![[Img #32956]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2025/4918_juan-ramon-hernandez-valeron.jpeg)
Después de cincuenta años nos vimos allí y el encuentro se convirtió en un manantial de sonrisas, un río de nostalgia, un ambiente festivo y entrañable, una conversación interminable…una tarde inolvidable.
Muchos nos reconocimos al instante y celebramos el encuentro con un apretón de manos y un prolongado abrazo con el que queríamos expresarlo todo mientras centenares de recuerdos y de imágenes aparecían y desaparecían a la velocidad de la luz y un nudo se formaba en la garganta.
Al tiempo que nos dábamos la mano y nos abrazábamos, luchábamos con los recuerdos tratando de que aflorara el nombre de nuestro interlocutor, pero a veces no había manera, porque el tiempo pasado ponía barreras y levantaba murallas de olvidos. Entonces, sin mediar palabra alguna, el apretón de manos, el abrazo prolongado o los besos dados decían todo lo que no lograba salir de nuestras bocas en esos momentos.
No es sencillo mantener el tipo después de haber pasado cincuenta años, pues cada uno veía en el otro la huella implacable del paso del tiempo. A algunos nos costaba reconocernos, pero no nos importaba demasiado.
Estábamos allí celebrándolo con una sonrisa permanente, aparentando que fue ayer mismo cuando nos vimos por última vez, que, parodiando la canción, cincuenta años no son nada, que febril la mirada errante en las sombras te busca…
Pero no teníamos miedo del encuentro con el pasado que vuelve, porque éramos conscientes de que acudir allí era ir con “la frente marchita, las nieves del tiempo que platearon nuestra sien”. Y sentimos ese día más que nunca que es un soplo la vida, que si bien veinte años no son nada, cincuenta ya son unos cuantos y nos marcan un poquito.
Pero no íbamos a tener miedo del pasado, porque somos los viajeros que durante cincuenta años han transitado por la vida sin huir de nosotros mismos, enfrentándonos con valor a los avatares que se nos han presentado a lo largo de todos estos años, con más o menos aciertos, pero siempre combativos, sin tenerles miedo a las noches por muy pobladas de recuerdos que estén, conscientes de que el olvido, que todo destruye, sin embargo, no ha matado nuestra vieja ilusión, porque hasta el fin de nuestros días queremos dejar constancia de que hay que celebrar la vida, que fue lo que hicimos todos en este evento maravilloso cargado de recuerdos y nostalgias por un mundo que dejamos atrás y al que le dedicamos los mejores años de nuestras vidas.
Todo esto no hubiera podido hacerse sin el entusiasmo y el buen hacer de una serie de personas que lo hicieron posible y que yo quisiera personalizar en Luis Troya y Gloria Álamo.
Pero este escrito tiene también otra finalidad: el de reparar un “entuerto”, un olvido lamentable, un fallo garrafal e inaceptable por parte del que esto escribe, pues en el anterior artículo no mencioné a una serie de profesores que impartieron su docencia con entusiasmo, sabiduría y profesionalidad. Fueron unos cuantos, pero mi memoria, que es tan selectiva, quiere dejar constancia de tres de ellos que dignificaron la Escuela de Formación del Profesorado a lo largo de aquellos tres intensos años. Soy consciente de que cometeré alguna injusticia, pues con toda probabilidad no mencionaré a algunos profesores y profesoras que significaron mucho para otros alumnos y para la Escuela. Quiero pedir disculpas de antemano, pero para mí tres destacaron: Alberto Anaya, Ramón Díaz y Manuel Lobo.
Alberto Anaya: Algunos de nosotros ya lo conocíamos desde hacía años, pues nos había impartido clase cuando cursábamos Bachillerato en el instituto de Agüimes. Luego lo volvimos a tropezar en la Escuela de Formación del Profesorado. Lo recuerdo con sus gafas, su eterno bigote, un cigarrillo en sus labios y una sonrisa burlona que asomaba de cuando en cuando. Tenía un caminar algo indolente, o eso me parecía a mí. Una estupenda persona, un gran profesional muy comprometido.
