Sobre la IA y la capacidad de crear

Josefa Molina

[Img #10531]Venía escuchando el otro día en la radio cuando me dirigía a mi lugar de trabajo que, según los especialistas en el tema, la Inteligencia Artificial destruiría unos 120 millones de puestos de trabajo, pero también crearía otros 80 millones de empleo vinculados a áreas como el cuidado de las personas.

 

Está claro que la IA ha venido a quedarse, así que más que hablar de destrucción de empleo, deberíamos hablar de cómo la incorporación de la mal llamada Inteligencia Artificial -que no es inteligencia pero sí artificial- está transformando nuestras sociedades, nuestra forma de entender el mundo e incluso, nuestras relaciones más íntimas.

 

Cuando a nuestras vidas llegaron la fotografía, la televisión, la informática o internet, la sociedad se vio sacudida por colectivos e intelectuales que preconizaban el final de una era. Y sí, probablemente, la tecnificación cada vez mayor de nuestro día a día e incluso la toma de decisiones de lo más simples en pos de un uso exacerbado del ChatGtp, como qué comer o qué libro leer, marquen el fin de una era y el inicio de otra nueva en la que dejamos a los algoritmos que, les recuerdo, no son nada democráticos y están diseñados para responder a determinadas cuestiones de forma prediseñada y prefijada, tomen las decisiones por nosotros.

 

El economista Iñaki Aliente nos recuerda que las predicciones sobre el impacto real de la IA en la destrucción de empleo se debe de realizar desde la prudencia ya que "la capacidad real de anticipar hoy ese impacto neto sigue siendo extraordinariamente limitado" (1). El debate -nos indica Aliente- no es cuál es la influencia de la IA sobre el mercado laboral, sino que lo que realmente importa es su influencia en las condiciones laborales, las instituciones y las decisiones políticas. "Quizá el problema principal no sea cuántos puestos desaparecerán, sino cómo cambiarán las condiciones laborales, qué sectores absorberán mejor la transición y qué trabajadores quedarán más expuestos a procesos de polarización o exclusión". Ahí está la cuestión y para ello, tienen que tomarse las decisiones políticas adecuadas, especialmente para que la sociedad no se polarice todavía más a nivel político y económico dejando a amplios grupos sociales en el margen del proceso.

 

La IA ha venido para quedarse y como en tantas ocasiones pasadas, cuando la humanidad incorporaba los avances tecnológicos a su existencia, se han generado estos mismos debates, de los que la humanidad, capaz de adaptarse y sobrevivir, ha salido siempre triunfante. Por ahora, las nuevas tecnologías son productos de la inteligencia y la creación humana. El impulso de muchas de ellas han respondido a fines tan poco pacifistas como ha sido servir a los avances de la industria armamentística, como fue la creación del propio internet que poco a poco, y siempre por intereses de las empresas tecnológicas, no lo olvidemos, ha logrado ser un instrumento para la gran mayoría de la ciudadanía. Bueno, de toda aquella persona que tuviera acceso a un ordenador para navegar, claro. Que esto encierra otra cuestión: la brecha digital que se produce entre las distintas generaciones y entre grupos sociales, porque no todas y todos tenemos la capacidad económica de permitirnos comprar un ordenador o a un teléfono móvil. ¿O es que usted puede permitirse gastar 1500 o 2000 euros cada vez que sale al mercado un nuevo smartphone? Pues eso.

 

En el ámbito de la creación literaria el debate sobre la aparición de, por ejemplo, novelas escritas completamente por la IA, está generando bastante inquietud. ¿Puede la IA escribir un libro tan bien escrito y de tanta calidad literaria como un ser humano? Hum, personalmente tengo mis dudas. La IA es un instrumento que se nutre de lo que millones de personas han escrito ya antes. No crea, coge de aquí y de allá y lo aglutina en una estructura y en un orden determinado que puede tener forma de libro. Pero, ¿es realmente algo único? Está claro que no, porque copia, no crea. No es un producto de la imaginación.

 

Me pueden rebatir que también las personas que escriben se nutren de sus referentes, de otras personas que escribieron antes de ellas, de sus lecturas, de aquellos poemas, cuentos, novelas que les influyeron como personas lectoras. Y estarán en lo cierto. Pero el objetivo no es -o no debería ser- reproducir sin más, sino dar lugar a algo nuevo, algo que solo ellas y ellos son capaces de escribir, porque escribir no es copiar, es interpretar la realidad de una determinada manera que no puede ser de otra forma que única y personal.

 

En estos días varios medios de comunicación se hacían eco, con curiosidad y cierto grado de alarma, de la denuncia de dueños de librerías de segunda mano sobre la misteriosa compra de libros descatalogados, volúmenes sin ventas ni tirón comercial. (2) Parece que detrás de la adquisición de estos volúmenes se encontraba una empresa canadiense que está comprando libros en todo el planeta con el fin de copiarlos y destruirlos. ¿El objetivo? Según denuncian los libreros, alimentar los algoritmos. Vale que la destrucción de volúmenes que no revisten interés comercial y su transformación en pasta de papel para volver a ser utilizados en imprimir nuevos libros, forma parte del día a día de la industria editorial. Pero que esa compra sea para escanearlos y almacenarlos en sus sistemas de inteligencia, eso ya se trata de otra cosa.

