Hay mucho más de lo que se ve

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]Vivimos rodeados de una tranquilidad aparente que, a fuerza de repetirse, empieza a parecer verdad. Las calles siguen abiertas, los comercios levantan sus persianas, las instituciones publican sus balances, las redes se llenan de fotos amables y los discursos oficiales insisten en que avanzamos, en que mejoramos, en que todo está bajo control. Y, sin embargo, basta apartar un poco la cortina para descubrir algo inquietante: debajo de lo visible, debajo de la normalidad que se exhibe, hay una realidad mucho más dura, más injusta y más silenciada de lo que demasiada gente quiere admitir.

 

Ese es el gran problema de nuestro tiempo: no solo lo que ocurre, sino lo que se consigue ocultar.

 

Porque hoy no hace falta censurar de forma brutal para que una verdad quede apartada. Basta con saturar de ruido. Basta con llenar el espacio de titulares fugaces, de polémicas rápidas, de propaganda, de entretenimiento constante y de una rutina tan agotadora que apenas deje fuerzas para mirar más allá de lo inmediato. Así se fabrica una sociedad cansada, distraída y, muchas veces, resignada. Una sociedad que termina viendo solo la superficie y acostumbrándose a no preguntar qué hay debajo.

 

Pero debajo hay mucho.

 

Debajo de una ciudad que presume de modernidad hay barrios que siguen esperando dignidad. Debajo de los buenos datos económicos hay familias enteras que viven con miedo al final de mes. Debajo de las campañas sobre progreso hay jóvenes que no pueden emanciparse, mayores que envejecen solos, trabajadores que encadenan esfuerzo sin llegar nunca a una sensación mínima de estabilidad. Debajo de la foto bonita del escaparate hay demasiada gente sosteniendo la realidad con un desgaste que casi nadie reconoce.

 

Nos hemos acostumbrado a convivir con una forma de injusticia que ya casi no escandaliza porque se ha vuelto paisaje.

 

Nos hemos acostumbrado a que haya personas invisibles. Invisibles no porque no existan, sino porque hemos decidido mirar hacia otro lado. Invisibles quienes limpian, quienes cuidan, quienes cargan, quienes esperan una vivienda, quienes sufren una enfermedad sin comprensión social, quienes viven en la periferia del foco institucional, quienes sobreviven en silencio sin fuerza siquiera para hacer ruido. Invisibles también quienes cargan con discriminación, con soledad, con precariedad emocional o con un cansancio que no cabe en ninguna estadística.

 

Y lo más grave es que muchas veces solo reaccionamos cuando el problema estalla. Cuando hay tragedia. Cuando hay muerte. Cuando hay escándalo. Cuando la realidad se vuelve ya imposible de disimular. Entonces llegan las declaraciones, los gestos de preocupación, las promesas urgentes, la compasión rápida. Pero incluso eso, demasiadas veces, dura poco. Lo justo para tranquilizar conciencias. Lo justo para que el ciclo siga.

 

Nos falta valor para mirar de frente.

 

Mirar de frente significa aceptar que no todo lo que luce funciona. Que no todo lo que se inaugura mejora la vida real. Que no toda estabilidad es justa. Que no toda calma es salud. A veces lo que parece orden es simplemente silencio impuesto por el cansancio. A veces lo que se vende como convivencia es solo distancia contenida. A veces lo que se llama progreso deja demasiados cuerpos atrás para merecer ese nombre.

 

Hace falta abrir los ojos. Pero abrirlos de verdad.

 

Abrir los ojos significa dejar de consumir la realidad como si fuera un espectáculo ajeno. Significa entender que lo que no se ve también nos define. Que una sociedad no se mide solo por lo que exhibe, sino por lo que tolera en la sombra. Se mide por cuánta desigualdad acepta sin rebelarse. Por cuánta hipocresía institucional soporta sin exigir más. Por cuánta miseria emocional, económica o humana es capaz de normalizar antes de sentir vergüenza.

 

Porque sí, también hay una vergüenza colectiva en acostumbrarse demasiado.

 

Vergüenza en mirar a los lados y fingir que no pasa nada. Vergüenza en hablar de comunidad mientras se deja a tanta gente sola. Vergüenza en repetir que vamos bien cuando hay vidas enteras sostenidas con alfileres. Vergüenza en tratar el sufrimiento como una cifra, como una categoría administrativa o como una noticia que dura unas horas antes de ser sustituida por la siguiente.

 

No se trata de instalarse en el derrotismo. Tampoco de convertir la denuncia en un ejercicio vacío de rabia. Se trata de algo más serio: recuperar la conciencia. Recuperar la capacidad de incomodarnos. De no aceptar como normal lo que no debería ser normal. De no permitir que la costumbre vuelva decente lo que en el fondo sigue siendo indecente.

 

Hay mucho más de lo que se ve.

 

Mucho más dolor del que se cuenta. Mucha más soledad de la que se admite. Mucha más precariedad debajo de las palabras correctas. Mucha más gente pidiendo ayuda sin saber ya cómo pedirla. Mucha más injusticia escondida detrás del orden aparente. Mucha más verdad detrás de las fachadas.

 

Y por eso hace falta decirlo alto.

 

Hace falta incomodar. Hace falta romper el decorado. Hace falta negarse a seguir viviendo en una sociedad que se emociona rápido, pero mira poco; que opina mucho, pero entiende poco; que presume de sensibilidad mientras sigue apartando de su vista todo lo que perturba el relato de la normalidad.

 

Abrir los ojos no es un gesto simbólico. Es una obligación moral.

 

Porque una sociedad empieza a perderse no cuando deja de ver, sino cuando deja de querer ver. Y quizá el mayor peligro de todos no sea la oscuridad de lo que ocurre, sino la comodidad con la que tantos han aprendido a caminar a su lado sin detenerse.

 

Vidal Bolaños Betancort

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.223

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.