
“Desde que las luces del escenario iluminaron mi objetivo nunca cambié el paso: asesinar hombres-machos se convirtió en mi primera obsesión. Y, tal vez, única. Y lo puse en marcha una navidad norteña: al socaire de los villancicos que sonaban desde distintos sitios de la ciudad acabé con aquel belenista tontorrón y engreído que me miraba desde su bizquedad más incierta.
Si Allan Poe no podía siquiera presentarse él mismo, yo, mujer, feminista, revolucionaria y empedernida anarquista, no iba a quedarme atrás: estaba harta de que cayeran siempre mujeres, solo mujeres, desde su soledad más cercana. Así que decidí empezar por aquel ser vanidoso y experto en filigranas, capaz de construir un mundo a su medida. Es verdad que era un tipo conocido y reconocido en el lugar. Mejor, así serviría de escarmiento para otros que se atrevieran a levantar la mano.
Sé que no soy una santa, pero tampoco una boba. Soy consciente de lo que arriesgo y aquí, en este lado de la existencia, aguantaré lo máximo que pueda. Es verdad que la policía no es tonta. Y que tiene mucha paciencia. Por eso mi alegato ha de tener consistencia y, sobre todo, debería significar lo suyo en esta sociedad que nos ha tocado en suerte. Como no tenemos otra ni hay tiempo para aguantar, me tomo la justicia por mi mano. Y este hacedor de belenes y machista engrosará los testimonios de aquellos que pasan a mejor vida por muerte violenta. Sí, tengo mucho miedo, pero estoy dispuesta a perpetrar el asesinato. Me encomiendo a soportar lo que Dios tenga guardado para mí. Sí, soy cristiana y quiero expulsar del Templo a aquellas personas que odian y maltratan a las mujeres únicamente por el hecho de ser y estar. Solo intento cargarme de heroicidades fugaces para hacer lo que he venido a hacer. Así que aquella noche, mientras el belenista cerraba en el Parque Municipal su muestra, lo agarré fuertemente por detrás y le propiné una buena somanta de palos que acabaron doblegando sus piernas, que también alcanzaron lo suyo.
Entonces, solo entonces y ya tendido en el suelo, aguantó un rato más hasta que pensó en quién abriría el Belén al día siguiente. Luego todo se fundió en negro.”
Juan FERRERA GIL






























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