Después de la visita, el mar continúa esperando respuestas

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Gran Canaria vivió una jornada histórica con la visita del papa León XIV. Miles de personas participaron en los actos organizados en la isla. Hubo emoción, solemnidad, medidas de seguridad, discursos institucionales y una atención mediática extraordinaria. Sin embargo, probablemente la imagen más importante de aquella visita no estuvo en los grandes escenarios ni en los lugares reservados para las autoridades.

 

Estuvo junto al mar, en Arguineguín.

 

Allí, frente a ese Atlántico que para unos significa descanso y libertad, pero para otros representa miedo, desesperación y muerte, el pontífice se encontró con personas migrantes y con quienes trabajan diariamente en su acogida.

 

Durante unas horas, el mundo miró hacia nuestras costas.

 

La visita terminó. Las comitivas oficiales se marcharon. Las cámaras buscaron nuevas noticias. Los titulares comenzaron a descender en las páginas de los periódicos y en las pantallas de los teléfonos. Pero el océano siguió ahí.

 

También continuaron las salidas desde las costas africanas, las travesías desesperadas, los rescates, las desapariciones y el trabajo silencioso de voluntarios, sanitarios, fuerzas de seguridad, trabajadores sociales y organizaciones humanitarias.

 

La migración no desaparece cuando desaparecen las cámaras.

 

Ese es precisamente el peligro de los grandes acontecimientos: que la emoción del momento nos haga creer que prestar atención durante unas horas equivale a comprender el problema. Nos conmovemos, compartimos imágenes, repetimos palabras como dignidad, solidaridad y esperanza, pero después regresamos a nuestra rutina.

 

El verdadero valor de la visita no dependerá de cuántas personas asistieron a los actos, de cuántas banderas ondearon ni de cuántos discursos se pronunciaron. Dependerá de si aquello que se dijo frente al Atlántico provoca alguna consecuencia política y social.

 

Una visita histórica debería producir algo más que fotografías históricas.

 

Gran Canaria no puede convertirse únicamente en el escenario emocional de la migración europea. No podemos ser el lugar al que acuden las autoridades para contemplar el drama, expresar preocupación y marcharse después sin asumir compromisos concretos.

 

Canarias necesita recursos, coordinación entre administraciones, solidaridad entre territorios y una política migratoria que combine acogida, seguridad, legalidad y respeto absoluto a la dignidad humana.

 

Pero también necesita algo más difícil: honestidad.

 

Durante años hemos exigido que Europa mire hacia Canarias. Hemos pedido que entienda que la frontera sur no es un problema exclusivamente insular. Y tenemos razón. Las islas no pueden gestionar solas un fenómeno internacional causado por guerras, pobreza, persecuciones, desigualdad, inestabilidad política y ausencia de vías legales y seguras.

 

Sin embargo, también debemos hacer autocrítica.

 

No toda la responsabilidad pertenece a Madrid o a Bruselas. No podemos pedir solidaridad fuera mientras dentro de nuestras islas permitimos que crezcan el rechazo, la sospecha y la deshumanización.

 

Nos resulta fácil defender la acogida en abstracto. Mucho más difícil es mantener esa defensa cuando un centro para migrantes se instala cerca de nuestro barrio, cuando una persona extranjera compite por un alquiler, cuando un menor migrante llega a un centro educativo o cuando creemos que la solidaridad puede alterar nuestra comodidad.

 

Ahí comienza la verdadera prueba moral.

 

La solidaridad que solo funciona a distancia no es solidaridad. Es una declaración de buenas intenciones.

 

También debemos reconocer que en Canarias existe cansancio. Muchos ciudadanos sienten que las islas soportan una responsabilidad superior a sus capacidades. Ese sentimiento no debe despreciarse ni calificarse automáticamente como xenofobia. Hay municipios con servicios públicos tensionados, profesionales desbordados y administraciones locales con recursos insuficientes.

 

Negar esas dificultades sería tan irresponsable como utilizar esas dificultades para culpar a las personas migrantes.

 

El problema no es quien llega buscando una oportunidad. El problema es un sistema que improvisa, que reacciona tarde y que deja a Canarias demasiado sola. Cuando faltan recursos y planificación, la convivencia se deteriora y aparecen quienes convierten el miedo en herramienta política.

 

Por eso debemos exigir gestión. Pero exigir gestión no significa pedir crueldad.

