El Orgullo también pertenece a los pueblos
Gáldar celebrará entre el 18 y el 21 de junio la quinta edición de su Pride, con actividades culturales, festivas y reivindicativas dedicadas a la igualdad, la libertad y los derechos de las personas LGTBIQ+.
Será una oportunidad para celebrar los avances logrados, recordar las discriminaciones que todavía persisten y hacer visible una realidad que siempre ha formado parte de nuestros municipios, aunque durante demasiado tiempo permaneciera escondida detrás del silencio.
Porque las personas LGTBIQ+ no llegaron recientemente a los pueblos del Norte. Siempre estuvieron aquí.
Nacieron en Agaete, Artenara, Arucas, Firgas, Gáldar, La Aldea, Moya, Santa María de Guía, Tejeda, Teror y Valleseco. Crecieron en nuestras calles, estudiaron en nuestros colegios, trabajaron en nuestros comercios, participaron en nuestras fiestas y formaron parte de nuestras familias.
La diferencia es que muchas tuvieron que vivir ocultando una parte esencial de sí mismas.
Durante mucho tiempo, la visibilidad de la diversidad sexual pareció concentrarse en las grandes ciudades y en determinados espacios turísticos. Las capitales ofrecían anonimato, asociaciones, locales de encuentro y una libertad que resultaba más difícil encontrar en los pequeños municipios.
Por eso muchas personas tuvieron que marcharse.
No siempre se fueron porque quisieran conocer otros lugares o encontrar mejores oportunidades laborales. Algunas se marcharon porque necesitaban respirar. Porque sentían que para poder vivir con libertad debían alejarse de quienes conocían su apellido, su familia y cada detalle de su vida.
El derecho a ser uno mismo no debería depender del código postal.
Un joven de Artenara, Moya, Guía, Agaete o La Aldea merece sentirse igual de seguro que alguien que reside en una gran capital. Pero debemos reconocer que vivir la diversidad en un municipio pequeño puede presentar dificultades particulares.
En los pueblos existe cercanía, solidaridad y un fuerte sentimiento comunitario. Pero esa proximidad también puede convertirse en vigilancia social. Todo se sabe, todo se comenta y cualquier diferencia puede ser observada con una intensidad que no existe en una gran ciudad.
Un adolescente puede temer que una confidencia realizada en el instituto llegue rápidamente a su familia. Una persona adulta puede evitar mostrar afecto a su pareja porque conoce a todos los vecinos. Alguien puede retrasar durante años una conversación necesaria por miedo a perder amistades, empleo o aceptación.
No siempre la discriminación se presenta mediante una agresión física o un insulto directo.
También existe en las bromas repetidas, en las miradas, en los rumores, en el silencio familiar y en la recomendación aparentemente bienintencionada de que una persona no llame demasiado la atención.
Existe cuando se dice: “Yo lo respeto, pero que no lo muestre”.
Esa frase merece una reflexión.
Las personas heterosexuales muestran su orientación continuamente sin darse cuenta. Lo hacen cuando caminan de la mano, hablan de su pareja, celebran un aniversario, publican una fotografía o presentan a alguien ante su familia.
¿Por qué la misma naturalidad se interpreta como provocación cuando se trata de una pareja del mismo sexo?
Por eso la celebración del Orgullo en el Norte tiene un valor que va mucho más allá del espectáculo.
Durante varios días, Gáldar será un espacio de encuentro, música, cultura y reivindicación. Las actividades atraerán visitantes, generarán movimiento económico y proyectarán una imagen de municipio abierto.
Todo eso es positivo.
Pero no debemos permitir que la fiesta eclipse el motivo por el que existe.
El Orgullo no nació como una simple celebración. Nació de la necesidad de defender derechos, denunciar abusos y responder a una discriminación que condenó a muchas personas a la clandestinidad, la persecución y el miedo.
Si eliminamos esa memoria, el Orgullo corre el riesgo de convertirse únicamente en un producto de entretenimiento.
La música, las galas y las cabalgatas son importantes porque permiten ocupar el espacio público con alegría. Después de tantos años de vergüenza impuesta, celebrar también es una forma de reparación.
Pero la celebración debe caminar junto a la reivindicación.
Todavía existen jóvenes que sufren acoso escolar por su orientación o su expresión de género. Todavía hay personas que esconden su identidad en el trabajo. Todavía hay familias que reaccionan con rechazo cuando un hijo les habla de su sexualidad.
Todavía hay mayores LGTBIQ+ que envejecen en soledad después de haber pasado gran parte de su vida ocultándose.
También debemos practicar la autocrítica.
Resulta sencillo acudir a una celebración, compartir una fotografía, colocar una bandera en un balcón institucional o publicar un mensaje favorable a la diversidad.
Lo difícil empieza al día siguiente.
La igualdad se pone a prueba cuando escuchamos un comentario homófobo en un bar, en un lugar de trabajo, en un vestuario deportivo o durante una reunión familiar.
¿Cuántas veces permanecemos callados para evitar una discusión?
