
![[Img #40291]](https://infonortedigital.com/upload/images/06_2026/6302_whatsapp-image-2026-06-02-at-181230-2.jpeg)
El Charco de La Aldea no es una playa. Es una marciega: una laguna litoral de fondo oscuro alimentada por escorrentías de invierno y por la cercanía del mar. Agua quieta que guarda secretos.
Los antiguos canarios conocían la química del cardón. El cardón, Euphorbia canariensis, crece en los riscos volcánicos como una arquitectura verde, columnas de hasta diez metros que semejan cactus pero no lo son. Su savia es un látex blanco, espeso, irritante, con actividad ictiotóxica: intoxica o aturde a los peces, altera su respiración, les impide mantenerse en profundidad. La tabaiba, su pariente más resinosa, compartía propiedades semejantes. Nadie sabe cuándo se descubrió. Ese conocimiento no se escribió: se transmitió de mano en mano, durante generaciones.
El embarbascador cortaba los tallos al amanecer, cuando la savia corría más densa. Recogía el látex en cuencos de cuero. Caminaba hasta el Charco descalzo y lo vertía en puntos estratégicos donde, por experiencia heredada, sabía que los peces se concentraban con la luz temprana. El látex se abría sobre el agua como una película casi invisible. Luego esperaba. Los peces flotaban panza arriba: aturdidos, incapaces de sumergirse. El embarbascador entraba con el cesto y los recogía uno a uno, sin prisa, como quien cosecha. No era solo pesca. Era ciencia sin laboratorio.
1938: La mañana en que un niño vio sangrar una planta
![[Img #40290]](https://infonortedigital.com/upload/images/06_2026/4164_whatsapp-image-2026-06-02-at-181230-1.jpeg)
Eulogio tenía siete años cuando su padre lo despertó antes del alba. Agosto. Pantalones de estopa remendados en las rodillas. Descalzo, siempre descalzo, porque el cardón resbala y hay que sentir la piedra. Un cuchillo de hoja corta. El cuenco de cuero de cabra, oscurecido por años de látex seco.
El niño lo siguió a distancia, como se sigue a un hombre que va a hacer algo que no está del todo permitido.
El cardón crecía en la ladera sur, entre las tabaibas y los tabaibales. El padre eligió un tallo grueso. Hizo una incisión horizontal cerca de la base, limpia, sin dudar. Brotó la leche blanca. Olía a resina quemada con un fondo amargo imposible de describir. El padre se untó las manos con ceniza antes de cortar; el látex pica, levanta ampollas, mancha la piel con un amarillo que dura días. Pero no dijo nada de eso al niño.
—No toques eso, dijo solamente, sin mirarlo.
A las seis de la mañana llegaron al Charco. La luz era todavía oblicua, rojiza, sin fuerza. El padre vertió el látex en tres puntos. Sacó un cigarro de liar. Fumó mirando el agua con los ojos entrecerrados de quien lee un libro en idioma que solo él conoce.
El niño contó hasta doscientos.
Entonces aparecieron. Primero una mojarra, panza arriba, girando lentamente como una hoja caída. Luego un cardumen de lisas flotando en la superficie con ese movimiento involuntario de quien pierde el equilibrio en sueños. El padre entró hasta la rodilla sin quitarse los pantalones. Entró despacio, sin levantar salpicaduras, con la concentración silenciosa de quien realiza un acto que ha realizado cien veces y sabe que el ruido lo arruina. Recogió los peces con el cesto. Uno a uno.
—Esto no es pesca, dijo, cerrando el cesto. Esto es pedirle permiso al agua. Y el agua, hoy, ha dicho que sí.
1766: El obispo y los cuerpos en el agua
No todos los enemigos del embarbascado vinieron con uniforme.
El 23 de agosto de 1766, durante una visita pastoral a la Aldea de San Nicolás, el obispo Francisco Javier Delgado y Venegas dejó por escrito un mandato contra la celebración del Charco. Su preocupación no era ecológica. No hablaba del cardón, ni del veneno blanco, ni de los peces narcotizados. Hablaba del cuerpo.
