Microrrelatos. Hoy nos toca feria

Entre la ilusión literaria y el desconcierto cotidiano, una autora relata las situaciones insólitas, divertidas y a veces frustrantes que vive en las ferias del libro.

Olga Valiente Miércoles, 03 de Junio de 2026 Tiempo de lectura:

La primera vez que acudí a una feria del libro, pensé que sería una de las experiencias más elegantes e importantes que viviría como autora. Ya saben: personas inteligentes con los mismos intereses que tú compartiendo experiencias y conocimientos, escritores y lectores hablando de literatura e intercambiando opiniones, personas emocionadas al encontrar el libro que tanto andaban buscando y olor a papel nuevo invadiéndolo todo.

 

Pero la realidad fue otra.

 

Me bastó un par de minutos bajo una de las carpas para que se me acercara una señora y me preguntara, de manera sutil, si mi libro serviría como decoración de una estantería marrón.

 

—Perdona… ¿no tienes ninguno en tapa dura? —me dijo, sosteniendo mi última novela como quien inspecciona el estado de una sandía.

 

—No… solo trabajo con tapa blanda.

 

Frunció la nariz.

 

—Lástima —respondió—. Estoy decorando el salón y necesito libros con tapa dura que peguen con la estantería para hacer una foto aesthetic para Instagram.

 

Y se fue.

 

Y es que, a veces, las ferias parecen una dimensión paralela. Una llega creyéndose escritora y sale convertida en vendedora ambulante, psicóloga improvisada, consejera de posibles lecturas para el verano, fotógrafa de desconocidos, mapa localizadora de otros escritores y, en alguna ocasión, cuidadora de bolsos mientras alguien va un momentito al baño.

 

Lo peor siempre es la primera hora.

 

Casi todos los autores hacemos lo mismo: llegamos, colocamos nuestras obras con precisión ridícula encima de la mesa, giramos todo de manera milimétrica buscando la mejor posición, enderezamos los marcapáginas, miramos a nuestro alrededor en busca de alguna cara conocida y mirada cómplice, limpiamos motas de polvo invisible, sonreímos a la nada y, cuando vemos que alguien se nos acerca, nos ponemos nerviosos, aunque solo se nos acerque para preguntarnos dónde firma tal autor o dónde están los baños.

 

Y es que en las ferias hay todo tipo de personas.

 

Están los lectores silenciosos, que se acercan en silencio, cogen el libro, leen la contraportada, lo abren, leen, asienten. Y tú, mientras, los miras sudando, esperando el veredicto. Hasta que por fin levanta la cabeza y pregunta si no tienes algo más corto o de otro género.

 

También está la típica señora que se cree que todos los autores somos famosos y hemos ganado premios nacionales y se nos acerca para preguntarnos si salimos en la tele. Y claro, no le vas a mentir. Le contestas que no, que no has tenido esa suerte y te devuelve un «ah», con más violencia emocional que una ruptura amorosa vía WhatsApp.

 

Después, te encuentras con el señor que asegura estar escribiendo sus memorias, que seguro venderá un montón de ejemplares y que no tiene nada que ver con tus libros, pero que, claro, todavía no se ha decidido a enseñársela a nadie porque no se le apetece estar ahí, de pie, esperando para firmar.

 

—Mi libro será una mezcla entre Stephen King y Paulo Coelho —dice.

 

Eso debería estar penado con cárcel.

 

Pero lo peor es que esa especie no es la peor. Todavía tiene que llegar el lector sincero, el que no filtra nada.

 

«Tu portada me da ansiedad», «¿Por qué ese título?» «No me gustan los fantasmas. Prefiero los asesinatos.»

 

Una vez, una señora abrió uno de mis libros por una página al azar, leyó dos líneas y me dijo:

 

—Uy no, demasiado emocional para mí.

 

Y se marchó.

 

También ocurren cosas extrañas en el momento de las dedicatorias. Hay quienes piden algo emotivo y profundo, pero quienes solo quieren que pongas «para Pepa». Y tú, obediente, escribes lo que te piden sintiéndote más una funcionaria rellenando papeleo que una escritora dedicando un libro.

 

Y cómo no, no pueden faltar los niños que tocan todo lo que no deben tocar: los marcapáginas, la taza, la esquina de la portada, el bolígrafo… tu dignidad.

 

Recuerdo a uno que señaló mi libro de terror y preguntó:

 

—Mamá, ¿esto da miedo de verdad?

 

Antes de que yo pudiera responder, la madre dijo:

 

—No creo.

 

Gracias, señora. Muy amable por su parte. Espero que Dios le multiplique las hemorroides por tres.

 

Pero no todo es malo en las ferias. También ocurren cosas mágicas, encuentros con personas que también escriben, lectores que sonríen al encontrarte, hombres y mujeres que se acercan porque alguno de tus libros les ha llamado la atención y quieren comprarlo. Y entonces todo compensa. Te olvidas del calor, de las horas de pie y de los comentarios malos.

 

Y después de una o dos ventas vuelves a hacer cosas absurdas: miras de reojo a los demás, finges naturalidad, sonríes mucho, aunque tengas hambre y sueño y, sobre todo, repites muchas veces «Hola, ¿te gusta leer?» Al final del día ya no sabes ni cómo te llamas, pero, aun así, vuelves.

 

Siempre vuelves.

 

Porque las ferias del libro son como las relaciones tóxicas: agotadoras, impredecibles y emocionalmente intensas… pero basta una sola conversación bonita para convencerte de repetir al año siguiente.

 

Olga Valiente

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