
En 1926, la verdadera inauguración del Convento y Colegio de las Dominicas, al que aún restaban los últimos retoques para darlo por plenamente concluido fue en una espléndida mañana de fines de junio con la celebración de la bendición de los campos por el Corpus Christi.
En la madrugada, tal como lo describiera Francisco González Díaz, el naciente era oro; un oro desvaído de viejo retablo, que se incendiaba y se tornaba púrpura orlada de fulgores, cuando el sol aún no se había hecho visible, pero que con su primera sonrisa alegraba los campos que iban a recibir la visita y bendición al mismo tiempo del Altísimo ¡Dios y el Sol! ¡Los grandes trasnochadores, los grandes madrugadores! ¡La eterna presencia!
Así narraba el poeta aquel acto con el que el pueblo de Teror se acercaba al majestuoso edificio y lo hacía suyo, lo integraba en el día a día de la Villa: llevando la Fiesta de las Espigas desde la Basílica del Pino hasta los incipientes campos y jardines del convento.
Aquel día, desde la madrugada, todo el recorrido se llenó con flores, guirnaldas y altares “en la vía triunfal de Nuestro Señor, del tránsito del Augusto Misterio”
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Cantos litúrgicos junto a diversiones casi de romería acompañaron la procesión que custodiada por cirios se inició en plena noche, despuntando el día.
Los hombres y mujeres de Teror, llegados de los barrios y de otros pueblos, lo esperaban arrodillados en distintos lugares para luego incorporarse al recorrido tras el palio. La vida se desperezó aquel día en Teror con las mujeres cubiertas con mantillas y los hombres, cachorro en mano en señal de respeto al Santísimo y enarbolando estandartes, banderas y pendones.
Los cirios se iban consumiendo a la vez que tracas y fuegos atronaban por las montañas y veredas por la carretera de Arucas -terminada unos meses antes- hacia las Dominicas.
La Banda de Teror tocaba la Marcha Real en cada descanso y bendiciones del campo, el ganado y las cosechas; además de otras marchas eucarísticas y procesionales.
Al llegar la procesión al convento, todo el pueblo acompañante se dispersó por distintas veredas hasta llegar a la zona trasera del edificio, donde alfombras de flores cubrían todo el campo: Las monjas se asomaban al claustro alto. La procesión subió a la Montañeta y el cura con la Custodia, la inclinó hacia los cuatro puntos cardinales.
Después se inició la misa con la que Teror estrenó hace cien años el convento de las Dominicas.
José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror
































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