Barriguita llena...

Quico Espino

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Creo que yo tenía ocho o nueve años cuando las barqueras de El Burrero empezaron a vender el pescado a la salida del callejón de mi casa, por donde pasaba la acequia del pueblo, en la cual lavaban todas las vecinas de El Ejido, dale que te pego, las chaquetas, las camisas, los trajes y los pantalones, que por entonces sólo se ponían los varones, porque si a alguna mujer se le ocurría ponérselos la trataban como a una cualquiera.
 
-Mira tú, qué lagartona. ¡Mejor tuviera vergüenza! ¡Y encima con ese culo respingón!
 
La ponían de vuelta y media, sobre todo si la veía una de las barqueras,  que era más chica que una perra de queso, flaca y esmirriada, que lo único grande que tenía era la lengua. ¡María santísima! Fuerte lengua, cristiana, decían sus compañeras de faena.
 
-¿No tendrá un vasito de agua fresca, señora? –le peguntaron un día a mi madre que venía de comprar en la tienda de Antoñita Ruano.  
 
Agua fresca del tallero, del aljibe y, de último, un buchito de café, hicieron que las barqueras empezaran a darle, dos o tres veces a la semana, para no tirarlos, pues no los compraba nadie, los gallos saltando para que “se los friera a ese batallón de hijos que tiene, que comen como sabañones, quería”. 
 
Cuando apretaba la canícula, la cabecilla de las barqueras, que se llamaba Francisca, se echaba medio balde de agua del aljibe por encima para refrescarse y se quedaba tan pancha, “que pa eso me llamo yo como me llamo”. Y a veces, para rematar, llenaba el balde con agua revuelta de la acequia y repetía la operación. Las otras le reían la gracia.
 
Tupidos a gallos nos tenía mi madre, muy hábil ella quitándoles el cuero que los revestía y las tripas; los dejaba limpitos; luego los aderezaba con un majado de ajos, para darles gusto, y, mientras sancochaba las papas dentro de una perola que colocaba sobre un infiernillo, preparaba en una fuente una ensalada de tomate y cebolla, con bastante sal, aceite y vinagre, y, en otro infiernillo, en una sartén grandísima con un montón de aceite hirviendo, metía los gallos para que se frieran bien. A todos en la familia nos gustaba que el pescado estuviera bien frito.
 
Mi padre, que también era un cocinillas, especialmente en los asaderos de carne, de pulpos y de potas, se encargaba del mojo de cilantro y de amasar la pella de gofio, a la que daba forma de pan y luego troceaba uniformemente. 
 
Una vez terminada su labor, se sentaba junto a su esposa y a su prole, constituida por seis hijos y una hija, y habida cuenta de que en la mesa había una bulla casi escandalosa, repitió una vez más que “quien come y habla en la mesa, loco (o loca) está de la cabeza”, mientras servía la ensalada, y a mí, que no me callaba ni bajo el agua, me dejó sin habla del macanazo que me dio con la cuchara de palo en toda la cabeza. Tanto que se partió y mi padre se quedó con el mango en la mano mientras que el cuenco voló sobre la mesa.
 
-¡Coño! ¡Así aprendes, mi niño! –dijo mi padre, soltando una carcajada según miraba la escena, ante las risas de los otros miembros de la familia, incluida mi madre, que no lo pudo disimular. Mis hermanos casi se mean de risa y el más pequeño, y mi madre, tuvieron que ir al corral, antes de empezar a comer.
 
Desesperados para que mi madre se sentara a la mesa, pues sin ella ni mi padre se atrevía a rozar los platos, dimos a continuación buena cuenta de la comida. No quedaron sino las raspas del pescado. Ni siquiera sobró nada para las fregaduras de la cochina, que había parido una semana antes; de hecho ya estaban señalados los machos para caparlos a los quince días y venderlos al mes como lechales, pues, por ese motivo, eran el doble de caros que sus hermanas. Teníamos una hembra en casa, que había salido un tanto delicada y la estábamos criando al dedo, que se decía porque la alimentábamos con leche de vaca que le dábamos con un biberón.
 
Y antes de que se disolviera la reunión, ya que mi padre y mis hermanos mayores tenían que pegar a trabajar, mi madre se llevó la mano al estómago y, con el asentimiento de los demás,  dijo: “barriguita llena, corazón contento”. Y mi padre, dirigiéndose a la puerta, contestó: “Y en la tierra paz y en el cielo bizcocho”.
 
Texto e imagen: Quico Espino
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