El kiosco, Juan FERRERA GIL“Yo no sé si el kiosco (¿o quiosco?) que he montado en el lugar sirve para algo.
Por lo pronto me ayuda a vivir en esta Roma vertiginosa, contaminada y apabullante. Y digo apabullante porque no sé a qué viene tanta destreza con el coche si apenas hay espacio para circular: ya no hay espacio ni para las motocicletas. Compiten los coches con las motos en una apretada lucha por el espacio. De momento, aquí sigo y este tiempo que me ha regalado la ciudad es tan mío como de ustedes. Ya sé que no me haré rico, pero, al menos, dispongo de un rato ciudadano, y entretenido, que me ayuda a vivir. Y no porque ofrezca muchas cosas, sino porque, acaso, la existencia tiene valor en sí misma. Nunca imaginé que pudiera llegar a tanto. En mi país no pude y Roma me ha devuelto las ganas de vivir y sentir intensa y nuevamente. Que dicho así parece poca cosa; sin embargo, no lo es. Para nada.
La vieja y entrañable ciudad eterna parece renovarse constantemente y, a pesar de la algarabía que provocan sus habitantes, nunca se presenta cargante ni misteriosa. Ni llega a destrozar las medias verdades de la inmigración. Bulos hay en todos los sitios. Y esta ciudad complicada y saturada de coches encuentra su sitio en las palabras de los guías que nunca desmerecen: hablan de otro tiempo, sí. Por eso sigo aquí: refrescando la vida de ustedes: turistas o no. Y eso que tuve la oportunidad de ir más lejos. Sin embargo, aquí me quedé y, ahora, no me arrepiento. Es verdad que mi país queda muy lejos, pero no es menos cierto que aquí he sentido por primera vez la estabilidad y, a pesar de este gobierno de ultraderecha, que da una de cal y otra de arena, me deja vivir.
Así que Roma es mi ciudad. En ella me he sentido persona de nuevo y, aunque no pago todos los impuestos, me sitúo en el lado correcto de la Historia. Así lo quiero creer. Y siento que no voy mal encaminado. Dentro de poco regresaré de visita a mi lejano país. Allí dejaré dinero para mis seres queridos. Pero siento que ya no pertenezco a ese lugar de nacimiento. Regresaré pronto. Porque aquí, al lado de ese kiosco me he reencontrado con la vida y he dado, por fin, con mi lugar, con mi futuro de inmigrante aceptado y, hasta cierto punto, querido. Quiero creer que no perderé la oportunidad esta vez.
Por eso lucho y me desvivo. Como cualquier hijo de vecino y romano. Por aquello de la cercanía.”
Juan FERRERA GIL

































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