Microrrelatos. Madres

El esfuerzo silencioso y la entrega incondicional de las madres trascienden el deporte, convirtiendo cada logro en una victoria compartida.

Olga Valiente Miércoles, 10 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

Existe un tipo de cansancio que se nota más allá de las ojeras. Pasa desapercibido tras los termos de café preparados a las seis de la mañana, en las mochilas revisadas veinte veces, en los tutoriales de cómo hacer el moño perfecto o los bocadillos fríos a medio comer de camino al pabellón.

 

Porque las madres de niños deportistas viven inmersas en un constante estado de tensión emocional. Y nunca se habla lo suficiente de ellas.

 

Nadie habla de cómo aprenden las normas de los deportes de sus hijos para poder opinar y saber qué es un fuera de juego, cómo se puntúa un combate, cuándo una gimnasta ejecuta mal un ejercicio y qué juez o árbitro está ciego para descalificar al niño.

 

Porque sí, porque para ellas las competiciones son sagradas y sufrir con sus hijos también. No hay más que verlas: sentadas al borde de la grada incómoda, rezando con las manos frente al rostro y con el corazón encogido, mordiéndose las uñas, con temblores en las piernas y mirando de reojo al resto de las madres. Y todo eso tratando de fingir tranquilidad para no transmitir sus propios nervios, sobre todo cuando pierden.

 

—Bueno, lo importante es participar.

 

Mentira. Eso es lo que le dice, pero por dentro está pensando en lo duro que es perder y tener que ver su cara.

 

Porque da igual la edad que tenga, o la importancia de la competición: cuando un hijo baja la mirada intentando contener las lágrimas, las madres sienten una impotencia horrible. Y es entonces cuando hacen lo que mejor se les da: seguir mintiendo un poquito más para aliviarles el corazón.

 

—Lo hiciste súper bien. Estamos súper orgullosos de ti. La próxima vez ganas seguro.

 

Aunque en el fondo ellas mismas vuelvan a casa conteniendo el llanto y repasando mentalmente ese último movimiento como si lo hubieran hecho ellas, como si la competición les perteneciera.

 

Porque les pertenece. Claro que sí. Porque ellas siempre han estado ahí, en cada entrenamiento, cualquier día y a cualquier hora, evitando que abandonara cuando ya no podía más, cuando no salían los ejercicios, cuando los demás parecían mejores, cuando tocaba lavar los uniformes o los maillots a las tantas de la noche para volver a intentarlo al día siguiente.

 

Porque aprenden a desarrollar habilidades sobrenaturales, superpoderes para detectar posibles lesiones y evitarlas y resistencia al cansancio. Porque son capaces de pasar horas sentadas en un pabellón que conocen como si fuera su casa, porque se mantienen a base de café con tal de estar ahí, porque se levantan a horas intempestivas para estar preparadas a tiempo para los torneos, porque se olvidan de las vacaciones, del descanso y de los días libres por una pasión que ni siquiera es suya.

 

O sí.

 

Porque al final deja de ser solo un deporte del hijo, para convertirse en el sueño de toda la familia.

 

Y entonces ocurre: pronuncian su nombre, el nombre del equipo, la puntuación. Y ellas saltan, gritan, lloran, explotan de alegría. Y se abrazan, aunque apenas se conozcan porque saben todo lo que hay detrás de ese momento, el dinero, el tiempo, los madrugones, las derrotas anteriores, las dudas…

 

Porque no solo celebran la victoria, sino todo lo que han pasado para llegar hasta ahí.

 

Y entonces miran a su hijo feliz, buscándola entre la grada y durante unos segundos desaparece el cansancio, las discusiones y los kilómetros. Porque basta esa mirada para transmitir lo que ambos están pensando:

 

“Lo conseguimos”.

 

Olga Valiente

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