El mandato denunciaba el desorden que siempre había habido en aquel lugar porque hombres y mujeres se echaban al agua casi desnudos, olvidando el pudor y vergüenza natural de todo ser racional. La pena: excomunión mayor, cuatro ducados de multa y quince días de cárcel. El capellán quedaba encargado de vigilar, poner en tablilla a los infractores y pedir, si era necesario, el auxilio del juez real.
La Iglesia no estaba combatiendo una técnica de pesca. Estaba combatiendo una escena: cuerpos mojados, hombres y mujeres juntos, trabajo convertido en desorden, necesidad convertida en fiesta.
Y, sin embargo, el propio mandato prueba lo contrario de lo que pretendía. Si había que leerlo todos los años antes de hacerse el embarbascado, era porque el pueblo volvía. Si había que amenazar con excomunión, era porque la costumbre resistía. La amenaza de la condenación eterna no pudo con el hambre, ni con el conocimiento, ni con la fuerza de una comunidad que había aprendido a entrar junta en el agua.
1926: La noche en que se llevaron el cuenco
Eulogio padre tenía treinta y seis años cuando ocurrió. Era época de la Dictadura de Primo de Rivera. Alguien, nunca se supo quién, aunque los más viejos señalaban a un pescador de caña que llamaba al embarbascado trampa de vagos, había denunciado el oficio ante el puesto de la Guardia Civil.
Tres guardias llegaron a Los Caserones al anochecer. El cesto estaba escondido bajo una pila de leña. Pero encontraron el cuenco de cuero, ennegrecido por capas de látex seco, inconfundible para quien supiera qué era. Se lo llevaron como prueba.
Eulogio padre volvió a las tres de la madrugada. Traía tres mojarras envueltas en su propia camisa, húmeda todavía. Las había recogido con las manos desnudas, sin cesto, en la oscuridad.
—Mientras haya cardones, hay que comer, dijo.
La Guardia Civil no volvió. El cuenco no apareció. Pero algo cambió esa noche: el oficio dejó de hacerse con testigos. Se practicó de madrugada, sin voces, clandestino no tanto por una norma que el pueblo pudiera leer, sino porque la denuncia había demostrado que la legalidad no siempre protegía al pobre. Era el mismo mecanismo que había funcionado con el obispado del siglo anterior: la presión institucional no eliminó el oficio. Lo empujó a la sombra. Y en la sombra, paradójicamente, sobrevivió mejor.
1952: El día en que el agua dijo que no Eulogio tenía veintiún años cuando acompañó a su padre por última vez. Trabajaba ya entre tomateros y almacenes de empaquetado, en una economía que empezaba a transformar la Gran Canaria rural. En un día de jornal podía ganar más que su padre en una semana de cardones.
Esa mañana el padre tenía sesenta y dos años y la mano derecha le temblaba al coger el cuchillo. Cortaron cardones en silencio. La leche salió menos densa que antes, casi como un llanto tardío.
Llegaron al charco. Vertieron. Esperaron.
Ningún pez.
El Charco estaba bajo. Entre años secos, captaciones para los invernaderos y cambios en el valle, aquel ecosistema ya no era exactamente el mismo. Los peces estaban en otro sitio o demasiado hondos. El látex se diluía donde antes alcanzaba.
El padre miró el agua media hora. Luego se levantó, con las rodillas crujiendo, y tiró el cuenco vacío a la arena. El cuenco rebotó una vez, sin sonido, boca arriba como una boca abierta que no tiene lengua.
—Se acabó, dijo.
No lo dijo con rabia. Lo dijo como se dice una verdad que llevaba tiempo siendo verdad antes de que alguien la pronunciara. Caminaron de vuelta en silencio. El padre colgó el cesto en el zaguán, en los dos clavos que siguen siendo los mismos clavos. No lo tiró porque tirar ese cesto habría sido admitir que no había nada que guardar.
LA FIESTA Y EL VOLADOR
La Fiesta del Charco se celebra cada 11 de septiembre en La Aldea de San Nicolás. Miles de personas se lanzan al agua, se salpican, gritan, se fotografían. Los turistas llegan en guaguas. El alcalde pronuncia palabras sobre tradición y patrimonio. Es, en muchos sentidos, un éxito.
