Gentes e Historia

Apuntes en torno a un paisano galdense centenario: Francisco Rodríguez Batllori

La obra de Francisco Rodríguez Batllori se analiza desde una perspectiva crítica y desapasionada, destacando su vigencia literaria más allá del ámbito local y el paso del tiempo.

Nicolás Guerra Aguiar Sábado, 13 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:
Francisco Rodríguez Batllori. Foto: "Gáldar a través de la fotografía" de Sebastián Monzón SuárezFrancisco Rodríguez Batllori. Foto: "Gáldar a través de la fotografía" de Sebastián Monzón Suárez

1. Introducción

 

Lo repetía con frecuencia mi catedrático de Crítica Literaria en la entrañable universidad lagunera: “El tiempo es el mejor crítico de una obra literaria”. Así, insistía don Gregorio Salvador Caja -fue vicedirector de la Real Academia Española (de la Lengua)- en que el prudente paso de veinticinco o treinta años pone a los autores en su sitio. Y es cierto: cuando el tiempo se hace mayor, ¿cuántas obras recordamos de muchos años atrás? ¿Cuántas pasaron al olvido? Aquel, pues, las confirma o destruye; pasa por algunas sin lograr tumbarlas o niega la vida a largos listados de producciones hoy ya sin pálpitos vitales (acaso reflejaban sólo una moda, pasajera como la vida misma, acaso).

 

Así, por ejemplo, El otro mar (conjunto de poemas -1982- del galdense Sebastián Monzón Suárez), permanece: ¿por qué? Su poemario resiste con dignidad serenos análisis y sosegados replanteamientos a pesar de su edad, pues se trata de una producción poética rigurosamente viva: el buen hacer, el dominio de la técnica y la privilegiada inspiración lo mantienen fresco, nuevo, por más que cuatro décadas y pico hayan pasado por él. (Recomiendo un filosófico artículo, “¡Dios mío, qué solos se quedan los vivos!”, publicado por el profesor Marcial Morera Pérez en elDiario.es, 31 julio 2025.)

 

Por tanto, desde el inicio adelanto que quizás haya una razón si escribo sobre el también galdense Francisco Rodríguez Batllori y su producción literaria: la perspectiva temporal acaso me permitirá unos apuntes serios, desapasionados, rigurosos a pesar de su elementalidad, al margen de la construcción “el texto como pretexto”, es decir, el entrelazamiento relacionado con distintos aspectos de vivencias o experiencias que solo son eso, retazos hilvanados con más o menos suerte pero nada dicen, nada significan, nada trasmiten.

 

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Además, como Monzón Suárez, mi también paisano es un escritor del siglo XX (1908-1990). Su muy extensa producción nos acerca a finales de los sesenta del siglo anterior desde la perspectiva de estudio. Así, por solo citar algunas obras, el ensayo Galdós en su tiempo fue publicado en 1968; de los setenta son las crónicas Andar y ver (1972), El escritor y su paisaje (1973) y Evocación y memoria de un paisaje (1978); de 1979, escrito con su hermano Antonio, es Sardina, puerto del Atlántico; en 1980 aparece Gáldar, viñetas de una época, título registrado por el Instituto Cervantes de París; dos años antes de su muerte publica Álbum de autógrafos (1988)... Hay, pues, un espacio temporal muy prudente desde tales años hasta hoy para que deba interesarme en una producción -adelanto- bien hecha, bien escrita, interesante y hábilmente estructurada.

 

Con una matización inicial: amor a la tierra, sí, incluso hasta un amor apasionado. Pero cuando se trata de una inicial aproximación como esta, deben dejarse de lado los pálpitos del corazón y ceñirnos, escrupulosamente, a los comportamientos que exige la Razón, aquella diosa que también iluminó a paisanos canarios como el realejero Viera y Clavijo (1731 – 1813) o el lanzaroteño Clavijo y Fajardo (1726 – 1806).

