
Llegan las notas… y en cada familia se vivirán de manera diferente. Unas con alivio, otras con agobio o con preocupación, otras con decepción…
Pero hay algo que ocurre casi en todas por igual. La necesidad del adulto de dar el veredicto final y hacer algo dependiendo del resultado.
“Es que si aprueba todo y se ha esforzado… creo que se merece mínimo un regalito ¿no?”.
“No voy a hacer como si no me importaran sus buenas notas”
“Si no se esforzó durante el curso no le voy encima a premiar con las vacaciones ¿no?”
“Ella sabía que si no aprobaba este verano nada de salidas con amigas ni tablet”
En algunas ocasiones es probable incluso que nos lo hayamos cuestionado: ¿Será bueno premiar las buenas notas? ¿Y si no lo castigo por las malas notas entenderá que no importan?
Aunque finalmente lo justificamos excusándonos en una razón educativa. Pero no.
La realidad tiene mas que ver con la necesidad del adulto de ser juez y parte. De una autoridad mal entendida. De los patrones heredados que repetimos sin pensar.
Desde siempre hemos entendido que nuestra función como padres es aprobar o desaprobar comportamientos. Por eso premiamos, por eso castigamos.
Pensamos…
“Si le pongo un premio al final del camino, se esforzará para conseguirlo.”
“Si le impongo un castigo por su falta de esfuerzo, entenderá que hay que esforzarse para conseguir las cosas.”
Tiene lógica.
Pero la realidad es distinta.
Cuando utilizamos las notas como moneda de cambio, el aprendizaje deja de tener valor por sí mismo.
Estamos desconectando a los niños del objetivo principal del aprendizaje, y fomentando una relación tóxica con los estudios.
Ya no estudia porque entender algo puede ser satisfactorio, útil o interesante. Estudia para obtener algo o para evitar una consecuencia.
Estamos confundiendo objetivos.
Premiar o castigar no enseña responsabilidad.
Enseña solo a moverse por algo a cambio, a esperar la validación externa, a desconectarse de sí mismo, a cumplir con las expectativas de los demás...pero no enseña responsabilidad.
La motivación empieza a depender del exterior. “¿qué obtengo?” “¿qué pierdo?”
Vale, y entonces… ¿Qué hacemos cuando hay malas notas?
Lo primero: dejar de ver el castigo como solución automática. Un suspenso no mejora por sufrir más.
Lo que ayuda es entender qué pasó: ¿Faltan hábitos? ¿Organización? ¿Acompañamiento? ¿Motivación? ¿Herramientas? ¿Hay saturación? ¿Desconexión? ¿Dificultades reales?
Vamos a centrarnos en las soluciones.
Entonces... ¿Dejo que disfrute el verano como si nada?
A ver, sufrir no garantiza aprender.
No sé por qué tenemos la necesidad de que haya una consecuencia emocional. Que lo pase mal, que aprenda a través del sufrimiento.
¿Qué aportan frases tipo…?
“Después de las notas que sacaste no estás para playa.”
“Bastante premio tienes ya.”
“Si suspendiste, ahora te aguantas.”
“Ya tendrás tiempo de disfrutar cuando apruebes.”
Porque si el problema es no saber gestionar el estudio, quitarle la piscina todo el verano no enseña a estudiar.
¿Qué nos pasa a los adultos? Que nos cuesta horrores ver disfrutar a un niño en verano si ha suspendido durante el curso. Nos chirría por dentro. Verlo reír en la piscina, jugar con sus amigos o estar relajado nos parece una injusticia. “¿Cómo va a estar pasándoselo bien con las notas que ha traído?”
El castigo no genera responsabilidad; genera resentimiento, baja autoestima y distancia.
Un niño que pasa el verano castigado no se vuelve más inteligente ni más motivado; se vuelve un niño enfadado que asocia los libros con una experiencia negativa.
Castigar no educa. Solo sanciona.
El niño que suspende no necesita que lo hagamos sentir miserable; necesita que entendamos qué ha pasado y qué herramientas le faltan para solucionarlo.
Porque suspender no es un delito que haya que castigar. Es un síntoma. Es la señal de que algo ha fallado: una falta de madurez, un bloqueo emocional, dificultades de aprendizaje no detectadas, falta de herramientas de organización o, simplemente, un año difícil.
¿Significa esto que no pasa nada si suspende?
En absoluto. Significa que debemos ser prácticos, no vengativos.
Las notas se quedan en un papel que caduca en unos meses. Pero la forma en que gestionamos sus errores, las habilidades que entrenamos en ellos para afrontar las dificultades y la confianza que construimos con ellos, dura toda la vida.
Haridian Suárez
Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.6