Y no es una invención reciente. El mandato de 1766 ya hablaba de la fiesta del Charco y del desorden que provocaba. Eso significa que el embarbascado nunca fue solo una técnica. Fue también reunión, reparto, rito, exceso, comunidad. El problema de la fiesta actual no es que sea impostada. Es que, a veces, recuerda el gesto y olvida el hambre.
Eulogio no fue al primero. No fue a ninguno. Cuando un concejal de festejos le pidió que inaugurara la celebración, que cortara un cardón simbólico, que bendijera el acto con su presencia, respondió con la cortesía seca de quien ha aprendido que la amabilidad y el rechazo pueden habitar la misma frase.
—No hay fotos antiguas del oficio. Había hambre, no había cámaras.
Y luego:
—No corto cardones para turistas. El embarbascado no era fiesta. Era trabajo. Y el trabajo no se celebra con cohetes: se celebra con pan en la mesa.
Desde entonces, cada 11 de septiembre, cuando suena el volador, Eulogio cierra la ventana.
LA CADENA INVISIBLE
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No sabemos el nombre del primer embarbascador. Los archivos coloniales no recogen tradición oral aborigen de forma sistemática. Los conquistadores no preguntaron, o si preguntaron no consideraron digna de archivo la respuesta.
Pero existió: el que descubrió que el látex del cardón dormía peces. El que probó con otras plantas y falló. El que aprendió a dosificar, a elegir el punto de vertido, a leer el comportamiento del cardumen al amanecer. El que enseñó a su hijo antes de morir de fiebre, de hambre o de cualquiera de esas muertes anónimas que la historia no registra.
Y existieron ellas. Los registros parroquiales mencionan hombres cuando hablan de prohibiciones. Los cronistas mencionan hombres cuando describen técnicas. Pero la etnografía rural canaria y la lógica misma de la subsistencia sugieren con fuerza que las mujeres conocían el territorio vegetal con una precisión decisiva. Sabían qué cardones daban látex más denso según la estación, cuándo cortar, cómo guardar, cómo limpiar, cómo cocinar. Mantenían el conocimiento vivo cuando los hombres estaban en los tomateros, en la emigración, en la guerra.
El embarbascado no era un oficio de hombres. Era un oficio de familia donde los hombres mojaban los pantalones y las mujeres sostenían buena parte del saber que hacía posible mojarse.
Hay un cesto en un zaguán. Y un hombre de noventa y cuatro años que todavía sabe, cuando el viento sopla del sur, a qué huele el látex fresco.
Esta mañana Yaiza ha tocado el cesto y ha mirado luego el cardón del risco a través de la ventana.
—Abuelo, ¿y esto para qué servía?
Eulogio miró el cesto. Miró la luz de septiembre que entraba por la ventana y tocaba el mimbre con esa precisión de las mañanas que todavía no tienen calor.
—Para saber que el agua, a veces, dice que sí.
La niña no entendió. Pero tampoco dejó de mirar el cesto. Luego miró el cardón del risco. Luego volvió al cesto. Y Eulogio pensó, por primera vez en muchos años, que el cesto podría no ser solo un recuerdo. Podría ser una pregunta que alguien, dentro de treinta años, decida responder.
El cardón sigue creciendo en los riscos del sur, donde siempre creció, donde un niño de siete años vio sangrar una planta en agosto de 1938 y no lo olvidó en más de ocho décadas. El Charco sigue esperando con su fondo oscuro y su agua quieta. Y el cesto sigue colgado en el zaguán de Los Caserones, con su olor evaporado a látex y su silencio de mimbre viejo que ha recogido más historia de la que ningún archivo conserva.
El agua sigue quieta.
Los diálogos de este reportaje son reconstrucciones literarias con fines narrativos a partir del contexto histórico documentado. Los hechos y las técnicas descritas han sido contrastados con fuentes etnográficas y archivos locales.
Juan Vega Romero
Fotos: Google
































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