Si la participación ciudadana es importante para Gáldar en los barrios, también debe serlo en el casco
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El pasado jueves me planté, más por obligación que por interés, en la asamblea que el grupo de gobierno realizó en Barrial. Una asamblea que sirvió para que el gobierno municipal, con el alcalde a la cabeza, recordara las actuaciones realizadas en el barrio durante el último mandato: obras tan importantes como la rehabilitación de la plaza, la pérgola del Estadio Barrial o incluso la gran intervención policial para atajar el vandalismo sufrido con la quema de contenedores, entre tantos otros proyectos.
También acudieron con nuevas iniciativas bajo el brazo para ofrecer al vecindario: el techado de la cancha del CEIP Manuel Cruz Saavedra, la cesión de suelo para la construcción de viviendas en El Roque, a las que solo podrán acceder vecinos del municipio, entre otras propuestas.
Todo esto está muy bien. Pero quizás, en ocasiones, desde algunos despachos se puede pensar que hay barrios que se conforman con lo que el Ayuntamiento puede ofrecerles. Por suerte para la participación ciudadana, Barrial no es una comunidad pasiva; es una comunidad siempre viva, que tiene claro de dónde viene, dónde está y hacia dónde quiere ir.
Y eso, por desgracia, no todos los núcleos poblacionales del municipio pueden decirlo. Porque el espíritu asociativo de Barrial no es casualidad. Igual que no es casualidad que el grupo de gobierno tenga hoy 19 concejales de 21, tampoco es casualidad que Barrial atesore todo lo que tiene.
Esa mayoría no apareció de la noche a la mañana. Es fruto de años de trabajo político y de construcción de confianza. Para alcanzar los actuales 19 concejales tuvieron que pasar varias etapas: dos legislaturas de pacto con el PSOE, una primera mayoría absoluta de 12 concejales en 2015 y posteriormente los 17 de 2019. Y quizás muchos puedan pensar que mantener semejante volumen de votos es fácil, pero mucho me temo que no lo es.
Porque más allá de que la oposición no está, ni se la espera, y de que tampoco parece generar demasiadas expectativas, no basta solo con poner la cara o vivir de la herencia política. Hay veces en las que las cosas que parecen sencillas no lo son tanto.
La historia política reciente de Gáldar lo demuestra. En 2007, Manolo Godoy se quedó a solo siete votos de la mayoría absoluta tras una única legislatura de mandato, y aun así no repitió. Hay quien incluso afirma que aquella famosa frase de “con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo” terminó siendo la gota que colmó el vaso y rompió una mayoría que parecía hecha.
En política muchas veces no existen detalles pequeños. Un exceso de confianza, una frase desafortunada o una desconexión puntual con la calle pueden cambiar completamente un resultado electoral.
En 2011, cuando el PSOE se desplomaba a nivel nacional y muchos esperaban la primera mayoría absoluta del BNR, ocurrió algo llamativo: el PSOE de Gáldar fue la única agrupación socialista de la isla que subió en votos.
Mientras tanto, caían referentes históricos como Jerónimo Saavedra en Las Palmas de Gran Canaria o Tomás Pérez en La Aldea de San Nicolás, y el PSOE también perdía la Presidencia del Cabildo. Aquello obligó nuevamente a reeditar el pacto.
Por eso, reducir los resultados actuales únicamente a la debilidad de la oposición sería simplificar demasiado la realidad. Mantener durante tantos años un respaldo tan amplio exige gestión, presencia, capacidad de asumir desgaste y también saber tomar decisiones difíciles.
Pero entiendo también que la participación ciudadana es algo más que recorrer los barrios tomando nota de las necesidades vecinales. Eso puede ser cercanía institucional, puede ser escucha activa e incluso una buena herramienta de gestión, pero la verdadera participación ciudadana va mucho más allá de una simple reunión periódica o de un listado de demandas apuntadas en una libreta.
La participación real ocurre cuando el vecino no solo habla, sino cuando siente que forma parte de las decisiones que afectan a su comunidad. Cuando existe un tejido asociativo vivo, crítico y comprometido, capaz de empujar, proponer, discrepar y colaborar al mismo tiempo. Participar no es únicamente pedir una farola, una acera o un aparcamiento; participar es tener conciencia colectiva de barrio y entender que el progreso común requiere implicación constante.
