma atractiva. Las entrevistas breves, los archivos históricos digitalizados, los vídeos educativos y los testimonios de antiguos luchadores pueden conectar memoria y modernidad.

 

Defender una tradición no significa mantenerla alejada de las nuevas herramientas.

 

Al contrario, utilizar la tecnología puede ayudar a conservarla.

 

La lucha canaria tampoco puede vivir únicamente del recuerdo de sus grandes figuras masculinas. La presencia de las mujeres debe ocupar un lugar central en su futuro.

 

Durante demasiado tiempo, muchas disciplinas tradicionales fueron presentadas como espacios principalmente masculinos. Las mujeres aparecían como espectadoras, familiares o colaboradoras, aunque su participación real en la vida de los clubes fuera mucho más amplia.

 

Esa visión debe quedar atrás.

 

Las luchadoras necesitan las mismas oportunidades, instalaciones, horarios, visibilidad y reconocimiento. No deben ser tratadas como una curiosidad ni como una categoría secundaria.

 

La lucha canaria será más fuerte cuanto más inclusiva sea.

 

También es necesario recuperar la memoria de las mujeres que sostuvieron los clubes desde otros lugares. Madres, esposas, hermanas, directivas, colaboradoras y aficionadas participaron durante décadas en la organización de eventos, el cuidado de los equipos y la transmisión de la afición.

 

Muchas veces ese trabajo quedó fuera de las fotografías oficiales.

 

La memoria deportiva debe reconocer también las tareas invisibles que permitieron que los clubes sobrevivieran.

 

El aniversario de Ajodar podría convertirse en el punto de partida de un gran proyecto de recuperación histórica.

 

La Mancomunidad del Norte, junto con los ayuntamientos de Guía y Gáldar, podría impulsar un archivo comarcal de la lucha canaria. Un espacio físico y digital donde se conservaran fotografías, actas, carteles, crónicas, equipaciones, trofeos y grabaciones.

 

También deberían recogerse los testimonios de antiguos luchadores, árbitros, directivos, aficionados y familiares.

 

La memoria oral es urgente porque desaparece con las personas que la guardan.

 

Cada vez que fallece un antiguo luchador sin que nadie haya registrado sus recuerdos, perdemos una parte de la historia que no aparece en los documentos oficiales.

 

¿Cuánto sabemos de sus entrenamientos, sus desplazamientos, sus dificultades económicas y su relación con los pueblos que representaban?

 

¿Cuántas anécdotas permanecen todavía en las conversaciones familiares?

 

¿Cuántos nombres corren el riesgo de desaparecer porque nunca fueron recogidos por escrito?

 

No todo el patrimonio se encuentra dentro de un museo. También vive en la voz de una persona mayor que recuerda una luchada celebrada hace sesenta años.

 

Recoger esos testimonios no sería solo un homenaje. Podría convertirse en material educativo, documental y cultural.

 

La Mancomunidad del Norte posee una identidad deportiva suficientemente rica como para desarrollar exposiciones itinerantes, publicaciones y encuentros intergeneracionales. Los antiguos luchadores podrían visitar centros educativos y compartir sus experiencias con niños y jóvenes.

 

También podría crearse una ruta de los terreros históricos del Norte, vinculada a la memoria de los clubes y de sus protagonistas.

 

Pero no basta con conservar el pasado.

 

Los clubes actuales necesitan apoyo en el presente.

 

Necesitan instalaciones seguras, vestuarios adecuados, transporte, material, personal técnico y financiación estable. Necesitan reducir la dependencia de subvenciones puntuales y del esfuerzo personal de unos pocos directivos.

 

Con demasiada frecuencia, los clubes tradicionales sobreviven gracias a personas que dedican horas, dinero y energía sin recibir suficiente reconocimiento.

 

Cuando una de esas personas se retira, el proyecto entero puede tambalearse.

 

No podemos construir el futuro de la lucha canaria únicamente sobre el sacrificio voluntario.

 

El voluntariado es valioso, pero necesita acompañamiento institucional y profesionalización en determinadas tareas. La gestión administrativa, la captación de recursos, la comunicación y la formación requieren conocimientos y tiempo.

 

También las empresas del Norte deberían implicarse.

 

Patrocinar la lucha canaria no debe entenderse como una ayuda caritativa. Es una inversión en identidad, comunidad y visibilidad local.

 

Las queserías, comercios, cooperativas, industrias, empresas agrícolas y otras entidades de la comarca pueden encontrar en los clubes un espacio de colaboración y orgullo compartido.

 

Pero la responsabilidad principal continúa siendo pública. Las instituciones deben garantizar que el deporte vernáculo no dependa exclusivamente de la buena voluntad de patrocinadores.

 

También es necesario revisar el estado y el uso de los terreros.

 

Un terrero no debería abrirse únicamente para celebrar competiciones. Puede convertirse en un espacio de formación, convivencia y actividad comunitaria.

 

Allí podrían desarrollarse escuelas deportivas, talleres, encuentros con antiguos luchadores y actividades dirigidas a familias. Cuanto más integrado esté en la vida cotidiana del municipio, mayor será su capacidad para generar afición.

 

Las instalaciones públicas no pueden permanecer infrautilizadas mientras los clubes carecen de espacios o recursos.

 

La cooperación entre municipios sería especialmente útil. No todos los ayuntamientos pueden sostener por sí solos una estructura deportiva completa, pero la Mancomunidad podría coordinar competiciones, formación, transporte y programas escolares.