Alberto Anaya, que nos dejó para siempre en 2025, vivirá en mis recuerdos, porque las buenas personas, los buenos profesionales, las personas comprometidas no mueren nunca. Todo mi cariño y mi respeto. Que descanse en paz.
Ramón Díaz: Fue una agradable sorpresa verlo en el encuentro del 50 aniversario. Y fue también, nada más tropezarme con su mirada, sentirme abochornado por no hacer ni la más mínima alusión en mi artículo a los profesores. Pero mi apuro mayor fue cuando lo vi acercarse con una sonrisa amplia, hasta el punto de que dudé si era yo el objeto de su mirada. Entre tímido y avergonzado fui a su encuentro y nos fundimos en un prolongado abrazo. Me sentí abrumado por su cálida y sincera acogida.
Ramón Díaz fue mi referente no solo como profesor, sino como persona. Siempre he creído que se me pegó algo de él, no su sabiduría, que eso es imposible, pero tal vez su seriedad, su manera de impartir las clases e, incluso, una cierta timidez.
Guardo en mis recuerdos una foto fija de Ramón Díaz: el recuerdo nítido de verlo entrar a clase, con sus gafas, la cabeza gacha mientras caminaba por el pasillo, serio, tímido… Su sapiencia, su profesionalidad, su didactismo se imponía a la clase. Cierto día, una frase de él dirigida a un alumno por un motivo que ahora no recuerdo, se me ha quedado grabada en mi mente: “Le recuerdo que yo tendré miopía física, pero no intelectual”. El silencio que se produjo en la clase fue espectacular. No le hizo falta más.
Manuel Lobo Cabrera: Llegó a la Escuela de Formación del Profesorado siendo muy joven. Le bastó muy poco tiempo para ser el más popular y el más cercano de todo el profesorado. Rompió moldes en una época en la que estaban muy marcadas las relaciones entre el alumnado y el profesorado. Muchos alumnos y alumnas se convirtieron en amigos asiduos y en compañeros de salidas y de asaderos. Nos impartió clases de Historia del Arte.
Tenía, y aún conserva, una memoria prodigiosa, un verbo fácil y un sentido del humor a flor de piel que empleaba con la celeridad del rayo frente a cualquier situación. La cercanía con el alumnado no le impedía ser uno de los profesores más exigentes de la Escuela, un “hueso”. Sus clases eran muy amenas, aunque nos abrumaba con sus explicaciones y sus comentarios. Era muy extrovertido y simpático.
Muchos años más tarde se convirtió en el amigo inseparable de uno de sus alumnos, que a su vez era muy amigo nuestro, Vicente Rodríguez Romero, el más chistoso de todos, el que hubiera llegado a ser un humorista profesional de habérselo propuesto y el que lleva más de cincuenta años haciéndonos reír y regalándonos su amistad en cada uno de los encuentros que aún seguimos teniendo.
¿Cómo no íbamos a amar la Escuela, a impartir nuestras clases habiendo tenido este plantel de profesores, estas leyendas vivas que perdurarán para siempre en nuestros recuerdos?
El encuentro del Cincuenta Aniversario de la Promoción del 76 que celebramos en el Club Náutico el día 22 de mayo, fue un acto memorable, entrañable, plagado de recuerdos. Y a pesar de que no “nos dieron las diez, ni las once, ni las doce, ni la una, ni las dos, ni las tres, ni al amanecer nos encontró la luna” como dice la canción de Joaquín Sabina, porque la edad va haciendo sus estragos después de cincuenta años, sí estuvimos el tiempo suficiente para no olvidarlo nunca.
Y nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos para que de nuevo podamos celebrarnos. Y nos dibujamos un corazón. Y nos fuimos dispersando entre la gente.
Juan Ramón Hernández Valerón.
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