 

Se puede defender el control de las fronteras y, al mismo tiempo, defender la vida. Se puede exigir seguridad y respetar los derechos humanos. Se puede reclamar una migración ordenada sin convertir al migrante en enemigo.

 

La política migratoria necesita equilibrio, pero nunca puede perder la humanidad.

 

También los medios de comunicación debemos mirarnos al espejo.

 

Con demasiada frecuencia, la migración solo ocupa grandes espacios cuando llega una embarcación, ocurre una tragedia o se produce una polémica. Contamos cifras, pero pocas veces contamos vidas. Hablamos de cientos de llegadas como si estuviéramos describiendo mercancías, mareas o estadísticas meteorológicas.

 

Detrás de cada número existe una persona.

 

Existe una familia que espera una llamada. Una madre que desconoce si su hijo continúa vivo. Una persona joven que dejó atrás su hogar porque permanecer allí significaba renunciar a cualquier futuro.

 

El periodismo debe informar con rigor, pero también debe evitar que el lenguaje elimine la humanidad de quienes protagonizan la noticia.

 

No se trata de idealizar la migración ni de esconder sus dificultades. Se trata de contarla completa. Con sus causas, sus consecuencias, sus conflictos y sus historias personales.

 

También la Iglesia deberá preguntarse qué queda después de esta visita.

 

El mensaje de acogida y dignidad pronunciado por el Papa debe traducirse en compromiso cotidiano. No basta con defender a las personas migrantes desde los altares si después las comunidades cristianas no participan activamente en su integración.

 

La coherencia no se demuestra únicamente con palabras. Se demuestra abriendo espacios, acompañando, escuchando y ayudando a quienes llegan a construir una vida autónoma.

 

La misma exigencia debe dirigirse a todos los que públicamente defendemos los derechos humanos. A veces utilizamos la tragedia migratoria para sentirnos moralmente superiores, pero no siempre estamos dispuestos a conocer a las personas de las que hablamos.

 

La compasión también puede convertirse en espectáculo.

 

Nos emocionamos ante una fotografía, pero desconocemos el nombre de quien duerme en un centro de acogida. Defendemos la diversidad, pero no siempre compartimos espacios con quienes vienen de otras culturas. Pedimos integración, pero esperamos que toda la adaptación recaiga sobre quien llega.

 

Integrarse no significa desaparecer dentro de la sociedad receptora. Significa participar en ella con derechos, obligaciones y oportunidades.

 

La integración necesita educación, aprendizaje del idioma, empleo, vivienda y convivencia. Necesita también reglas claras. Defender la dignidad de las personas migrantes no significa ignorar las normas ni justificar cualquier comportamiento. Todas las personas, independientemente de su origen, deben respetar las leyes y los valores democráticos.

 

Pero tampoco podemos exigir una integración perfecta a quien se encuentra atrapado entre la burocracia, la precariedad y el rechazo.

 

No se puede pedir a una persona que se integre mientras se le impide trabajar legalmente, alquilar una vivienda o regularizar su situación durante años.

 

Europa también debe abandonar su doble discurso.

 

El continente proclama los derechos humanos como uno de sus valores fundamentales, pero ha convertido muchas de sus fronteras en espacios donde esos derechos parecen debilitarse. Se habla de cooperación, mientras las rutas seguras continúan siendo insuficientes. Se condenan las redes de tráfico de personas, pero se mantienen las condiciones que hacen rentable su existencia.

 

Mientras no existan alternativas legales y accesibles, quienes huyen seguirán poniéndose en manos de traficantes.

 

Luchar contra las mafias no consiste únicamente en detener a quienes conducen una embarcación. También exige reducir las razones por las que miles de personas consideran que arriesgar la vida en el océano es su única opción.

 

La cooperación internacional debe dejar de ser una frase repetida en las cumbres. Debe apoyar el desarrollo, la estabilidad y las oportunidades en los países de origen, sin convertir la ayuda en una herramienta para que otros gobiernos hagan el trabajo incómodo de contener personas.

 

Tampoco podemos ignorar nuestra propia memoria.

 

Canarias ha sido tierra de emigración. Miles de canarios abandonaron estas islas buscando trabajo, seguridad y una vida mejor. Muchos viajaron sin garantías, con escasos recursos y dependiendo de la acogida de otros pueblos.

