Gáldar Pride: cuando la reivindicación se convierte en verbena

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]Hay algo profundamente equivocado cuando una causa legítima termina convertida en espectáculo institucional. Y no, criticar el formato del Gáldar Pride no es ir contra el colectivo LGTBI. Precisamente lo contrario: es defender que una reivindicación social merece algo más serio, más coherente y más auténtico que un fin de semana de ruido, alcohol y postureo político.

 

Será que algunos todavía entendemos que reivindicar consiste en ocupar las calles, alzar la voz y señalar las injusticias. Reivindicar es defender la libertad de cada persona para vivir como quiera, sin miedo a las miradas ni a los prejuicios. Y eso poco tiene que ver con convertir una plaza en una verbena a las cuatro de la mañana.

 

El Ayuntamiento de Gáldar ha decidido instaurar una dinámica donde todo se mezcla y todo vale: Carnaval fuera de fecha, fiestas de flores, Pride, conciertos y celebraciones continuas que ya hacen imposible distinguir en qué momento del año vivimos. Una agenda permanente de ocio disfrazada de compromiso social.

 

Porque una cosa es apoyar una causa y otra muy distinta es utilizarla para justificar un modelo de fiesta constante. El compromiso social no se mide en escenarios, ni en barras, ni en el número de DJs contratados. Se demuestra con educación, convivencia y políticas útiles durante todo el año, no únicamente durante un fin de semana de celebración.

 

Y es precisamente ahí donde muchos sienten desconexión con este modelo. El Pride nació históricamente como una protesta y una reivindicación social, no como una simple excusa para el derroche. Surgió para visibilizar realidades y reclamar derechos, no para diluir su mensaje entre conciertos, copas y campañas de imagen.

 

Gáldar no necesita inventarse tradiciones artificiales cada dos meses para parecer moderno. Necesita escuchar a su gente, cuidar su identidad y entender que no todo puede reducirse a fiesta, propaganda y gasto público.

 

La libertad y la igualdad merecen ser defendidas con seriedad. Pero también merece reflexión el rumbo que están tomando muchas celebraciones, donde la reivindicación parece quedar en segundo plano frente al espectáculo.

 

Quizá el verdadero orgullo sería construir un municipio donde la convivencia y el respeto formen parte de la normalidad diaria, sin necesidad de convertir cada causa en una macrofiesta permanente.

 

Guayarmina Guanarteme

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