La humildad, una virtud en decadencia en tiempos de redes
Hace unas semanas, ojeaba los periódicos del día y me encontraba a la presidenta de la comunidad de Madrid afirmando que el Estado la había dejado sola y abandonada en un resort de México (con X, no con J) prácticamente a punto de ser secuestrada por un grupo de narcos-sicarios enviados directamente por Pedro Sánchez y Claudia Sheinbaum.
Luego me centré en las declaraciones de un alterado Florentino Pérez que daba una rueda de prensa para denunciar la persecución que según él estaba sufriendo desde los medios de comunicación hacia su persona y el club de fútbol que preside (hasta el momento). Y no corto con esto: señalaba directamente a un artículo del diario ABC porque había sido escrito, según sus propias palabras, por una mujer "no sé ni si escribe ni si sabe algo de fútbol".
A algunas personas, por muchos años y dinero que tengan, les haría falta unas cuantas nociones sobre el significado del concepto igualdad y respeto, y otros tantos, sobre historia contemporánea.
Es increíble la forma en que los malos modos, la falta de educación y de civismo, campan a sus anchas por los múltiples escenarios públicos y sociales, el modo en cómo los relatos se inventan con fines espurios y se reproducen sin tregua para intentar asentar en la ciudadanía unas supuestas verdades que, por mucho que se repitan, nunca serán verdad, aunque lo repitan mil veces.
Recuerdan aquello que se le atribuye a uno de los filósofos más controvertidos de la intelectualidad española, mi admirado Miguel de Unamuno. Me refiero a aquella frase de "vencer no es convencer". Podrán vencer por las armas, por la violencia de las palabras, por la censura, por el estigma o por la anulación más dogmática y viral pero nunca convencerán porque la mierda flota siempre.
Un campo de ofendiditos pululan a sus anchas en este siglo XXI, un grupo de personas de piel sensible que utilizan los medios sociales y, sobre todo las redes sociales, para despotricar y atentar contra la reputación de los demás.
Creo que hemos perdido los modos y que la humildad es una virtud en franco declive. Algo de lo que he sido triste y plenamente consciente en los últimos tiempos desde mi actividad literaria. Vivimos tiempos de soberbia exacerbada. Tiempos en los que los unos pretenden brillar pisoteando a los otros. Tiempos en los que no hay reconocimiento ni voluntad de agradecimiento.
Una de las cosas que más valoro en el ser humano es la capacidad para ponerse en la piel del otro. Empatía le llaman. Y sobre todo de reconocer a las personas que ponen su esfuerzo por hacer algo por el colectivo, por los demás. Sin embargo, vivimos tiempos de buitres, de personas que son incapaces de hacer nada por nadie, de personas que viven en sus atalayas que imaginan doradas y no son más que grandes montañas de basura.
Escasean las personas que reconocen sus propios límites, sus debilidades y fortalezas, porque viven asentadas en su propio ecosistema de yoísmo frenético, que les hace perder el horizonte de la realidad que son incapaces de ver.
Hoy quiero recordar a estas personas que no somos más que seres asimétricos, un conjunto de piel, carne, huesos y algunos litros de líquido rojo que corren por nuestras venas. ¿A qué creerse entonces el centro del universo?
Y esto me vale para todo, desde el mundo de la política al económico, pasando por el deportivo, el social o el mundo de las artes y la creación. Porque sí, en este ámbito en el que me muevo, el literario, lamentablemente la humildad es una virtud con falta de cultivo. Quizá porque se piensa que aquel verso que escribí un día me va a convertir en el más grande de los poetas. Y no, la historia de la literatura está repleta de grandes poetas, de excelsos escritores, de grandes creadores de la palabra, que han sido olvidados, relegados al polvo de las estanterías de segunda mano, triturados sus libros para hacer pasta de papel.