 

Recordar ese pasado no resuelve automáticamente los problemas del presente, pero debería impedirnos hablar de quienes llegan como si fueran seres completamente distintos a nosotros.

 

La necesidad cambia de dirección, pero conserva el mismo rostro.

 

Hoy recibimos a quienes hacen el viaje que alguna vez hicieron nuestros padres, abuelos o bisabuelos. Las circunstancias son diferentes, pero el impulso es parecido: escapar de una vida sin esperanza.

 

Eso no significa que Canarias tenga capacidad ilimitada. Ningún territorio la tiene. La acogida debe organizarse y distribuirse de manera justa. Los menores no acompañados deben ser protegidos y atendidos por un sistema compartido. Los municipios necesitan financiación. Los profesionales necesitan condiciones dignas. La ciudadanía necesita información y transparencia.

 

La improvisación alimenta el conflicto.

 

No basta con apelar a la bondad de los canarios. La solidaridad también necesita presupuestos, instalaciones y planificación. Cuando las administraciones fracasan, la presión termina recayendo sobre trabajadores públicos, organizaciones sociales y comunidades locales.

 

Y entonces comienza el enfrentamiento entre quienes también sufren: el vecino que espera una vivienda pública y el migrante que busca refugio; la familia que necesita ayuda y el recién llegado que carece de todo.

 

Ese enfrentamiento beneficia únicamente a quienes desean que los más vulnerables compitan entre ellos.

 

Los derechos sociales no deben repartirse enfrentando pobres contra pobres. La solución consiste en reforzar los servicios públicos para todos, no en retirar dignidad a unos para aliviar el malestar de otros.

 

La visita del papa León XIV debería dejarnos varias preguntas incómodas.

 

¿Qué ocurrirá cuando llegue la próxima embarcación?

 

¿Volveremos a mirar hacia otro lado?

 

¿Recordaremos las palabras pronunciadas en Arguineguín cuando aparezcan nuevos discursos de odio?

 

¿Exigiremos a Europa compromisos concretos o nos conformaremos con el reconocimiento simbólico?

 

¿Estamos dispuestos a que la solidaridad tenga algún coste o solo la defendemos cuando no modifica nuestra vida?

 

No hay respuestas sencillas.

 

La migración es uno de los mayores desafíos políticos, sociales y morales de nuestro tiempo. Quien ofrece soluciones rápidas probablemente no ha comprendido su complejidad o pretende aprovecharse del miedo.

 

Pero que el problema sea complejo no significa que debamos aceptar la indiferencia.

 

La visita del Papa debe dejar algo más que recuerdos y agradecimientos. Debe servir para exigir vías seguras, combatir las redes de trata, mejorar la atención a los menores, agilizar los procedimientos administrativos y repartir la responsabilidad de la acogida.

 

Debe servir también para revisar nuestro propio comportamiento.

 

No podemos denunciar el odio únicamente cuando procede de otros. Debemos identificarlo en nuestras conversaciones, en las redes sociales, en los rumores que compartimos y en la facilidad con la que generalizamos a partir de un caso concreto.

 

No podemos pedir humanidad a los gobernantes mientras nosotros negamos a los migrantes el derecho a ser considerados individuos.

 

Cada persona que llega tiene la misma dignidad cuando hay cámaras y cuando no las hay. La misma dignidad cuando cuenta una historia que nos conmueve y cuando guarda silencio. La misma dignidad cuando trabaja, cuando necesita ayuda y cuando comete un error.

 

La dignidad humana no se concede como premio al buen comportamiento. Es un derecho inherente a toda persona.

 

La visita terminó, pero su sentido todavía está por decidirse.

 

Podemos conservarla como una hermosa fotografía dentro de la historia de Gran Canaria. O podemos convertirla en el inicio de una exigencia colectiva para que ninguna vida desaparezca en el Atlántico ante nuestra indiferencia.

 

El mar seguirá llegando a nuestras costas cada mañana.

 

Seguirá siendo paisaje para unos y frontera para otros. Seguirá guardando nombres que quizá nunca conoceremos. Seguirá recordándonos que entre África y Canarias no existe únicamente una distancia geográfica, sino una desigualdad profunda.

 

El mar no necesita ceremonias.

 

Necesita vigilancia, rescate, cooperación y justicia.

 

Pero, sobre todo, necesita que dejemos de acostumbrarnos a sus muertos.

 

Vidal Bolaños

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