 

La lucha canaria no entiende de fronteras administrativas. Su historia está construida precisamente sobre el encuentro entre pueblos.

 

Ajodar es un ejemplo de ello.

 

Su fundación unió luchadores de Guía y Gáldar alrededor de un mismo proyecto. Ochenta años después, esa experiencia puede enseñarnos que la colaboración comarcal no debilita la identidad de cada municipio. La fortalece.

 

También debemos evitar que la lucha canaria quede encerrada dentro de una visión exclusivamente nostálgica o rural.

 

Sus raíces deben conservarse, pero eso no significa impedir su evolución.

 

Todo deporte necesita adaptarse a los cambios sociales, mejorar su organización y encontrar nuevas formas de conectar con el público. La modernización no tiene por qué destruir la esencia.

 

La verdadera amenaza no es evolucionar. Es volverse irrelevante.

 

La lucha puede incorporar nuevas tecnologías, mejorar sus retransmisiones, profesionalizar su imagen y atraer visitantes sin perder sus reglas, su nobleza y su vínculo con la tierra.

 

También puede convertirse en un recurso cultural y turístico, siempre que esa promoción no la transforme en un simple espectáculo para visitantes.

 

La lucha canaria no debe representarse como una curiosidad exótica.

 

Es un deporte vivo practicado por personas reales, con clubes, competiciones, dificultades y aspiraciones.

 

El turismo puede ayudar a difundirla, pero su primera obligación es continuar teniendo sentido para la sociedad canaria.

 

No tendría valor llenar un terrero de visitantes si los niños del municipio desconocen los nombres de sus luchadores.

 

El aniversario de Ajodar también debe servir para reflexionar sobre la relación entre deporte e identidad.

 

A veces utilizamos la identidad canaria como una palabra cómoda. La repetimos en discursos, celebraciones y campañas, pero no siempre asumimos la responsabilidad de proteger aquello que la compone.

 

La identidad no se conserva sola.

 

Necesita personas que la practiquen, instituciones que la apoyen y comunidades que la consideren útil para el presente.

 

La lucha canaria no es importante únicamente porque sea antigua. Es importante porque todavía puede transmitir valores, generar comunidad y ofrecer oportunidades deportivas.

 

Una tradición que solo mira al pasado termina convertida en una representación.

 

Una tradición viva dialoga con el presente.

 

También debemos preguntarnos qué lugar ocupa la afición.

 

Los terreros necesitan público. Sin espectadores, conversación y apoyo comunitario, cualquier deporte pierde fuerza.

 

Los clubes y las instituciones deben facilitar horarios razonables, entradas accesibles, promoción previa y actividades familiares. Acudir a una luchada debería volver a convertirse en una opción habitual de ocio.

 

Pero la ciudadanía también tiene responsabilidad.

 

No podemos lamentar la desaparición de una tradición a la que nunca prestamos atención. Defender la lucha significa acudir, acompañar a los menores, compartir sus noticias y valorar el esfuerzo de quienes la mantienen.

 

La conservación cultural no puede delegarse completamente en las administraciones.

 

Los pueblos protegen su patrimonio cuando participan en él.

 

También debemos cuidar la relación entre rivalidad y respeto. La pasión deportiva es necesaria, pero nunca debe degenerar en insultos, enfrentamientos o comportamientos que contradigan los valores que afirmamos defender.

 

La lucha canaria tiene una gran ventaja: su propia liturgia recuerda continuamente la importancia del respeto.

 

El adversario no es un enemigo.

 

Es la persona que permite que exista la competición.

 

Ese principio debería guiar a luchadores, directivos y aficionados.

 

Celebrar los ochenta años de Ajodar es reconocer a quienes levantaron el club, a quienes defendieron su ropa de brega y a quienes llenaron los terreros.

 

Es recordar a quienes ganaron y a quienes perdieron. A las grandes figuras y a quienes quizá participaron en pocas luchadas, pero entregaron el mismo esfuerzo.

 

También es recordar a quienes organizaron, transportaron, limpiaron, animaron y sostuvieron la institución desde lugares menos visibles.

 

La memoria debe ser amplia o corre el riesgo de convertirse en una selección interesada de nombres famosos.

 

Pero el mejor homenaje no consiste en mirar eternamente hacia atrás.

 

Consiste en utilizar aquella historia para construir futuro.

 

Que el aniversario sirva para recuperar documentos y testimonios. Que impulse escuelas de lucha. Que fortalezca la participación femenina. Que acerque este deporte a los colegios y a las redes sociales.

 

Que permita mejorar instalaciones y consolidar clubes.

 

Que dentro de ochenta años alguien pueda escribir sobre los luchadores y luchadoras de nuestro tiempo con el mismo orgullo con el que hoy recordamos a quienes formaron Ajodar.

 

La memoria es importante.

 

Nos explica quiénes fuimos, de dónde venimos y por qué determinadas instituciones continúan ocupando un lugar especial en nuestros pueblos.

 

Pero la memoria sin continuidad termina convertida en museo.

 

Y la lucha canaria merece algo más.

 

Merece continuar viva en el terrero, en las escuelas, en los barrios, en las familias y en la emoción de una nueva generación que todavía no sabe que puede encontrar en ella una parte de sí misma.

 

Vidal Bolaños Betancort

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