Gran Canaria tendrá la mirada alzada para siempre y mirará de frente a las personas
Jamás imaginé que algún día acabaría escribiendo artículos de opinión, y mucho menos que tendría el privilegio de hacer la crónica sobre la visita del Papa a nuestra isla. Por ello, quiero agradecer en primer lugar a Infonortedigital por haber confiado una vez más en mi humilde labor para ser cronista de este acontecimiento histórico. Del mismo modo, traslado mi agradecimiento a Radio Gáldar Municipal por permitirme que mi voz se escuchara desde el Muelle de la Esperanza, compartiendo con los oyentes algunos instantes de una jornada que quedará grabada en nuestra memoria colectiva.
Debo confesar que quizás no soy un cristiano de pura cepa. No soy un practicante ejemplar en lo que respecta a la dimensión litúrgica que conlleva la fe. También he de reconocer que, en muchos momentos de mi vida, me han asaltado dudas existenciales sobre si creer o no creer. A menudo pensamos que Dios es responsable de las desgracias o de los momentos difíciles que nos toca vivir, y es precisamente en esas circunstancias cuando la fe parece tambalearse.
Sin embargo, esas dudas suelen ser pasajeras. Con el tiempo, uno vuelve al redil de la fe, no necesariamente desde la certeza absoluta, sino desde la esperanza y la necesidad de encontrar sentido a aquello que nos supera.
Creo firmemente que el mayor secreto de cualquier religión no reside únicamente en los rituales o en las doctrinas, sino en la capacidad de formar buenas personas. Más allá de nuestras creencias, de nuestra procedencia o de nuestra condición social, lo verdaderamente importante es actuar con bondad, respeto y solidaridad hacia los demás.
Uno de los ejes centrales de la visita fue el fenómeno migratorio, una reality que viví en primera persona desde junio de 2020 y que se prolongó hasta abril de este mismo año. Mi paso como responsable de algunos recursos de emergencia, como Canarias 50, me hizo reconvertirme como persona de una manera abrupta y profunda.
No puedo dejar de recordar a cada una de las personas que formaron parte de mi equipo durante aquella añorada Fase 2 del campamento. Entre todos conseguimos convertir aquel espacio de acogida en un hogar, un lugar donde las personas se sentían como en casa. Muchas veces trabajamos más con el corazón que con los medios disponibles.
Les puedo asegurar que un apretón de manos sincero es, en muchas ocasiones, más efectivo que el dinero; que un instante compartido sustituye, aunque solo sea por un momento, la añoranza de quienes han dejado atrás a sus seres queridos; y que un abrazo reconforta a quienes se encuentran lejos de su hogar, enfrentándose a la incertidumbre de comenzar una nueva vida.
Tiempo después, al escuchar la canción Tranquilo, mi corazón, publicada en 2023 por la galdense Marilia Monzón e inspirada en el fenómeno migratorio que vive Canarias, no pude evitar conectar su letra con todo lo vivido en aquellos años. Su mensaje transmite esperanza allí donde muchas veces solo existe incertidumbre. Habla de la necesidad de mantener la calma cuando el camino parece incierto, de la convicción de que todo llega y todo pasa, y de que siempre existe un destino al que llegar. También nos recuerda una verdad que forma parte de nuestra propia historia como pueblo: nadie es de ningún lugar y, de una forma u otra, todos somos hijos de inmigrantes.
Pero junto a esa reflexión también está la realidad más dura, la de las travesías que no terminan. El océano Atlántico, en la ruta hacia Canarias, se ha convertido en uno de los escenarios migratorios más letales del mundo. En ese mar que nos rodea y nos define, miles de personas han perdido la vida intentando alcanzar un futuro mejor. Cada una de esas ausencias representa una historia truncada, una familia rota y una esperanza que no llegó a puerto. No podemos acostumbrarnos a contar muertos, porque cada vida perdida tiene un nombre, un rostro y un origen que merece ser recordado.
Canarias conoce bien el significado de partir y de llegar, de despedirse y de volver a empezar. Quizás por eso entendemos que la acogida no es únicamente una obligación moral, sino también una forma de reconocernos en el otro y de comprender que la esperanza es el equipaje más valioso de quienes buscan una nueva oportunidad.
Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a Enrique Suárez Quintana la confianza que depositó en mí para liderar aquel campamento. Gracias por su apoyo, por su lealtad y, sobre todo, por permanecer a mi lado en los momentos más difíciles. Incluso cuando las circunstancias eran especialmente complejas, siempre procuró que prevalecieran la justicia y la verdad.
Las palabras del Papa durante su visita insistieron de forma muy clara en un mensaje de fondo: la dignidad humana no nace ni desaparece en una frontera, porque pertenece a la persona desde su origen. No es una concesión de ningún Estado, sino un valor intrínseco que simplemente puede ser reconocido, pero nunca otorgado ni retirado. Desde esa idea, subrayó que el migrante no puede reducirse jamás a una cifra o a una categoría, porque detrás de cada persona existe una historia única e irrepetible. También insistió en la importancia de no acostumbrarse al sufrimiento ajeno, de no normalizar la tragedia ni convertirla en una estadística cotidiana, y de mantener siempre viva la capacidad de empatía ante quienes llegan en situación de vulnerabilidad.
En esa misma línea, sus mensajes recordaron con fuerza que cada vida humana conserva un valor que no depende de su origen ni de sus circunstancias, y que la dignidad no se pierde al cruzar una frontera. No es una concesión de nadie, sino una condición inherente a la persona. Por eso insistía en que no podemos acostumbrarnos a contar vidas perdidas ni a convertir el dolor en rutina, porque cada número representa una historia truncada, una familia y una esperanza.
Más allá de las creencias personales y de las críticas que pudiera generar la visita del Papa en determinados sectores, su presencia en Canarias se convirtió en un fenómeno social y concienciador de gran alcance. Durante esos días se abrió un espacio de reflexión colectiva sobre la realidad migratoria, sobre la responsabilidad compartida y sobre el papel de una sociedad que convive a diario con esta realidad en su frontera sur.
Canarias conoce bien esta realidad. Nuestra tierra ha sido durante siglos lugar de partida y de llegada, de emigrantes y de acogida. Quizás por eso el mensaje del Santo Padre encontró aquí un eco especial. Porque los canarios sabemos que la solidaridad no es una consigna, sino una forma de entender la vida.
La participación del municipio de Gáldar, a través de sus distintas parroquias, fue bastante numerosa, lo que pone de manifiesto el papel que desempeña Gáldar dentro de la diócesis y su implicación activa en los grandes acontecimientos religiosos y sociales de la isla.
Puedo asegurar que, sin quererlo ni pretenderlo, tuve al Papa a escasos dos metros. Y, más allá de la figura institucional, no dejaba de ser una persona, alguien que también se reconoce humano. Es una sensación difícil de explicar, una mezcla entre paz y emoción, entre respeto y una profunda conmoción interior.
Durante esos días, Gran Canaria alzó la mirada sin dudarlo. Lo hizo con ilusión, con respeto y con la convicción de que existen mensajes universales capaces de unir a las personas por encima de cualquier diferencia.
Por eso hoy, más allá de las creencias, de las dudas o de las certezas de cada uno, podemos alzar la mirada sin temor. No como un gesto vacío, sino como una forma de reconocer lo vivido y lo aprendido.
Y, desde la humildad, queda también la serenidad de haber formado parte de un proceso en el que, entre dificultades y aprendizajes, muchas personas pudieron avanzar en su camino, acercarse a su futuro y mantener viva su esperanza.
Si pudiera, seguiría trabajando en este mismo ámbito, porque ha sido, sin duda, una de mis principales inspiraciones y una auténtica vocación profesional que me ha marcado profundamente. Y me ha convertido en mejor persona, en ese camino largo de aprendizaje y de mejora personal que nunca terminamos de culminar.
Gran Canaria tendrá la mirada alzada para siempre. Y en esa mirada, por un instante, cabíamos todos.
Moisés Rodríguez Gutiérrez





























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