 

No responde mi intromisión, en definitiva, a la coincidencia paisanal de dos galdenses, en absoluto: la necesaria visión universal de las cosas exige establecer límites entre lo puramente local y tal vez afectivo con aquello que trasciende las fronteras sentimentales y geográficas pues no podemos, no debemos caer en la tentación de afirmar que todo lo hecho en Gáldar –incluso en Canarias- ya tiene suprema categoría adquirida por su propia ubicación geográfica. (Debo recordar que no es mi primer acercamiento al autor de estudio, en absoluto: ya en 2008 -centenario de su nascencia- esbocé en nuestro pueblo, Gáldar, su vida y su obra invitado por el profesor universitario Juan Sebastián López García, cronista oficial del municipio, AGALDAcimiento que reitero a quien tan interesado sigue por nuestro patrimonio cultural canario y cuya entrega e inteligente vocación reconozco por enésima vez.)

 

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2. Metodología

 

Cuando en el aula, por ejemplo, explicaba la época barroca de la literatura española, les insistía siempre a mis alumnos en lo mismo: la producción literaria de tal etapa, tan diferenciada de otras anteriores, no existiría de no haberse conjugado un nuevo pensamiento, una nueva forma de entender la vida cargada de dudas, pesadumbres, sentidos trágicos por el rapidísimo paso del tiempo y el imperio de Ella. Todo, claro, unido a circunstancias sociales, políticas y económicas tal como constata Francisco de Quevedo (“Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados, / de la carrera de la edad cansados, / por quien caduca ya su valentía”). Aquellas hundieron al país en las miserias física y moral tan presentes en el siglo XVII.

 

Además, tras la lectura y comentarios de textos firmados por Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca... incluía los correspondientes a la primera etapa de un palmero ilustre, Cristóbal del Hoyo -vizconde de Buen Paso- (1677 - 1762) cuando se compara con el “hermoso Teide helado”, volcán capaz de recuperar su primavera, su renacimiento. Y lo hacía no por la condición canaria de tan extraordinario personaje, sino porque su Glosa en octavas reales merece, sin duda, estudiarse a la par que los extraordinarios sonetos, por ejemplo, de quieres fueron representantes del Culteranismo y del Conceptismo.

 

La obra literaria -e insisto en la adelantada afirmación- no es producto del azar, de la casualidad. Muy al contrario, responde a unas circunstancias determinadas en las cuales no voy a entrar minuciosamente (algunas apunté más arriba): aquellas condicionan -e incluso justifican- su aparición. El autor, en libertad, puede darle la espalda a esa realidad circundante (así lo hizo el Modernismo con su doble evasión en el tiempo y en el espacio) o dejarse impactar por ellas, con lo cual abandona toda pura recreación estética y se compromete con el momento en que vive (es el caso de una buena parte de la obra galdosiana representada, por ejemplo, con la trilogía novelística anticlerical, nunca nunca antirreligiosa: La familia de León Roch, Doña Perfecta, Gloria). Y nuestro autor galdense, aunque no noventayochista por edad, sí lo fue por planteamientos.

 

Desde esta perspectiva, por tanto, van ustedes a permitirme que entre ya en materia de estudio, elemental análisis, en la utilización de la lengua como bisturí diseccionador para introducirnos en la obra de Francisco Rodríguez Batllori, coterráneo galdense cuyo primer centenario se celebró en 2008, recuerdo.

 

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3. Contextualización

 

Cuando a comienzos del siglo XX podemos empezar a hablar de un grupo de escritores al que se denominó, con posterioridad, Generación del 98 (Pío Baroja, José Martínez Ruiz -”Azorín”-, Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu...), hemos de tener muy presente que tanto la palabra englobadora “generación” como la fecha concreta del 98 responden a un determinado acontecimiento histórico (pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba, Filipinas y Puerto Rico) y a un año en el cual se firmó el Tratado de París (1898) que volvió propietarios de las mismas -a través de la fuerza militar- a EE. UU. (que no “América”), quien hoy mantiene el campo de concentración de Guantánamo (Cuba), tal como lo denomina Amnistía Internacional.

