La urgencia de hoy es consecuencia de la falta de planificación de ayer
Hay actitudes en la vida pública que resultan difíciles de comprender. Especialmente cuando quienes hoy exigen con urgencia determinadas actuaciones son exactamente los mismos que durante años tuvieron la responsabilidad, la capacidad y la oportunidad de planificarlas para que hoy estuvieran ejecutándose.
Resulta legítimo reclamar mejoras, como también lo es exigir soluciones a los problemas que afectan a los ciudadanos. Lo que resulta mucho más difícil de explicar es que quienes tuvieron en sus manos la posibilidad de programar, proyectar y financiar esas actuaciones durante su etapa de gobierno, y no lo hicieron, pretendan ahora erigirse en los principales defensores de una urgencia que ellos mismos contribuyeron a generar con su falta de planificación.
La urgencia de hoy es consecuencia de la falta de planificación de ayer. Esta es una realidad que difícilmente puede discutirse cuando se analizan los hechos con objetividad. Porque las obras, las inversiones y las actuaciones públicas importantes no nacen de la improvisación ni de una ocurrencia de última hora. Son el resultado de decisiones tomadas con años de antelación, de proyectos redactados a tiempo, de financiación prevista y de una estrategia clara para dar respuesta a las necesidades de la ciudadanía.
Cuando alguien ha ocupado responsabilidades de gobierno sabe perfectamente cómo funciona la administración, cuáles son los plazos y qué trámites son necesarios para que una actuación pueda ejecutarse. Por eso resulta especialmente llamativo que quienes conocen esa realidad mejor que nadie intenten trasladar la impresión de que los problemas aparecieron de repente o de que las soluciones pueden materializarse de un día para otro.
La experiencia en la gestión pública debería servir para aportar rigor, memoria y responsabilidad al debate político. Sin embargo, en ocasiones ocurre justamente lo contrario: se reclama con urgencia aquello que no se impulsó cuando se disponía de la capacidad para hacerlo. Y esa contradicción no pasa desapercibida para una ciudadanía cada vez más informada y más exigente.
La política populista tiene cada vez menos espacio en una sociedad que demanda respuestas reales. Los ciudadanos conocen perfectamente las necesidades de sus barrios y de sus pueblos. No necesitan anuncios, promesas recurrentes ni reivindicaciones oportunistas. Lo que esperan son planteamientos serios, proyectos viables, planificación responsable y compromisos que puedan cumplirse.
Los anuncios sin planificación, las promesas sin respaldo técnico o económico y las exigencias que ignoran la propia responsabilidad del pasado terminan erosionando la credibilidad de quien las formula. Porque la confianza de la ciudadanía no se gana con declaraciones, sino con hechos.
La coherencia es un valor fundamental en la vida pública. Quien tuvo la responsabilidad de gobernar debe asumir también la responsabilidad de las decisiones que tomó y de aquellas que decidió no tomar. No es razonable exigir hoy con carácter de urgencia aquello que pudo haberse programado, financiado y encaminado años atrás.
La ciudadanía merece un debate público más honesto y más útil. Un debate centrado en las soluciones y no en la búsqueda permanente de titulares. Merece representantes que asuman responsabilidades, que expliquen la realidad con transparencia y que trabajen desde la seriedad y el rigor.
Porque la credibilidad no se construye señalando problemas que ya existían cuando se gobernaba. La credibilidad se construye anticipándose a ellos, planificando las soluciones y actuando cuando corresponde. Y cuando eso no se hace, conviene recordar una verdad sencilla pero incontestable: la urgencia de hoy suele ser, en gran medida, consecuencia de la falta de planificación de ayer.
Juan Jiménez Suárez
Concejal de Vías, Obras e Infraestructuras
Ayuntamiento de Santa María de Guía































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