Educación Infantil

¡Me aburro!

La sobreestimulación digital y la falta de espacios vacíos dificultan que los niños desarrollen autonomía, creatividad y tolerancia a la frustración.

Haridian Suárez Vega Miércoles, 27 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

¡Cómo ha cambiado la infancia!

 

Hace años el aburrimiento formaba parte natural de esta etapa.

 

Acompañar a tu madre al médico, a resolver un trámite o estar entre adultos suponían muchas veces ratos muertos, esperas interminables, tardes largas… y en definitiva, momentos sin estímulos constantes.

 

Eso era parte de la infancia. Y de ahí salían juegos inventados, peleas entre hermanos, construcciones imaginarias o niños mirando al techo sin hacer absolutamente nada.

 

Le decías a tu madre… “me aburro” y su respuesta no era rescatarte de ese momento ni solucionar nada. Simplemente era un momento por el que transitar. Sin más. Sin nada que resolver.

 

...Sí, cómo ha cambiado la infancia.

 

Ahora escuchas a tu hijo…. ¡mamáaaa me aburrooo! Y se te ponen los pelos de punta.

 

De inmediato, buscas la solución: les propones una actividad, les organizas un juego o, en el peor de los casos (y desgraciadamente en el más habitual), les plantamos una pantalla delante.

 

Problema resuelto.

 

¿Pero por qué vemos el aburrimiento como un problema urgente que hay que solucionar?

 

¿Qué estamos solucionando realmente? ¿El aburrimiento del niño? ¿Su falta de herramientas para transitarlo?

 

¿O nuestra propia incapacidad para sostenerlo?

 

El problema actual no es que los niños no sepan qué hacer; es que están sobreestimulados. Viven en la cultura de los vídeos de quince segundos, de las luces, los colores y la gratificación inmediata.

 

Su cerebro se está acostumbrando a un nivel de dopamina tan alto que el tiempo vacío les genera incomodidad. La calma les parece difícil de soportar. Ya no son capaces de sostener la baja intensidad.

 

Y cuando miran a su alrededor...¿Qué ven? Ven adultos sacando el móvil para cubrir los 3 minutos de cola en el súper o mientras esperan en el ascensor.

 

Tampoco nosotros sabemos ya sostener el vacío de estímulos. Ya nos es difícil aguantarnos a nosotros mismos en silencio.

 

¿Cómo vamos a enseñarles a ellos a habitar el vacío y transitar el silencio si nosotros lo evitamos a toda costa?

 

Sí, vivimos en una sociedad diseñada precisamente para no tolerar ese vacío, para anestesiarlo con estímulos constantes y externos.

 

Vivimos hiperestimulados. Empezando por nosotros, los adultos. Y ellos están creciendo dentro de esa misma dinámica.

 

Cada vez tienen menos oportunidades para aprender qué hacer con ese aburrimiento.

 

Así que poco a poco aparecen niños que no toleran la espera, que se frustran rapidísimo, que no saben jugar solos, que dependen continuamente de lo externo para activarse.

 

Niños acostumbrados a recibir dopamina rápida cada pocos minutos.

 

Y con esta dinámica….la vida real les parece lenta. Muy lenta. Y aburrida. Difícil de sostener.
 

Otra verdad incómoda con respecto a esto es que un niño entretenido no molesta. Un niño hiperestimulado con una pantalla o una agenda repleta de extraescolares es un niño que no demanda, que no interrumpe, que no genera ruido. Y en una sociedad donde los adultos vivimos al límite de nuestras fuerzas y con los niveles de paciencia bajo mínimos, ese silencio se compra caro, pero se paga a gusto.

 

Convertimos el entretenimiento en una guardería, porque sostener la queja, el llanto o la frustración de un niño que no sabe qué hacer exige una energía que, a veces, simplemente no tenemos.

 

Lo que nos perdemos: Los beneficios invisibles del vacío

 

Nos da tanto miedo el aburrimiento que olvidamos que es el estado natural donde germina el desarrollo humano. No es perder el tiempo; es ganarlo.

 

  • El nacimiento de la creatividad real: Cuando la mente no recibe estímulos externos, se ve obligada a mirar hacia dentro. Ahí aparece el juego libre, el amigo imaginario, el descubrir que una caja de cartón puede ser un cohete.

  • Desarrollo de habilidades para la vida: El aburrimiento entrena la tolerancia a la frustración, la autonomía y la toma de decisiones. El niño tiene que gestionar su propio malestar, buscar sus propios recursos y aprender a estar consigo mismo. Eso no se aprende con estímulos externos.

  • Autoconocimiento: En el silencio, el niño descubre qué le gusta de verdad cuando nadie le dice a qué tiene que jugar. Aprende a escuchar sus propios ritmos y necesidades.

 

Estrategias para sostener el aburrimiento.

 

  • Cambia el chip, no tienes que hacer de animador de campamento, no es tu función.

  • Tampoco tienes que erradicar el aburrimiento. Tu trabajo es asegurar un entorno seguro y afectuoso. El resto corre de su cuenta.

  • Revisa tu propia relación con el vacío: Deja el móvil. Permítete aburrirte (o transitar los pequeños vacíos de tiempo) delante de ellos. Que vean que el silencio y la inactividad no son castigos, sino espacios de paz.

  • Valida la emoción sin rescatar: Cuando diga "me aburro", no le des una solución inmediata. Valida su estado: "Entiendo, cariño. A veces pasa. Estoy segura de que pronto se te ocurrirá algo". Pon el foco en su capacidad, no en tu obligación de resolverlo.

  • También ayuda muchísimo involucrarlos en la vida cotidiana. A veces pensamos que entretener es ofrecer actividades constantemente. Pero los niños necesitan sentirse útiles más que estar permanentemente estimulados: cocinar contigo, regar plantas, ordenar...La pertenencia y la contribución reducen muchísimo esa necesidad constante de entretenimiento externo.

  • Sostén los primeros 15 minutos: El aburrimiento tiene una curva. Al principio hay queja, enfado y resistencia (la desintoxicación del estímulo). Si logras sostener esa primera fase sin intervenir y sin enfadarte, verás que la mente del niño se calma y, casi por arte de magia, empieza a jugar.

 

El regalo del tiempo vacío

 

Queremos hijos autónomos, resolutivos y conectados con su mundo interior. Pero para que todo eso crezca, primero se necesita un terreno fértil. Y el terreno fértil de la infancia se llama tiempo libre.

 

Cuando tu hijo te diga "me aburro", recuerda que eso está perfecto. Es síntoma de que todo está en orden y de que su cerebro está a punto de empezar a trabajar.

 

Porque la infancia necesita justo eso. Espacio para aburrirse. Y en ese espacio aprender a tolerar la frustración, inventar, sostener la espera, descubrir quiénes son… y crecer.

 

Haridian Suárez

Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)

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