¿Cuántas veces restamos importancia a una broma que humilla a otra persona?
¿Cuántas veces decimos que alguien debería acostumbrarse o no ser tan sensible?
El silencio también educa.
Cuando nadie responde a un comentario discriminatorio, quien lo pronuncia puede interpretar que cuenta con la aprobación del grupo. Y la persona afectada aprende que se encuentra sola.
La igualdad no se demuestra solamente cuando defendemos a alguien delante de las cámaras. Se demuestra cuando lo defendemos aunque no esté presente para escucharnos.
También las instituciones deben examinar sus propias contradicciones.
Durante unos días se colocan banderas, se iluminan edificios y se organizan actos. Sin embargo, las políticas de igualdad no pueden depender exclusivamente de una programación festiva.
¿Qué ocurre el resto del año?
¿A dónde puede acudir un adolescente de un municipio pequeño que necesita orientación psicológica?
¿Qué formación reciben los profesionales municipales, el personal sanitario, los docentes, la policía local o los monitores deportivos?
¿Existen protocolos claros frente al acoso y la discriminación?
¿Tienen las familias espacios para recibir información y acompañamiento?
Estas preguntas son más importantes que cualquier decoración institucional.
No se trata de cuestionar las celebraciones, sino de exigir coherencia. Una bandera puede representar un compromiso, pero no puede sustituirlo.
Los ayuntamientos del Norte tienen diferentes recursos y capacidades. Un municipio con pocos habitantes difícilmente podrá disponer de todos los servicios especializados. Ahí es donde la Mancomunidad del Norte puede desempeñar un papel fundamental.
La Mancomunidad podría coordinar un servicio comarcal de asesoramiento y atención psicológica. Podría impulsar campañas educativas compartidas, ofrecer formación a empleados públicos y establecer protocolos comunes ante situaciones de discriminación.
También podría promover encuentros para familias y crear mecanismos de acompañamiento para jóvenes que se sienten aislados en sus municipios.
No todos los ayuntamientos cuentan con los mismos medios, pero todos tienen la misma obligación de proteger los derechos de sus vecinos.
La cooperación permitiría que ninguna persona quedara desatendida por vivir lejos de los principales núcleos urbanos.
Los centros educativos también ocupan un lugar esencial.
La escuela debe ser un espacio seguro para todos los alumnos. Pero no puede limitarse a intervenir cuando el acoso ya ha causado daño. Debe trabajar previamente la convivencia, el respeto y la diversidad.
Hablar de estas realidades no convierte a nadie en algo que no es. Simplemente permite que quienes ya viven esa realidad sepan que no están solos.
También ayuda al resto del alumnado a comprender que las personas no merecen menos respeto por ser diferentes.
La educación afectiva y el respeto a la diversidad no deberían utilizarse como armas dentro de una batalla política. Estamos hablando de evitar sufrimiento, abandono escolar, aislamiento y problemas de salud mental.
Podemos discutir los métodos y los contenidos. Lo que no podemos hacer es negar que existe un problema.
También debemos escuchar a las familias.
No todos los padres y madres saben cómo reaccionar cuando un hijo les comunica que es gay, lesbiana, bisexual o trans. Algunas familias necesitan tiempo, información y apoyo.
La falta de conocimiento no convierte automáticamente a una persona en intolerante. Pero sí existe una responsabilidad: buscar información, escuchar y evitar que el desconcierto se transforme en rechazo.
Un hogar debería ser el primer lugar donde una persona pueda sentirse protegida.
Cuando ese hogar se convierte en el origen del miedo, el daño puede acompañar durante toda una vida.
Las asociaciones y colectivos realizan una labor valiosa, pero no pueden asumir solos toda la responsabilidad. La defensa de los derechos debe formar parte de las políticas públicas y de la convivencia cotidiana.
También los clubes deportivos, las empresas, los comercios, las asociaciones vecinales y los colectivos culturales tienen que preguntarse si sus espacios son realmente seguros.
No basta con afirmar que allí se acepta a todo el mundo. Hay que observar qué lenguaje se utiliza, cómo se responde ante una burla y si una persona puede hablar de su vida con la misma libertad que las demás.
El deporte, especialmente, continúa siendo uno de los ámbitos donde muchas personas encuentran dificultades para mostrarse con naturalidad.
En vestuarios y gradas persisten expresiones utilizadas como insultos. Con frecuencia se justifican como parte del ambiente competitivo, pero las palabras crean un clima.
Un joven que escucha constantemente que su identidad se utiliza para humillar a otros aprende que revelarla puede tener consecuencias.
Los clubes del Norte podrían convertirse en aliados fundamentales de la igualdad, formando a entrenadores, acompañando a las familias y estableciendo una posición clara contra cualquier discriminación.
También hay que cuidar el tono del debate público.
Es completamente legítimo preguntar por el coste de un evento, analizar su programación, criticar su organización o debatir sobre sus prioridades presupuestarias.
Las actividades vinculadas al Orgullo deben someterse al mismo control que cualquier otra iniciativa pública.