 

Cuando leí la noticia enseguida me vino a la mente Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. La novela, publicada por el escritor estadounidense en 1953, nos presenta un mundo distópico en el que las cuadrillas de bomberos no tienen como trabajo sofocar incendios, sino quemar libros. Los libros son objetos prohibidos en una sociedad donde la premisa es permanecer durante horas a la población delante de la televisión, entendida esta como un medio de control de masas y del ejercicio del dogmatismo ideológico y control político. Para ello aplican el fuego a temperatura fahrenheit 451, que es la temperatura con la que el papel comienza a arder.

 

El protagonista, un bombero llamado Guy Montag, es un profesional obediente que no cuestiona la obligación de quemar libros hasta que conoce a una joven, considerada como un ser extraño y diferente en su comunidad al contar con la capacidad de conversar y dialogar en vez de estar todo el día delante de las pantallas. El cuestionamiento y la crisis existencial que se genera en Montag hace que termine abandonando su trabajo como bombero y que se una al movimiento de resistencia cultural y política. ¿Imaginan cuál es? Convertirse en libros andantes, en personas que aprenden de memoria cada línea de una novela o cada verso de un poema para que no puedan ser destruidos por el fuego ni olvidados por la humanidad. Quemarán el papel pero no la memoria.

 

La premisa dictatorial de quemar libros ya lo hemos presenciado a lo largo de la historia en diversas ocasiones. Ahí tenemos el caso emblemático de la quema de libros organizadas por los universitarios pronazis en mayo de 1933 en respuesta a la Oficina Central de Prensa y Propaganda de Joseph Goebbels y su "Campaña nacional contra el espíritu no alemán". Fueron destruidos millones de libros por el fuego. Por supuesto, muchos de ellos obras de destacados intelectuales y autores considerados como 'no alemanes'. Un monumento que recuerda esta locura la pueden contemplar en la Bebelplatz de Berlín. Por cierto, hay que recordar aquella sentencia premonitoria atribuida al poeta Heinrich Heine: 'Donde se queman libros, se termina quemando personas'.

 

Ejemplos como estos los tenemos a montones a lo largo de la historia de la humanidad. La anulación de la libertad de expresión y de prensa es lo primero que ejecutan, con toda la violencia necesaria, los poderes políticos de ideología no democrática. Pero tampoco hace falta irse tan lejos en el tiempo: basta con encender la televisión para encontrarnos, día sí y día también, la descalificación continua, el insulto e improperio cuando no directamente la censura más absoluta que ejercen tanto Trump en Estados Unidos, como Netanyahu en Israel, Putin en Rusia o Kim Jong-un en Corea del Norte.

 

En el escenario de la IA, espero sinceramente que los libros no sean objetivo de las hogueras, aunque en cierta manera, las nuevas tecnologías y las pantallas están haciendo de hogueras frías que hacen muy complicado que las generaciones más jóvenes se acerquen a la lectura de estos instrumentos de papel.

 

Hace unos días un sindicato de docentes alertaba del impacto que el uso de la IA está causando entre el alumnado. Afirmaban que las generaciones más jóvenes están perdiendo su capacidad para reflexionar, analizar y debatir con argumentos. Es lo que pasa cuando no se lee, cuando dejamos que otros -como la IA- lo haga por nosotros. Y es cierto que esto está pasando. Y exige desde luego un posicionamiento claro por parte de las instituciones públicas. Hay que humanizar el instrumento, no instrumentalizar a la humanidad.

 

Insisto, la IA viene para quedarse y por eso, hay que regular su espacio y sus usos. Como lectora exijo que cuando un libro es producto de la ingeniería artificial sea especificado como tal, del mismo modo que las ilustraciones de portada o de interiores de los volúmenes que son creadas por la IA. Nos debemos un respeto como personas que leemos y en última estancia, si queremos decirlo de esa manera, como consumidoras de libros. Tengo el derecho a elegir si lo que quiero leer es una historia prefabricada por la IA o creada por la imaginación de una persona. Mucho me temo, pero la diferencia sería palpable. En la obra de la IA faltaría, digamos 'alma', ese aliento que solo pueden otorgar las personas que ejercen el oficio de la escritura, la intertextualidad, la emoción... no sé, creo que la IA todavía no es capaz de hacer eso. Aunque, quién sabe, tiempo al tiempo...

 

El filósofo Daniel Innerarity aborda todos estos temas en el clarificador ensayo Una teoría crítica de la inteligencia artificial, un trabajo que le supuso obtener el III Premio de Ensayo Eugenio Trías 2025. En su trabajo, Innerarity nos recuerda que "lo específico de la creatividad humana se revela en cuanto las máquinas son capaces de hacer algo que se le parece pero que no lo es". Es decir, que las máquinas imitan y pueden imitar con mucho virtuosismo, pero carecen de la capacidad para, a partir de la imitación, generar algo nuevo, algo rompedor, subversivo, algo que nos enfrente y que nos obligue a dialogar, a cuestionarnos. Ese algo es el arte, en todas sus manifestaciones. Tal vez, como afirma el filósofo de Bilbao, "la cuestión no es si los ordenadores harán mejor arte que nosotros sino pensar qué podemos hacer únicamente nosotros cuando los ordenadores han alcanzado tal nivel de sofisticación".

 

La Inteligencia Artificial, como antes la llegada de la fotografía o de la televisión, nos obliga a crecer como humanidad, a dar pasos hacia adelante. Y esto pasa, no a rechazar la herramienta, sino por incorporarla en un diálogo con la capacidad creadora del ser humano, con esa 'alma' que solo la humanidad posee. Al menos, por ahora.

 

Josefa Molina

 

(1) La inteligencia artificial y el error de querer predecir el empleo del futuro. 

(2) La misteriosa empresa que compra libros viejos para entrenar a la IA y los destruye: “Es un expolio literario” 

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