![[Img #37008]](https://infonortedigital.com/upload/images/02_2026/9821_7977_6081_guayarmina.jpg)
El Ayuntamiento de Gáldar ha vuelto a demostrar una de las grandes máximas de la política local: si no puedes satisfacer todas las demandas, al menos reparte reconocimientos. Un pin por aquí, una medalla por allá. La fórmula no es nueva, pero sigue funcionando.
El pasado Pleno aprobó la concesión de 33 Pintaderas de Oro que serán entregadas durante las Fiestas Mayores de Santiago de 2026. Nada menos que treinta y tres reconocimientos para hombres y mujeres destacados del municipio. Una cifra tan elevada que invita a preguntarse si estamos ante una ceremonia de homenaje o ante una estrategia para que nadie se quede fuera de la foto.
Desde el grupo de gobierno se insiste en que todas las distinciones son más que merecidas. Seguramente lo son. Nadie discute la trayectoria que han contribuido al desarrollo económico y social de Gáldar. El problema no reside en los homenajeados, sino en el uso político que suele hacerse de este tipo de reconocimientos.
Cuando las medallas se multiplican, el mérito corre el riesgo de diluirse. La excepción se convierte en costumbre y el reconocimiento extraordinario pasa a ser una herramienta de consenso social. Se homenajea a un sector, luego a otro, después a un colectivo y finalmente a todo aquel que pueda sentirse representado. El resultado es una especie de política de gratificación permanente donde todos reciben algo y, por tanto, pocos encuentran motivos para discrepar.
El mensaje institucional pone el acento en el esfuerzo, el sacrificio y la contribución de los homenajeados al progreso de la ciudad. Un discurso difícil de cuestionar, porque ¿quién va a oponerse al reconocimiento de trabajadores ejemplares?
Sin embargo, conviene recordar que gobernar no consiste únicamente en repartir honores. Las medallas no solucionan los problemas de acceso a la vivienda, ni las dificultades del comercio local, ni los retos que afronta el sector primario. Las distinciones emocionan durante una tarde; las políticas públicas transforman la realidad durante años.
La proliferación de homenajes puede acabar convirtiéndose en una cómoda herramienta de gestión política: reconocer a muchos para evitar el descontento de unos pocos. Es la vieja fórmula del "quedar bien" con todos. Una política basada en los símbolos, las fotografías y los aplausos, donde la gratitud pública sustituye a menudo al debate sobre los resultados.
Porque el verdadero prestigio de una distinción no depende de cuántas se entreguen, sino de la excepcionalidad que representa. Cuando cada año se amplía la lista de reconocimientos para abarcar a más sectores y sensibilidades, resulta inevitable preguntarse si el objetivo principal es premiar méritos extraordinarios o construir consensos. Y esa es una reflexión que el Ayuntamiento debería afrontar: las medallas tienen más valor cuando distinguen, no cuando simplemente incluyen.
Guayarmina Guanarteme
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.135