Gallo
Hay sábados que son todos los sábados. Que contienen, sin proponérselo, la materia completa de una vida.
Este fue uno de ellos.
Me levanté. Tomé café. Leí. Me cambié y fui a La Recova. Al puesto de pescado. A comprar gallo.
Tenía catorce años, quizás quince, cuando empezó la costumbre. Cada sábado, temprano, salía en bicicleta hacia Gáldar. Entraba pedaleando por la calle Larga, pasaba entre la Plaza y la Iglesia, ese corredor que en las mañanas de invierno huele a piedra y sombra, continuaba por la calle Guayres, bajaba por el colegio Fernando Guanarteme y llegaba a casa de Esperanza, mi profesora de piano. La clase comenzaba a las ocho en punto.
Durante una hora nos sumergíamos en las escalas, los estudios, la sonata, las obras barroca, romántica, española, contemporánea. Aprendí que tocar el piano no es reproducir notas sino repetirlas hasta que las manos las saben solas. La memoria muscular, la llaman: lo que uno ha hecho muchas veces queda guardado en algún lugar más hondo que el recuerdo.
Al terminar, antes de emprender el regreso, pasaba por la Recova y compraba mil pesetas de gallo. El puesto lo regentaba entonces un hombre con una habilidad fascinante para desescamar y desentrañar el pescado. Y para limpiar los calamares. Yo era más callado en aquellos años, o quizás simplemente más observador: miraba al hombre en su faena, la variedad de especies expuestas sobre el hielo, sus tamaños, sus colores. Ese universo quieto y brillante que nunca he sabido nombrar del todo (sé algo de botánica, pero los peces se me escapan, siempre han sido criaturas de otro orden, de otro idioma). Luego volvía a casa con la mochila cargada: los libros de piano en el fondo, el gallo bien envuelto encima. Lo comíamos ese mismo mediodía, a la plancha, o empanado, con ensalada y papas.
Después, murió mi madre.
Sé lo que hice con el piano: lo cerré. Sé lo que hice con los sábados en Gáldar: los borré. No de golpe, sino como se borra todo lo que duele demasiado —por acumulación de ausencias, por costumbre del olvido. Durante casi treinta y cinco años no volví a hacer aquello. A nada de aquello. El gallo desapareció de los sábados como desaparecen las cosas que sostenía alguien que ya no está: sin anuncio, sin ceremonia. Hay pérdidas que uno registra. Y hay pérdidas que uno no sabe que ha sufrido hasta mucho después, cuando algo las nombra desde afuera.
Hace unos meses, buscando gallo —el pescado, simplemente, sin ningún peso particular en el pensamiento—, alguien me dijo que en la Recova encontraría. Fui. Compré. Regresé sin saber que regresaba.
Pero este sábado fue la revelación. Con la bolsa en la mano y el sol de media mañana ya en los adoquines de la calle. La dependiente me había entregado el pescado envuelto con el mismo cuidado de siempre —una de esas personas que hacen del comercio algo parecido al encuentro— y en ese gesto, sin saberlo ella, estaba todo: la bicicleta, la calle Larga, las teclas, la mochila, Esperanza marcando el tiempo con el dedo mientras yo repetía el pasaje hasta que los dedos lo supieran solos.
Pero el puesto no es el mismo. El hombre que me atendía entonces ya no está. Ahora hay una mujer, y el espacio me parece más pequeño, o que yo lo recuerdo más grande de lo que fue. Treinta y cinco años. Otro puesto. Otra persona. El mismo gallo.
Y yo: el mismo, supongo, aunque ahora con canas, más peso, más años encima. Igual que el puesto. Igual que el gallo, que es siempre el mismo pez y siempre otro, capturado en otro mar, en otro día, por manos que no conoceré nunca. El piano cerrado durante treinta y cinco años sigue siendo un piano. Las manos que no tocan no olvidan del todo.
Antes era el hijo que llegaba con el pescado porque su madre lo esperaba. Ahora soy el padre que compra para su pareja y su hijo. En el medio: el largo paréntesis del duelo, esos treinta y cinco años sin Recova ni sábado con ese peso específico. Como si parte de la costumbre hubiera sido enterrada con ella y solo ahora, sin buscarlo, hubiera empezado a desenterrarse sola.
Lo comimos ese mediodía. Olga, Bruno, yo. A la plancha, con ensalada y papas arrugadas. Pero mientras lo preparaba, con el olor del pescado llenando la cocina, pensé que ese olor era el mismo de siempre. Y que en algún lugar que no existe pero que uno necesita imaginar, una madre aún espera a que su hijo llegue del mercado, felicísimo, con mil pesetas de gallo en la mochila.
Javier Estévez






























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