Eulalio J. Sosa GuillénEn la calle Drago, según se bajaba o subía al populoso barrio de La Montaña, el caminante se tropezaba, no hace mucho tiempo, con un canal de regadío a cielo abierto. El caudal era aprovechado por las mujeres de la zona para hacer la colada ante la falta de agua de abasto en el hogar, evitándose así el arduo y fatigoso acarreo.
La chiquillería, menos pragmática que las lavanderas, botaba, pasados unos metros, en el agua jabonosa, balandros muy marineros y toscos cargueros improvisados con latas de sardinas, que iban a varar sin remedio a la cantonera de mampostería que en Gáldar llamamos tronera. La arraigada obra hidráulica consta de dos grandes bandejas superpuestas, y por sus bocas salen rayos de agua plateada, formando el conjunto una bella fontana que apaga la sed de los infinitos platanales de la costa y en menor medida la de los huertecillos de subsistencia de hace unas décadas.
Si el caminante, que baja o asciende según su gusto, detiene su paso y observa a cierta distancia, puede ver que no solo cae el agua en cascada, sino que otra parte discurre canalizada por unos enormes tubos de cemento que descienden casi perpendiculares de la batea superior a la inferior, dando a la obra un aire de órgano de catedral en medio de la calle Drago.
Fue en el acuoso hábitat de la tronera, sobre el lecho de légamo y entre pequeños pretiles cubiertos de lamas oscuras, donde descubrí a la mujer, mientras una nubecilla de gupis serpenteaba en la corriente. Ella, algo añosa —no más de cincuenta y cinco años—, parecía una náyade un poco mustia. La sorprendí, esa primera vez, refrescándose los pies; después se aseó las piernas y, por último, pasó un trapo húmedo por los carnosos muslos. Era una señora voluminosa, sin caer en la obesidad, de rostro triste, como el de la actriz Anna Magnani, y al atusarse los cabellos negros mostraba un desparpajo parecido al de la folclórica Lola Flores. Acabó por hacerse un abultado rodete que imitaba las hebras de una gran nana de cocina, cayéndole ligeramente sobre el cogote, y se perdió calle abajo alejándose cada vez más de la musicalidad de la tronera y el croar de las ranas.
No siempre, al pasar, tenía la suerte de tropezarme con la Magnani en medio de los sonoros caiderillos. A veces, la niñada tomaba por asalto la tronera en busca de pececillos de colores que iban a parar a una rudimentaria pecera: garrafones verdosos y damajuanas de estrecha boca. En ocasiones hallaba el lugar casi desierto, con solo un perro vagabundo lamiendo el agua. Pero, si era afortunado, gastaba un minuto contemplando la felicidad de mirlos, abubillas y alpispas, que se acicalaban el plumaje mientras revoloteaban coloridas libélulas. Aun sin encontrar a la añosa náyade, me iba del lugar feliz: un pañuelo de mano o una blusa floreada, abandonados sobre uno de los tubos de cemento, cual tendedero improvisado, me hablaban de su estancia sin necesidad de verla.
Un conjunto de preguntas comenzó a gotear en mi cabeza sin que pudiera contenerlas: ¿quién era aquella mujer?, ¿de dónde venía?, ¿cuál era su pasado más inmediato?, ¿por qué había recalado en el pueblo? No podía vincularla al grupo social que practicaba la mendicidad, pues nunca la vi pedir. No era una mujer de vida alegre, ya que no la perseguían reconocidos casanovas ni molestos donjuanes. Paseaba por las calles con la majestad de quien va al cine o regresa a media mañana del mercado, siempre sola y ligera de equipaje.
Recién cumplida la mayoría de edad, con apenas diez duros en el bolsillo, me ocurrió algo parecido a lo que decía don Santiago Ramón y Cajal: que donde más a gusto se sentía era en el café. En el establecimiento regentado por Santiago Moreno se reunía, en desenfadada tertulia, una variopinta fauna de gremios: albañiles, mecánicos, ayudantes de farmacia y, en ocasiones, hasta el farmacéutico jefe. A veces aparecía un afamado arqueólogo que probablemente venía de alguna excavación en Guayedra o de la cercana Cueva Pintada, vestido de riguroso caqui. En el velador del centro apuraban la tarde dos jubilados, Vicente, alias el Lancha, y Antoñito Reina. Muy guasón, le decía yo al camarero por lo bajo que aquellos dos entrañables clientes iban a ser los próximos diputados a Cortes por la circunscripción del Café de Santiago Moreno. En medio de una nebulosa de humo de tabaco y del chocar de los vasos en el fregadero, entre el ir y venir de los clientes —Álamo el boxeador, Manolo el Bola y Pepe el Turri con unos libros de Federico García Lorca y Benito Pérez Galdós bajo el brazo—, surgía enigmática y triste la figura de la Magnani. El tono de las conversaciones se volvía entonces más discreto y las expresiones picantes iban desapareciendo.
La mujer tomaba asiento en el último velador y hojeaba durante unos minutos el periódico de la casa. Se detenía en la sección deportiva y hacía especial hincapié en la columna de Luis García de Vegueta, de quien yo era asiduo lector. Entonces, el camarero se le acercaba con un café con leche, un cruasán o un bocadillo. Después del ágape, doblaba sus gafas de montura de mariposa, las guardaba en el bolso hatillo y se marchaba con la elegancia serena de una faraona.
Yo me sentía ancho y satisfecho al comprobar cómo alguien de los presentes había abonado discretamente la consumición de la mujer. Aquel grupo de hombres, aparentemente rudos, actuaba en secreto, desinteresadamente. No observé en ninguno miradas obscenas ni comportamientos inapropiados, pese a la tosquedad de muchos; antes al contrario.
Un buen día desapareció la Magnani de la tronera y del Café. Pasados unos meses, alguien comentó que era la mujer de un capitán de artillería, que había perdido un niño, sin que yo pudiese enterarme de si en mortal accidente o cruel enfermedad. Según se dijo, la desdichada entró en un estado de enajenación mental. Abandonó al marido, el confort de la casa y el surtido economato, y echó de la casa con grandes gritos al pobre asistente. ¿Quién sabe si, de pueblo en pueblo, entre los niños, buscaba las risas del suyo?
Hace unos días pasé junto a la tronera, ya remozada. Los muros, enfoscados y pintados, muestran una cartela que indica su historia. Una diminuta plaza, con un banco público, invita a la meditación. Y, sin saber cómo, me acordé de los peces y las libélulas, del cieno del fondo y de la mujer del capitán. En un acto inconsciente tomé entre mis manos un puñado de agua que se perdió entre las rendijas de los dedos y, asustado, vi cómo el agua se me escapaba entre las manos, y comprendí que todo pasa y nada queda, hasta que un soplo de aire termina con todo.
Eulalio J. Sosa Guillén






























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