La memoria también necesita justicia

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Hay sucesos que no pertenecen solo a la crónica negra. Pertenecen, con todo su peso, a la memoria colectiva de un pueblo.

 

El secuestro de Eufemiano Fuentes, ocurrido hace cincuenta años en Santa Brígida, sigue siendo uno de esos episodios que estremecen a Gran Canaria cada vez que se recuerdan. No fue solo un crimen. Fue una sacudida social en una isla que vivía tiempos de transición, incertidumbre y cambios profundos. Un hecho que rompió la aparente normalidad de la vida cotidiana y dejó una huella difícil de borrar en quienes lo vivieron, lo escucharon contar o crecieron oyendo su nombre asociado al miedo, al desconcierto y a la fragilidad de una época.

 

Hay acontecimientos que, aunque el calendario los aleje, permanecen cerca. No porque sigan ocupando titulares cada día, sino porque quedaron incrustados en la conversación íntima de las familias, en la memoria de los pueblos y en esa historia no siempre escrita que pasa de una generación a otra. En Gran Canaria, como en tantos lugares, la memoria también se conserva en las voces. En quienes recuerdan dónde estaban, qué escucharon, qué se dijo en la calle, qué silencios se impusieron y qué temor recorrió la isla.

 

Recordar no significa recrearse en el dolor. Recordar significa entender de dónde venimos. Una sociedad sin memoria está condenada a vivir el presente como si todo empezara hoy. Y no es así. Nada empieza del todo en el presente. Cada barrio, cada municipio, cada familia y cada generación arrastra historias que explican parte de lo que somos. Algunas son luminosas; otras, dolorosas. Pero todas forman parte de nuestra identidad colectiva.

 

La memoria histórica no se limita a los grandes acontecimientos políticos, a los nombres solemnes o a las fechas que aparecen en los manuales. También está en los sucesos que marcaron conversaciones familiares, silencios, miedos y titulares. Está en aquello que la gente mayor todavía cuenta con una mezcla de tristeza y asombro. Está en los nombres que quedan fijados para siempre en la historia de una isla, no por voluntad propia, sino porque la violencia, la tragedia o la injusticia los situaron allí.

 

Por eso, recordar el secuestro de Eufemiano Fuentes no debe ser un ejercicio frío de aniversario. Debe ser una invitación a mirar con seriedad nuestra historia reciente. A preguntarnos qué ocurrió, cómo se vivió, qué heridas dejó y qué nos dice todavía hoy sobre la sociedad de entonces y sobre la sociedad que somos ahora. Porque los sucesos traumáticos no terminan cuando concluye el expediente judicial o cuando desaparecen de las portadas. Continúan en la memoria de quienes los padecieron, en la de sus allegados y en la conciencia de una comunidad que no debería permitirse olvidar.

 

Gran Canaria tiene una memoria rica, compleja y a veces dolorosa. Debe cuidarla con respeto. No basta con dejar que los aniversarios pasen como simples efemérides, reducidos a una fecha redonda o a una mención apresurada. Hay que convertirlos en oportunidad para preguntar, investigar, documentar y transmitir. Una sociedad madura no es la que oculta sus sombras, sino la que aprende a mirarlas de frente sin convertirlas en espectáculo.

 

Los medios de comunicación tienen aquí una responsabilidad esencial. La buena crónica no solo informa: preserva. Un periodismo serio puede rescatar los hechos sin caer en el morbo, explicar el contexto sin deformarlo y devolver dignidad a quienes fueron víctimas de una época convulsa. Contar bien también es una forma de reparar. No sustituye a la justicia, pero evita que el olvido imponga su última sentencia.

 

Esa responsabilidad exige sensibilidad. No todo recuerdo merece ser tratado como consumo rápido. No toda tragedia debe ser convertida en relato sensacionalista. Hay una diferencia profunda entre informar y explotar el dolor. Entre iluminar el pasado y utilizarlo como reclamo. La memoria necesita palabras justas, datos rigurosos y una mirada humana. Necesita periodistas, investigadores y cronistas capaces de comprender que detrás de cada caso hay vidas, familias, pueblos y heridas.

 

También las instituciones culturales deberían mirar más hacia nuestra propia historia reciente. Canarias no necesita importar relatos para resultar interesante. Tiene los suyos. Y muchos aún están esperando ser contados con profundidad. Archivos, hemerotecas, testimonios orales, documentales, exposiciones, publicaciones y encuentros ciudadanos pueden ayudar a construir una memoria más completa de lo que fuimos. No solo desde la política o la economía, sino también desde la vida cotidiana, desde los sucesos que marcaron a la gente común y desde los episodios que explican la sensibilidad de una comunidad.

 

La historia de un pueblo no está hecha únicamente de grandes gestas. También está hecha de pérdidas, sobresaltos, temores compartidos y preguntas que el tiempo no siempre consigue cerrar. Por eso la memoria debe ser cuidada como un patrimonio. Un patrimonio moral. No se trata de abrir heridas por abrirlas, sino de evitar que cicatricen sobre la mentira, la indiferencia o el silencio.

 

La memoria también necesita justicia. No siempre una justicia de tribunales, porque el tiempo pasa, los expedientes se cierran y muchas respuestas llegan tarde o no llegan nunca. A veces necesita una justicia más humilde, pero igual de importante: la de no olvidar. La de pronunciar los nombres. La de situar los hechos en su contexto. La de reconocer que hubo dolor. La de transmitir a quienes no vivieron aquella época que la historia local también importa, que lo ocurrido en una isla, en un municipio o en una familia forma parte de una memoria colectiva que merece respeto.

 

Cinco décadas después, recordar el secuestro de Eufemiano Fuentes es recordar también una Gran Canaria que ha cambiado mucho, pero que no debe perder la conciencia de su pasado. Las sociedades avanzan, se modernizan y transforman sus paisajes, sus costumbres y sus prioridades. Pero cuando olvidan demasiado deprisa, corren el riesgo de volverse superficiales ante su propia historia.

 

Porque olvidar del todo sería permitir que el miedo, el dolor y la verdad quedaran enterrados dos veces.

 

Y ningún pueblo debería enterrar dos veces aquello que todavía puede enseñarle a ser más justo, más consciente y más humano.

 

Vidal Bolaños Betancort

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