 

Cuando estos jóvenes escritores del momento dejan de sentir el drama de las colonias (su pérdida, 1898), vuelven las miradas hacia el interior de España y descubren su triste realidad: un país miserablemente pobre, caciquil, feudal, analfabeto casi en un ochenta y cinco por ciento, terriblemente injusto en el equilibrio social y cerrado a los modernos pensamientos europeos, anclado en economías casi medievales, dominado por el fanatismo religioso… Se trataba, en fin, de la misma España que ya había denunciado Benito Pérez Galdós, en cuyo comportamiento se llegó a poner la mentira de que al llegar a Cádiz, procedente de Tenerife, se había sacudido el polvo canario de los zapatos porque nada quería saber de su tierra.

 

Y tales autores, bajo el liderazgo de Miguel de Unamuno, se desprendieron de las metáforas y las bellezas sonoras del Modernismo para enfrentarse a la realidad española, para exigir la recuperación del país, para rechazar la política del momento, “el espectáculo deprimente de la sociedad” que se unía a la “parálisis progresiva”, al “marasmo”, al “suicidio” y reclaman una España europeizada, moderna, nueva, transformada, civilizada.

 

Y por eso recorrieron las tierras de España, las caminaron como nadie había hecho y miraron y descubrieron pobrezas, miserias físicas y mentales. Y les dolió España, y escribieron también páginas llenas de hondo lirismo, de exquisita prosa, de bellísima poesía –como hará nuestro compatriota-, y caminaron por Castilla, La Mancha, Andalucía, e hicieron caminos que también recorrerá Francisco Rodríguez Batllori muchos años después. Y Unamuno y Azorín investigaron sobre don Quijote y Sancho, describieron andanzas y visiones españolas. En torno a Castilla y sus pueblos medio abandonados lo hicieron todos; la Hispanidad fue preeminente en Maeztu; Vasconia fue cantada por Pío Baroja; Machado poetizó en torno a Soria… Y eso mismo hará el autor galdense, muchas de cuyas páginas rezuman puro noventayochismo, esencia de los pueblos de España, de sus paisajes, sus gentes, su arte…

 

Como excepción, y por circunstancias políticas, Miguel de Unamuno escribió sobre Fuerteventura, la isla en forma de “esquinada camella”, la isla “descarnada y desnuda” porque es “ruina de volcán”; y habla sobre la lentitud de los canarios cuando él desembarca en Santa Cruz de Tenerife, y visita la casa de Nicolás Estévanez, y no entiende que cuando el que fuera ministro de la Guerra en la I República escribe que su patria “es la sombra de un almendro” se está refiriendo a la Naturaleza; y describe a La Laguna, la vieja ciudad de Los Adelantados. Y recorre parte de la Gran Canaria, y visita el castañar de Osorio, Teror, Tejeda, y se detiene en Artenara, “pueblo de cuevas colgadas de los derrumbaderos sobre el abismo”. Y como buen noventayochista aparecen en sus textos palabras del terruño canario: “Caldera, gofio, conduto, berode, tabaiba”, y explica el origen volcánico de las Islas, de “tempestades petrificadas”, de “tempestades de fuego”, de “noches de gemir” de la Naturaleza para parir las de nuestro archipiélago…

 

4. El autor

 

Pues bien, estimado lector: aunque Francisco Rodríguez Batllori (1908-1990) no pertenece cronológicamente a la Generación del 98 (recordemos: Unamuno, por ejemplo, nace en 1864; Antonio Machado en 1875), lo cierto es que tras la lectura de su obra se descubre a un asiduo lector –y exquisito continuador- de escritores que recorrieron la geografía española aunque difieran en las intenciones: los noventayochistas quisieron descubrir lo austero y lo recio en el paisaje castellano porque tenían que mostrar a sus lectores la realidad de España; por el contrario, nuestro paisano lo que hace es describir, trazar con extraordinarias pinceladas las características físicas de las tierras que ya conoce o descubre y que muestra al lector.

