La visita del Papa y la pregunta que Gran Canaria no puede esquivar

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Gran Canaria se prepara para vivir un acontecimiento histórico con la visita del papa León XIV. Para miles de personas será un día de fe, emoción y encuentro. Para otras, una cita institucional de enorme trascendencia, capaz de situar a la isla en el foco mediático y político durante unas horas. Habrá quienes lo vivan desde la devoción, quienes lo observen desde la distancia y quienes lo afronten simplemente como una alteración inevitable de la rutina diaria.

 

Pero más allá de las creencias de cada uno, la visita deja sobre la mesa una pregunta que va mucho más allá de lo religioso: ¿está Gran Canaria preparada para gestionar grandes acontecimientos sin paralizar su vida cotidiana?

 

La cuestión no es menor. La suspensión de clases, los cortes de tráfico, el despliegue de seguridad, las recomendaciones de teletrabajo, las restricciones de movilidad y las dudas logísticas han convertido la visita papal en una especie de prueba de esfuerzo para la isla. Y esa prueba nos muestra algo que, en realidad, ya sabíamos: la movilidad sigue siendo una de nuestras grandes debilidades estructurales.

 

No hace falta esperar a un evento extraordinario para comprobarlo. Cada mañana, miles de ciudadanos sufren atascos, retrasos, falta de alternativas reales al vehículo privado y una red de transporte público que, aunque ha avanzado, todavía no responde con la eficacia necesaria a las necesidades de una isla moderna, poblada, turística y económicamente activa. La visita del Papa no crea el problema; simplemente lo ilumina con más intensidad.

 

No se trata de restar importancia al evento. La presencia de un Papa en Canarias tiene un evidente valor simbólico, especialmente si se vincula a la migración y al papel del Archipiélago como frontera sur de Europa. Arguineguín, tantas veces asociado al dolor de quienes llegan por mar, puede convertirse por unas horas en un lugar de memoria, dignidad y esperanza. Allí donde muchos han visto imágenes de emergencia, hacinamiento y sufrimiento, puede proyectarse también un mensaje de humanidad, acogida y conciencia.

 

Ese gesto tiene valor. Lo tiene para quienes profesan la fe católica y también para quienes, sin compartirla, entienden que la migración no puede tratarse únicamente como una cuestión de control, cifras o fronteras. Canarias conoce demasiado bien el peso humano de esa realidad. La ha vivido en sus costas, en sus barrios, en sus instituciones y en su conciencia colectiva.

 

Pero una sociedad madura debe ser capaz de celebrar sin dejar de preguntar.

 

Debe poder reconocer la importancia simbólica de una visita papal y, al mismo tiempo, exigir claridad sobre su organización. Debe poder respetar la emoción de los creyentes y, a la vez, defender los derechos de quienes no participan del acto. Debe poder acoger un evento internacional sin convertir la vida diaria de miles de personas en una carrera de obstáculos.

 

Por eso las preguntas son necesarias. ¿Cuánto cuesta la organización? ¿Quién paga cada parte del dispositivo? ¿Qué administraciones asumen los gastos? ¿Qué se prioriza? ¿Cómo se informa a la ciudadanía? ¿Con cuánta antelación se comunican las medidas? ¿Qué ocurre con las familias afectadas por la suspensión lectiva? ¿Qué alternativas reales existen para quienes no pueden teletrabajar? ¿Cómo se garantiza que trabajadores, estudiantes, pacientes, personas mayores y pequeños negocios no queden completamente condicionados por un acto multitudinario?

 

La transparencia no estropea los acontecimientos. Los mejora. La planificación no enfría la emoción. La hace compatible con la convivencia. Y la crítica responsable no debe confundirse con hostilidad hacia la fe ni con desprecio hacia quienes esperan con ilusión esta visita.

 

La fe pertenece al ámbito íntimo y colectivo de quienes la viven. La organización pública pertenece al ámbito de todos. Por eso es legítimo exigir transparencia, planificación y respeto a una sociedad plural. Las instituciones no organizan solo para quienes acuden al acto, sino también para quienes ese día tendrán que trabajar, desplazarse, llevar a sus hijos a algún lugar, abrir un comercio, acudir a una consulta médica o simplemente atravesar la isla.

 

Ahí está el verdadero reto. No en recibir a una figura mundial, sino en hacerlo sin improvisación. No en llenar titulares, sino en demostrar capacidad. No en desplegar seguridad, sino en coordinarla con sensibilidad social. No en cortar calles, sino en explicar por qué, cuándo y cómo, ofreciendo alternativas razonables.

 

Gran Canaria debe aprovechar este acontecimiento para mirarse al espejo. Una visita de esta dimensión puede ser una oportunidad para proyectar imagen, sí, pero también para evaluar nuestras carencias. ¿Tenemos una red de transporte preparada para absorber movimientos masivos? ¿Existe coordinación suficiente entre administraciones? ¿Contamos con protocolos claros para grandes eventos? ¿La ciudadanía recibe información útil o solo instrucciones de última hora? ¿Se piensa en quienes viven en los municipios afectados o solo en la foto final?

 

No basta con aparecer en titulares internacionales. La verdadera imagen que proyectamos no depende únicamente de una ceremonia, de una retransmisión o de una declaración institucional. Depende de cómo tratamos a nuestra gente mientras organizamos todo eso. Depende de si somos capaces de cuidar el símbolo sin descuidar lo cotidiano.

 

Porque una isla no se construye solo con grandes actos. Se construye también con guaguas que llegan a tiempo, carreteras que no colapsan cada día, familias que pueden organizarse, trabajadores que no quedan atrapados en la incertidumbre y administraciones que informan con claridad. Se construye con previsión, con respeto y con una idea sencilla: los grandes acontecimientos no deben suspender la vida de quienes sostienen la isla todos los días.

 

Una isla moderna no se mide únicamente por su capacidad de acoger eventos, sino por su capacidad de hacerlo sin improvisar, sin colapsar y sin olvidar a quienes viven aquí. La modernidad no está en recibir visitas ilustres, sino en demostrar que se puede estar a la altura sin convertir cada gran cita en una emergencia logística.

 

La visita del Papa pasará. Quedarán las imágenes, los discursos, las emociones y las valoraciones políticas. Para algunos será un recuerdo imborrable; para otros, una jornada incómoda o ajena. Pero cuando se apaguen los focos, seguirá aquí la pregunta de fondo: qué isla queremos ser cuando nadie nos mira.

 

Y esa pregunta no la trae el Papa. Esa pregunta ya estaba aquí.

 

Estaba en cada atasco diario, en cada planificación pendiente, en cada debate aplazado sobre movilidad, transporte público, servicios esenciales y prioridades colectivas. La visita solo nos obliga a mirarla de frente.

 

Gran Canaria puede y debe acoger acontecimientos de dimensión internacional. Pero debe hacerlo aprendiendo de ellos. Con transparencia, con planificación, con sensibilidad y con una idea clara de servicio público. Porque lo histórico no debería ser solo que venga un Papa. Lo verdaderamente histórico sería que, después de su visita, la isla decidiera tomarse en serio sus propias asignaturas pendientes.

 

Vidal Bolaños Betancort

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.204

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.