Y ahí es donde Barrial marca diferencias.
Porque Barrial no espera sentado a que las cosas lleguen. Barrial propone, debate, presiona y también reconoce cuando las cosas se hacen bien. La asociación vecinal no funciona únicamente como organizadora de fiestas patronales o actividades culturales; funciona como nexo entre la ciudadanía y la administración, como altavoz de los problemas reales y como motor social del barrio.
Eso es participación auténtica: una comunidad organizada que no depende exclusivamente de la iniciativa política para moverse.
Muchas veces se habla de participación como si bastara con convocar una asamblea en un local social, escuchar varias intervenciones y marcharse con una foto para redes sociales. Pero la participación de verdad no puede quedarse en un acto puntual ni convertirse en un escaparate político. Tiene que ser constante, incómoda a veces, exigente y útil.
Porque cuando un barrio participa de verdad, termina construyendo identidad, cohesión y hasta autoestima colectiva. Y eso no se improvisa ni nace por decreto institucional. Eso se trabaja durante décadas.
Por eso Barrial tiene hoy lo que tiene. No solo por la acción de los gobiernos municipales de turno, sino porque detrás existe una ciudadanía que históricamente ha entendido que los barrios que avanzan no son los que más esperan, sino los que más se implican.
Una vez más queda demostrado que la asociación de vecinos es mucho más que un ente que organiza fiestas. Es un motor dinamizador, solucionador, facilitador y conector entre los vecinos y la administración local.
Posiblemente haya barrios que, por su situación participativa, no sean tan activos. Otros donde las preocupaciones no pasen de una farola o la limpieza viaria. Pero Barrial no es un barrio que se conforme con cualquier cosa. Barrial es un barrio luchador, con una historia digna de reconocimiento a nivel insular o regional. Porque estoy convencido de que hay pocos barrios en Canarias que sean lo que es Barrial hoy en día.
Porque los pueblos que avanzan no son los que más prometen, sino los que consiguen que su gente se implique, discuta, proponga y sienta como suyo el lugar donde vive.
Y Barrial, con sus virtudes y también con sus exigencias, lleva décadas demostrando precisamente eso: que cuando un barrio se organiza, participa y no se conforma, termina convirtiéndose en mucho más que un simple núcleo poblacional. Termina convirtiéndose en identidad, en comunidad y en referencia.
Ahora quizás la pregunta ya no sea únicamente qué puede hacer el Ayuntamiento por los barrios.
Quizás la gran pregunta sea si el municipio está preparado para entender que la ciudadanía ya no quiere solo ser escuchada. Quiere formar parte de las decisiones.
Como vecino del casco, me planteo una pregunta: ¿y la asamblea en el casco… pa’ cuándo?
Porque si escuchar a la ciudadanía consiste en recorrer los barrios, tomar nota de sus necesidades y explicar proyectos de futuro, también toca preguntarse cuándo le llegará el turno al casco histórico.
Porque el casco también tiene vecinos, problemas, inquietudes y propuestas. También necesita ser escuchado.
Quizás no tenga el mismo músculo asociativo que otros barrios ni la misma capacidad de presión vecinal, pero eso no significa que no exista una realidad que atender. El casco necesita una reflexión seria sobre movilidad, aparcamientos, vivienda, comercio, convivencia y modelo de ciudad.
Porque, al final, no se trata solo de gestionar el presente, sino de decidir qué casco queremos dentro de diez o quince años: un casco pensado para vivir, convivir y mantener actividad sin perder su esencia.
Y también hace falta encontrar equilibrio. Equilibrio entre actividad y descanso, entre dinamización y calidad de vida, entre atraer gente y seguir cuidando a quienes viven allí cada día.
Porque un casco vivo no es el que más ruido genera, sino el que consigue que vecinos, visitantes y comerciantes puedan sentirse cómodos compartiendo el mismo espacio.
La participación real también consiste en escuchar a quienes quizás hacen menos ruido, pero igualmente forman parte del municipio.
Quizás el reto no sea hablar más de participación, sino extenderla de forma real a todo el municipio.
Moisés Rodríguez Gutiérrez
































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