Por eso, muchas veces (es el paisanaje) confraterniza con él, desciende a su mismo plano, y lo llama, lo invita a que lo acompañe, a que camine por los mismos caminos tal como hace, por ejemplo, cuando comienza a recorrer el Archipiélago. Y describe con frases cortas unas veces, entrelazadas otras, pero siempre con impactantes, contundentes, claras y precisas palabras, por más que las ensoñaciones dejen sus improntas o marquen, en momentos, los tiempos descriptivos. Pero siempre vuelve, con rapidez, a la realidad circundante, aunque esta no sea la más exquisita ni la más metafórica.

 

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5. El paisaje canario

 

Así, por ejemplo, cuando hace la introducción al paisaje canario le recuerda al viajero que la propaganda sobre las Islas es exagerada, cargada de abundantes tópicos e inexactitudes. Y que si pretende descubrir vergeles o lugares paradisíacos no está, desde luego, en la tierra ideal porque Canarias es, muchas veces, “perfil estepario y desértico”, paisaje muy distinto al que el turista está acostumbrado. Por eso le recomienda que se recree en los pequeños espacios vigorosos, fuertes, con esporádicas concesiones a los remansos de suave fertilidad.

 

Porque frente a coloridas extensiones geográficas encontrará las rocas volcánicas de las que ya había hablado Miguel de Unamuno para las islas de Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura. Y como se trata de paisajes volcánicos lo acompañarán la monotonía de cardones y tabaibas, únicos elementos vivos de aquellos espacios surgidos tras los alumbramientos de la Naturaleza cuando salieron a la luz “las entrañas ígneas que al beso de la tempestad quedan fijas en rocas y peñascos”, en palabras del pensador bilbaíno, rector de la universidad de Salamanca y desterrado en la isla majorera por su oposición a la dictadura militar de Primo de Rivera, allá por los años veinte del siglo pasado.

 

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6. El paisanaje

 

Y camina nuestro paisano, como así hicieron los componentes del 98 también con el paisanaje peninsular, con quienes viven las tierras canarias y entregan sus sacrificios para que las islas produzcan. Así, echan de menos –estamos en 1972- las fuentes de las ricas aguas que los campos necesitan para “aplacar su eterna sed”. Y coincide plenamente, también aquí, con el catedrático de Griego y pensador existencial cuando don Miguel define la tierra de Fuerteventura “por la sed descarnada y tan desnuda” que recibe, como humilde e inútil compensación, sólo el baño de agua salada por las uñas de sus pies, la costa.

 

Pero insiste Rodríguez Batllori en la invitación al lector desmontados los tópicos tradicionales de la propaganda, pues a pesar de todo descubrirá que en Canarias lo acogerán

 

“[…] el sol y las nubes, las montañas y las dunas, los desiertos y los oasis, las brisas refrescantes y los aires encendidos que tuestan

la piel y agostan la campiña, las negras fauces de los cráteres, la ceniza que absorbe la humedad nocturna y se convierte en aliada del agricultor, la visión apocalíptica de unas tierras sedientas, el esplendor de los valles, las finas arenas de las playas, las ciudades en desarrollo y crecimiento… Entre las costas peninsulares y el Archipiélago se extiende la alfombra verdiazul del Atlántico. Y en la orilla isleña te espera, lector, un apasionante mundo de contrastes”. (Andar y ver, pág. 133).

 

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7. Gáldar

 

Y cuando lo lleva hasta Gáldar, le muestra con orgullo que es antigua corte insular. Lo invita al “templo jacobeo, magnífica obra de rango catedralicio” en cuyo interior le enseña la Pila Verde, aquella que según la tradición (o la fantasía) trajeron los colonizadores en el siglo XV. Y después lo acompaña a la calle para que descubra las ayer desnudas laderas de la Montaña, mole volcánica que se “alza solitaria sobre la ciudad”. Y lamenta que se hayan perdido algunos monumentos, aunque conserva – cito textualmente- “restos arqueológicos” como los túmulos de La Guancha y un poblado aborigen de casas cruciformes.