La humildad, ese ejercicio que exige una introspección profunda y personal, un mirarse en el espejo sin fisuras, para descubrir lo bueno, lo malo y, lo más difícil, lo peor de cada uno, está lejos de practicarse desde la sinceridad y el acierto. La humildad es un 'artilugio' que pone freno a nuestros egos, sobre todo a los más encolerizados que nos invitan a quedarnos metidos dentro de nuestra propia burbuja de autocomplacencia sin cuestionarnos que quizá lo que opinen los demás sobre nosotros no esté tan desencaminado.
Desde luego que quererse es necesario; valorarse y respetarse a uno mismo es saludable y muy recomendable. Pero dentro del ejercicio de respetarse se debe incluir también la autocrítica. Y en el mundo de la creación literaria hace falta mucho de ese ejercicio de autocrítica y también de reconocimiento a lo que crean los demás.
Tenemos una historia anterior a todas y todos nosotros. No somos productos de la nada. Tampoco lo son los poemas ni las novelas que creamos. Hablamos siempre de lo mismo, porque son los temas que nos unen y que comunicamos a los demás. En lo que difiere es en la forma en lo que lo comunicamos, ahí está nuestro matiz personal. Pero nada más.
No creamos como si fuéramos dioses porque, les recuerdo, que no los somos. Somos simples mortales de paso por este mundo, seres que intentamos dejar nuestra huella de una forma u otra, quizás plasmando algo por escrito de cuya lectura puedan disfrutar otras personas, si es que lo leen. Mortales que un día ya no estarán. Así, sin más. Pretender la atemporalidad de nuestros poemas, la trascendencia de nuestros textos, en un mundo en constante transformación es una condición que solo responde ante el paso del tiempo.
El otro día reflexionaba en mi ámbito más íntimo sobre qué es lo que de verdad importa. Para mí hay muchas cosas importantes pero sin duda, una de ellas es el apoyo a los demás, es la gratitud, es el reconocimiento, es la humildad. Es sobre todo pensar, cuando llegue el momento de la despedida, que al menos hice todo lo que pude con la mayor de las voluntades y el mayor de los cariños.
Mirar hacia atrás y decirme, vale, a veces, lo logré; otras no. No somos perfectos. Ni tenemos por qué serlo. Pero sí deberíamos aspirar a obtener una versión lo mejor posible de nosotras y nosotros mismos. Y eso, en mi opinión, pasa por reconocer a los demás su esfuerzo, su constancia y su voluntad de integrar, no de excluir. Aquello de, como dejó por escrito nuestro gran Antonio Machado, intentar ser "en el buen sentido de la palabra, bueno".
Parece poco, parece irrisorio, incluso obvio. Y creo que la mayoría de la gente lo aplica en su día a día: ser buena gente. A veces pasa que las circunstancias te llevan a equivocarte, pero eso no implica que no sepas que te estás equivocando y que puedes tener la opción a corregir y pedir disculpas si es necesario. No es tan complicado. Es solo hacer el esfuerzo para lograrlo. Y crecer de esta forma para construir la mejor versión de uno mismo.
El mundo ya está suficientemente repleto de psicópatas a los que no importa nada ni nadie más que sí mismos. Tenemos millones de ejemplos de ellos. En los medios, en las redes, en el día a día. Gente que si puede te lanza a los leones por el solo placer de verte sangrar.
El mundo ya cuenta de sobra con personas que viven amargadas y vomitan esa amargura sobre los demás. ¿Para qué seguir practicando esta amargura que lo único que consigue es generar más amargura e infelicidad tanto a nivel individual como grupal?
A lo largo de mi existencia, me he encontrado con varios ejemplos de esos personajes. Y a pesar de ello, y tal vez pecando de ingenuidad por mi parte, no lo niego, sigo creyendo que son una minoría, una minoría a la que he decidido no dedicar ni un pensamiento más, más allá de la reflexión que he intentado volcar en este artículo de opinión. Que miren, para algo me ha servido. Hay que buscar siempre el lado positivo de lo malo que nos ocurre, ¿no es cierto? Resiliencia se llama.
Josefa Molina






























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