![[Img #32956]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2025/4918_juan-ramon-hernandez-valeron.jpeg)
No sé cuánto tiempo hace que vino a visitarnos, pero creo que no fue antes del año 2000. Con la llegada del nuevo milenio se coló de manera subrepticia en nuestras vidas y se quedó para siempre entre nosotros.
Hacía ya unos cuantos años que teníamos noticias de ello, pero apenas le pusimos importancia porque estábamos enfrascados en temas económicos, haciendo prácticas con la nueva moneda que iba a adoptar el país y que nos pondría, nos dijeron, a la altura de Europa. Desde entonces fuimos más europeos, es cierto, pero también más pobres. Perdimos poder adquisitivo, pero no fue lo único. Con el cambio de milenio perdimos la inocencia y nos vimos expuestos a los desafueros tecnológicos que nos iban invadiendo. Desde ese momento hasta hoy somos dependientes de cientos de aparatos que pululan a nuestro lado y nos hacen la vida, dicen, más sencilla; no sé si más feliz.
Hay al menos uno de estos monstruos instalados en cada familia española, pero me atrevería a decir, sin miedo a equivocarme, que las cifras han aumentado significativamente. No es extraño que haya familias en las que cada miembro tenga uno. Son los signos de los tiempos, vivimos en una nueva revolución tecnológica, somos más modernos, pero también más dependientes, infinitivamente más dependientes, hasta el punto de que desde hace años están apareciendo adicciones importantes asociadas a ellas.
Ese monstruo tecnológico del que les hablo es nuestro teléfono móvil, que no se despega de nosotros en ningún instante y al que le hemos dado la potestad de marcar el ritmo de nuestras vidas. Actúa tan sigilosamente que no vemos aparecer los síntomas. A veces no sabemos por qué estamos tan nerviosos, irritados y ansiosos; no entendemos nuestro, cada vez más frecuente, mal humor ni nuestro desproporcionado enfado con casi todo el mundo. Lo hemos acogido tanto y tan bien, que hemos abandonado a nuestros amigos, y cuando estamos en su presencia nos dirigimos casi exclusivamente a él, en una conversación interminable con nosotros mismos que nos aísla de los demás.
Estamos tan enganchados, lo necesitamos tanto que, cuando desconecta de nosotros con esa facilidad tecnológica que tiene para desaparecer en décimas de segundos, nos sentimos como Robinsones perdidos en una isla desierta. En esos momentos nos parece que estamos aislados, marginados, abandonados como si fuéramos trastos viejos e inservibles, y es entonces cuando creemos que no somos nadie.
Durante el confinamiento nos ayudó a luchar contra la inactividad, pero nos confinó todavía más porque nos íbamos a dormir con él, nadie más importaba. Y así fueron pasando los años hasta hoy. A lo largo de estos veintiséis años hemos tenido problemas para socializar con los demás, hemos bajado nuestro rendimiento en el trabajo, nos aburrimos en las actividades de ocio y tiempo libre. Una simple hora sin él se convierte en un sin vivir, porque sentimos la necesidad de estar conectado las 24 horas del día…, una obsesión. Y no crean que existe diferencia entre los jóvenes y los adultos respecto a su uso.
Hoy sufrimos, en mayor o menor grado uno o varios de sus síntomas. Por eso deberíamos reflexionar sobre el nivel de dependencia que cada uno tiene; plantearnos si lo necesitamos tanto como lo usamos, si tenemos que acudir a un terapeuta para conocer nuestro grado de dependencia.
Hace quince días se me cayó el móvil y, para darme la alegría del día, rompió conmigo sin darme más explicaciones. No es la primera vez que me pasa. A lo largo de estos veintiséis años he tenido un par de relaciones digitales que han roto sin mediar palabra.
El disgusto me duró cuatro días. Tengo que confesar que se me hicieron interminables. Es lo malo que tienen las relaciones de pareja que, cuando se acaban, te dejan tan mal cuerpo que tardas mucho en recuperarte. Lo que siento es que no me diera tiempo ni ocasión para despedirme de él como hubiera querido, expresarle mis estados de ánimos aunque fuesen con un simple emoticono. Por eso me siento más afectado, porque me abandonó como se abandonan los zapatos viejos.
Tan afectado me sentía que acudí a un experto en nomofobia. Lo primero que me dijo fue que debía reconocer el problema; luego empezar a hacer breves salidas sin su compañía; eliminar poco a poco cualquier recuerdo con él; analizar el nivel de dependencia; considerar si el amor que sentía estaba justificado… Lo que no entendí fue que yo reconsiderara la idea de comprarme uno nuevo, que ya vería cómo lo olvidaría, que confiara en su experiencia, pues llevaba muchos años tratando casos como el mío. Se le pasará, me dijo por último. Mi secretaria le hará la factura. Que tenga usted buen día.
Salí tan desconcertado que nada más abandonar su consulta ya echaba de menos a mi psiquiatra.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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