Ilussia (El Tránsito por la Ilusión)
La ignorancia es más peligrosa que la maldad.
Sé que es una generalidad con sus grises, pero por los tiempos que corren los únicos tonos grises que se vislumbran son los de las nubes a punto de descargar.
El sábado, en la Feria del Libro de Arganda del Rey, tuve el placer de estar firmando un poemario entre los que estuve galardonado con un premio, pero lo que jamás esperé encontrar fue cierta omisión por la poesía como la que vi, de la mano de la propia gente que vendía el ejemplar. De la editorial. Fue tan impasible escuchar «Oye, tú que eres profesora de lengua, seguro que te encantará este ejemplar de El Regreso de El Principito», estando al lado un ejemplar de un poemario sobre el cual has hecho un concurso —y entiendo te interesa mover— por un libro que ni siquiera es del autor original de la materia prima.
¿Por qué esos palos a la poesía? También conozco de buena tinta de otros editores y empresarios de literatura que gestionan librerías, cuyo único amor por la poesía es conseguir contactos de gente para inflamar ventas, ego, y algún que otro miembro cavernoso de fama.
¿A esto se reduce hoy La Poesía? ¿A sacrificar a autores en el matadero sin importar su trasfondo, lo que desean expresar?
La ilusión de un escritor, sea poeta u otro estilo, se ve reflejada en lo que escribe, y que, habiéndole dado la oportunidad, no sea más que una lápida más en un cementerio de olvidos solo me indica la decadencia de los números. Por otro lado, comprendo esos números, su rentabilidad; pero no estoy criticando el beneficio austero de lo invertido, sino el abuso de la obra y los autores hasta que del exprimidor no queden más que lágrimas de rabia por el tránsito de una ilusión que muchas veces complicadamente regresa.
Hay autoras y autores que he conocido en Madrid y Canarias que, pese a que no me guste todo lo que escriben, o cómo gestionan sus movimientos en estos lares, merecen mucho más que la trata de basura que se les hace, bien provenga de editores infames y categorizados a sí mismos de Adalides de la Literatura, cuando no saben ver la propia basura que les devuelve su mirada frente al espejo, bien de estafas maquilladas con una falsa sonrisa y un contrato bajo la mesa.
Más que nunca logro comprender por qué la inmensa mayoría prefieren gestionar sus ventas, sin dejar de lado sus principios, valorando su material y ofreciéndolo a quien verdaderamente desee leerlo y no tenerlo muerto de risa en un estante, cogiendo más polvo que la humanidad de aquél editor.
Ángel Manuel Chavarría López


































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