
Los últimos años de su vida los pasó escribiendo novelas sobre aventuras increíbles, viajes a lugares imposibles, monstruos marinos imposibles de imaginar, ciudades ocultas en lugares remotos, desiertos interminables y planetas muy muy lejanos.
Sus lectores solían decir que tenía una imaginación prodigiosa, que nadie era incapaz de inventar mundos como los suyos y que les parecía imposible que una sola persona describiera con tanto detalle lugares que ni siquiera existían.
Y él, se limitaba a sonreír.
Vivía solo en un ático en mitad de la ciudad y su despacho, que ocupaba las tres cuartas partes del piso, estaba repleto de mapas, libros y objetos extraños traídos de sus viajes. O, al menos, eso decía, porque nadie a su alrededor lo había visto salir de la misma zona de la ciudad durante los últimos veinte años. Aun así, en sus paredes colgaban brújulas oxidadas, máscaras africanas cubiertas de polvo, frascos con arenas de diferentes colores y fotografías antiguas donde aparecía con indígenas del Amazonas que nadie conocía.
A veces, durante las entrevistas, los periodistas le preguntaban de dónde sacaba la información para hacer que sus historias parecieran tan reales.
—Son reales —respondía.
Nunca lo tomaban en serio.
Cuando murió, su nieto fue el encargado de recoger y ordenar sus cosas, porque así lo pidió en su testamento. Y él, cumplió con su última voluntad. Empezó por el viejo escritorio, despacio, abriendo los cajones con cuidado como si temiese despertar el pasado. Entre todos los manuscritos y cartas sin enviar que allí había, encontró decenas de pasaportes. Cada uno de ellos con un nombre diferente, una nacionalidad diferente y una foto distinta.
Pero en todos ellos era él.
Todos estaban sellados, incluso en algunas de las páginas había registros de entrada a países desaparecidos hacía décadas, visados de lugares que jamás había oído nombrar y fechas imposibles.
Pero lo que más le llamó la atención fue un sello del año 1891 que se repetía varias veces a lo largo de varias páginas.
Al verlo, las manos empezaron a temblarle. Bajo cada uno de los sellos aparecía una fotografía actual de su abuelo, ni más joven ni más viejo. El mismo hombre al que había visitado hacía tan solo una semana.
Y al final de todos ello una nota doblada cuidadosamente: «Todo lo que escribí ocurrió realmente. El problema no es imaginar demasiado, sino recordar de más».
Olga Valiente






























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