 

Pero también -¡aquellos iniciales años setenta! – habla don Francisco de “vegas fecundas”, de “fertilidades de la tierra” cuando hoy, medio siglo después, dicen los ecologistas que las perspectivas de futuro para aquello que fue el verde manto de Gáldar están, si no definitivamente muertas, sí heridas de gravedad. Lo cual me invita, de pasada, a una consideración: racionalización, progreso y la perfecta simbiosis con la naturaleza no son incompatibles, sospecho. Muy al contrario, son asimilables, absolutamente imprescindibles en esta locura desordenada de cementos y ladrillos por todas las Islas que podrán destruir, definitivamente, las pocas zonas vírgenes que van quedando.

 

Sí al progreso, por supuesto. Pero ordenado, racionalizado, con plena identificación con el medio ambiente, máximo respeto a un paisaje que es de todos y que, de seguir así, desaparecerá sin posibilidades de recuperación. Yo estoy seguro de que nuestro autor, si hoy volviera a esta isla de Gran Canaria, tacharía con dolor y pena algunas frases como que, vista desde la mar, los “montes van descubriendo sus formas”; o aquella otra de que “los cultivos tapizan pendientes y llanuras”. Y Gáldar, en concreto, ha de recuperar todo aquello que por historia, tradición, justicia y sentido liberal le pertenecen. Hago votos para que, al fin, entre todos, absolutamente todos, surja una misma idea sólida, cimentada y rigurosa: las sensibilidades comunitarias y el sentido de compromiso con la historia tienen que lograr su recuperación porque los cebolleros somos orgullosos amantes de nuestras tierras, orografías, mares, calles y rincones...

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8. Conclusión

 

Nos encontramos, en fin, con un autor nacido en Gáldar, educado en Las Palmas de Gran Canaria, universalizado en La Laguna y absorbido hasta su muerte por Madrid. Y que escribe con prosa trabajada, léxico extraordinariamente rico, estructuras preñadas de orden, rigor sintáctico, palabras seleccionadas y hábilmente encajadas en la amplitud de las páginas. Un autor, me parece, que repasa los textos, que a la manera de Juan Ramón Jiménez busca “la palabra exacta de las cosas”, que borra, reescribe, porque busca la fluida conexión con el lector. Pero es algo que no le cuesta trabajo: le brota con naturalidad, sin aspavientos.

 

Rodríguez Batllori sabe meter en los paisajes a quien lo lee, ya se trate de horizontes que describen nuestra geografía (lo hace sobre las siete Islas), ya de los que se encuentran por los caminos castellanos, manchegos, andaluces o limitadamente madrileños. Su narrativa rápida, ágil, embellecida con metáforas o elementos puramente estéticos recrea, sin duda, al lector, al mismo lector que, como señalé más arriba, tutea en interrogaciones retóricas porque quiere llevarlo a la propia contemplación de aquello que describe. Así,

 

¿Conoces, lector, esta privilegiada villa que recibe al viajero acicalada y limpia y le indica las rutas infalibles del valle de Lozoya?

O

Perdónanos, lector, esta obligada traición al propósito que nos habíamos impuesto

 

En definitiva: si en la introducción insistí en que el paso del tiempo nos lleva inmediatamente de los pañales infantiles a la muerte (para Quevedo, “En el hoy y mañana y ayer junto / pañales y mortaja [...]”) y es el mejor crítico para el estudio de una obra literaria, estoy plenamente convencido de que la producción de Francisco Rodríguez Batllori salva, con rigor y sin aspavientos, la prueba a que fue sido sometida por el inexorable discurrir de los años. Un cebollero, en fin, con visión noventayochista y cuya lectura recomiendo.

 

[Img #40644]Nicolás Guerra Aguiar

Profesor agregado de Lengua y Literatura Española y catedrático​

Miembro honorario de la Academia Canaria de la Lengua  (ACL)

 

 

 

Bibliografía

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