Defender los derechos LGTBIQ+ no implica aceptar sin crítica todo lo que se organice en su nombre.
Pero existe una diferencia fundamental entre cuestionar la gestión de un acontecimiento y cuestionar la dignidad del colectivo al que representa.
La crítica presupuestaria no puede utilizarse como disfraz para la intolerancia.
Quienes se oponen a estas celebraciones suelen preguntar por qué es necesario mostrar la orientación sexual en el espacio público.
La respuesta está en la historia y en el presente.
Es necesario porque durante generaciones se obligó a muchas personas a ocultarse. Porque la visibilidad ayuda a quien todavía cree que está solo. Porque ocupar pacíficamente una plaza con libertad envía un mensaje a quien sufre en silencio.
También resulta necesario recordar que los derechos pueden retroceder.
La historia demuestra que ningún avance es irreversible. Cuando una sociedad empieza a considerar innecesaria la defensa de ciertos derechos, puede terminar permitiendo que se debiliten.
Por eso la celebración debe incluir memoria.
Debemos recordar a quienes vivieron perseguidos, a quienes fueron expulsados de sus hogares y a quienes no pudieron formar legalmente una familia. También a quienes nunca llegaron a disfrutar de los avances actuales.
La libertad que hoy celebramos fue construida por personas que tuvieron que exponerse cuando hacerlo tenía consecuencias mucho más graves.
Pero la autocrítica también debe alcanzar al propio movimiento LGTBIQ+ y a las instituciones que organizan estos eventos.
El Orgullo debe ser plural, accesible y abierto. No puede transmitir la sensación de que existe una única forma correcta de vivir o expresar la diversidad.
Dentro del colectivo hay jóvenes y mayores, personas creyentes y no creyentes, habitantes urbanos y rurales, trabajadores, desempleados y familias con realidades muy diferentes.
No todos se identifican con los mismos símbolos ni disfrutan del mismo tipo de celebración.
Escuchar esa pluralidad fortalecerá la reivindicación.
También conviene evitar que el Orgullo quede completamente absorbido por intereses comerciales. La participación de empresas puede aportar recursos y visibilidad, pero debe ir acompañada de compromisos reales.
Una marca no demuestra responsabilidad únicamente modificando temporalmente su logotipo. Debe garantizar igualdad laboral, prevenir la discriminación y apoyar políticas coherentes durante todo el año.
La diversidad no puede convertirse en una simple estrategia de publicidad.
Tampoco debe ser utilizada como herramienta de confrontación partidista.
Los derechos humanos no pertenecen a unas siglas concretas. Las diferentes fuerzas políticas pueden discrepar sobre la organización de los actos, pero deberían coincidir en algo básico: ningún vecino debe sufrir discriminación por su orientación sexual o identidad.
Convertir la dignidad en un campo de batalla electoral solo produce más división y dificulta la convivencia.
La diversidad no amenaza las tradiciones ni la identidad de nuestros pueblos.
Las personas LGTBIQ+ siempre han participado en esas tradiciones. Han preparado fiestas, trabajado en el campo, pertenecido a colectivos culturales, cuidado a familiares y contribuido al desarrollo de sus municipios.
Lo que cambia ahora es que pueden hacerlo sin esconderse.
Un pueblo no pierde su identidad cuando reconoce la diversidad de quienes lo habitan. La hace más verdadera.
La tradición no debe ser una excusa para congelar la sociedad. Las tradiciones también evolucionan, incorporan nuevas generaciones y se enriquecen con diferentes formas de vivir.
El Norte de Gran Canaria debe ser tierra de pertenencia.
Pertenecer significa poder caminar por la plaza de tu pueblo sin fingir. Poder presentar a tu pareja, participar en las fiestas, trabajar, cuidar a tus mayores y construir un proyecto de vida sin sentir que debes pedir permiso para existir.
Nadie debería tener que elegir entre su identidad y su tierra.
Nadie debería sentir que necesita marcharse para poder ser quien es.
Gáldar Pride será una celebración importante. Pero su éxito no debería medirse únicamente por el número de asistentes, la repercusión mediática o la actividad económica generada.
El verdadero éxito se comprobará después.
Se comprobará cuando un adolescente encuentre apoyo en su instituto. Cuando una familia reaccione con amor en lugar de rechazo. Cuando un club deportivo detenga una burla. Cuando una persona mayor pueda hablar de su vida sin miedo.
Se comprobará cuando la bandera deje de ser necesaria para recordar que todos merecemos los mismos derechos.
Hasta entonces, el Orgullo seguirá teniendo sentido.
No porque unas personas pretendan ser más que otras, sino porque durante demasiado tiempo se les obligó a sentirse menos.
El Orgullo también pertenece a los pueblos porque la libertad debe poder vivirse en cualquier calle, en cualquier barrio y en cualquier municipio.
Y porque un Norte verdaderamente orgulloso de sí mismo será aquel donde nadie tenga que esconderse para sentirse parte de él.
Vidal Bolaños





























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