
La casa de mi infancia se encuentra en la calle de Los López, en Arucas. Y ahí sigue en su eterna lucha y sempiterna conquista. Desconocemos quién la habita ahora. Seguramente ya no será como la que vivimos un tiempo que ya resulta extraño y lejano.
En ella había una especie de trastero en lo bajo de la escalera que conducía a la vivienda donde guardaba tesoros que el tiempo ha ido desperdigando en sucesivas etapas y alguna que otra mudanza. Creo recordar que contaba con dos cajas, de las que ofrecían camisas nuevas, en las que recogía las riquezas de aquella etapa tan distanciada de mi vida de ahora, en la que todo resuena de otra manera y ya el ruido de entonces se ha ido desvaneciendo como un azucarillo en el café. Por no recordar ni sé lo que contenían; bueno, sí, caudales y trofeos, como los coches que vendía Clarita Almeida a 15 pesetas, que no me gastaba el domingo, pues era la paga asignada, para el lunes poder comprar el auto de Machtboox, fabricado en Inglaterra, mucho antes de la utilización del plástico como sustituto del metal, que ofrecía a sus clientes. O sea: que aguantaba el domingo para el lunes poder adquirir el coche elegido. Así me hice con una colección particular que el tiempo ha diluido convenientemente. Ni ya soy el muchacho de aquellos momentos, felizmente, ni los acontecimientos vividos en su día sirven para señalar.
Inexorablemente el tiempo ha ido destruyendo las hazañas de una fortuna que, escondida en los viejos vericuetos de la memoria, ha servido, en estos instantes, para recordar una etapa que el inevitable paso de la mirada detenida ha ido endulzando. Que los caudales guardados estuvieran debajo de una escalera viene a significar que su desaparición estaba marcada, pautada debidamente. Y eso no es solo un valor en sí mismo, sino que cada época tiene su historia en la que todo se desvanece como por arte de magia siempre presente.
Y como su desaliento no se detiene, ni falta que hace, sigue su trayectoria de quemar caminos y etapas vividos convenientemente. Por eso, hoy, cuando recordamos, no lo hacemos para que la nostalgia nos invada, sino para saber que lo importante ahora es el presente, el aquí en el que estamos de una existencia vivida.
Y caminada.
Juan FERRERA GIL

































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