Microrrelatos. El Papa, el teletrabajo y el fin del mundo

La llegada del Papa desata una ola de rumores, cambios en la rutina y desafíos logísticos que transforman la vida cotidiana en Las Palmas.

Olga Valiente Miércoles, 17 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Casi todos pensaron que, cuando dijeron que el Papa visitaría Las Palmas, se trataría de algo sencillo: un señor importante que llega en avión, saluda, da una misa, le aplauden y se vuelve a casa.

 

Pero no.

 

La ciudad empezó a prepararse varias semanas antes. Los periódicos hablaban de la tan esperada visita, las radios debatían sobre los motivos que lo traían a la isla y las televisiones informaban puntualmente de cada novedad. Hasta los vecinos del barrio, que normalmente solo salen a pasear al perro —nótese la ironía—, comentaban cada detalle.

 

—En la tele dijeron que va a pasar por esta calle.

—Pues yo escuché que pasa por la de abajo.

—Pues mi tío conoce a uno del ayuntamiento que dice que ni siquiera pasará por el barrio.

 

Y así comenzó la primera fase del acontecimiento del año: la rumorología.

 

La segunda llegó cuando empezaron a aparecer los primeros comunicados oficiales. Esos en los que se hablaba de «cortes puntuales de tráfico», una expresión utilizada cuando nadie sabe exactamente lo que va a pasar, pero quieren aparentar que todo está bajo control.

 

Fue entonces cuando la gente de a pie comenzó a prepararse. Algunos compraron agua embotellada. Otros hicieron acopio de papel higiénico —por si acaso—. Y muchos revisaron rutas alternativas para llegar al trabajo porque, aunque el Papa venía a rezar, no parecía que fuera a repartir dinero.

 

Pobres criaturas. No sabían lo que les esperaba.

 

La semana de la visita, la ciudad parecía prepararse no solo para la llegada del Santo Padre, sino también para la visita simultánea de tres jefes de Estado, una invasión extraterrestre, el impacto de un meteorito, el regreso de los dinosaurios y el fin del mundo.

 

Las calles amanecieron llenas de vallas. Las vallas se llenaron de policías. Los policías se llenaron de instrucciones. Y los ciudadanos se llenaron de dudas que nadie parecía capaz de responder.

 

—Entonces, ¿por dónde podemos pasar?

—¿Habrá guaguas ese día?

—¿Y si no podemos teletrabajar?

—¿Habrá clases?

 

Entonces los colegios comenzaron a enviar mensajes anunciando la suspensión de las clases por circunstancias especiales. Los niños lo celebraron como si hubieran ganado la lotería. Los padres, en cambio, leyeron el mensaje con la misma expresión que alguien que acaba de descubrir una gotera en el salón. Porque una cosa es no tener colegio cuando tienes ocho años y otra muy distinta cuando tienes cuarenta y dos, una reunión a primera hora y ningún plan para colocar a los niños.

 

Y ahí es donde entró en escena el verdadero protagonista de esta historia. Y no era el Papa.

 

El teletrabajo.

 

Ese maravilloso invento que tanto gusta cuando es voluntario pero que, cuando se convierte en obligatorio y además tienes hijos en casa, pasa a parecerse bastante a intentar realizar una intervención quirúrgica en mitad de un parque acuático lleno de toboganes.

 

—Mamá, tengo hambre.

—Mamá, estoy aburrida.

 

Y todo eso mientras intentas prestar atención a una reunión que debería haber sido presencial.

 

—Sí, como les estaba diciendo...

 

¡PUM!

 

El niño acaba de caerse de la silla.

 

—Perdonen, ha sido un accidente doméstico.

 

Todo un clásico del teletrabajo y, aun así, el día sigue adelante.

 

Las calles amanecen vacías, como si nadie hubiera sobrevivido al ataque zombi. No hay tráfico. No hay ruido. No hay prisas, solo grupos de personas caminando hacia la zona donde podrán ver al Papa durante unos segundos y desde una distancia tan considerable que necesitarán más fe que vista.

 

Mientras tanto, otros intentan desesperadamente regresar a casa siguiendo las indicaciones del navegador.

 

—Alexa, ¿cómo llego a casa?

«Gire a la derecha. Carretera cortada.»

«Gire a la izquierda. Carretera cortada.»

«Continúe recto. Carretera cortada.»

«Recalculando ruta.»

 

Pausa.

 

«Lo siento. Creo que hoy es mejor que se quede en casa.»

 

Mientras tanto, en los grupos de WhatsApp sucede algo todavía más extraordinario: uno comparte un mapa, otro envía una noticia del ayuntamiento, un tercero manda un audio de siete minutos explicando lo que le han dicho en el trabajo. Es panadero, pero eso no le impide hablar con la seguridad de un ministro.

 

Al final, nadie sabe nada pese a que todos tengan una opinión. Porque si algo sabemos hacer los seres humanos es convertir la incertidumbre en una tertulia permanente.

 

A media mañana, miles de personas hacen exactamente lo mismo: intentar averiguar dónde se aloja el Papa. No para ir a verlo, ni para saludarlo. Tampoco para invitarlo a una boda. Simplemente para preguntarle directamente por dónde va a pasar, una estrategia bastante razonable dadas las circunstancias.

 

Hasta que el Papa decide marcharse.

 

Entonces las vallas desaparecen, los policías vuelven a abrir las calles, los colegios recuperan la normalidad, las guaguas vuelven a circular, los ciudadanos regresan a sus puestos de trabajo y los grupos de WhatsApp encuentran un nuevo tema sobre el que discutir.

 

Porque ningún acto oficial, ningún corte de carretera, ningún grupo de WhatsApp descontrolado, ninguna videollamada imposible ni ningún colegio cerrado podrá borrar de la memoria colectiva aquel día histórico.

 

El Papa vino a transmitir un mensaje de paz, fraternidad y esperanza. Y lo consiguió.

 

Aunque antes provocó el mayor caos circulatorio y organizativo que Las Palmas había vivido en décadas.

 

Amén.

 

Olga Valiente

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