Querida nieta

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Querida nieta:
 
Una vez más hago un intento por escribirte, por contarte cosas, aunque a veces no sé qué te quiero contar. Es posible que tú seas mi excusa para echar para afuera todo lo que me angustia, todo lo que me preocupa, que te utilice para hacer lo que presuntuosamente llamo literatura. 
 
Te sorprenderá esta forma de dirigirme a ti, que nadie usa por desfasada y anacrónica, pero es en la que me siento más cómodo para expresar mis ideas.
 
Déjame explicarte que en este país nuestro hubo una guerra cruenta, como son todas las guerras. Pero la que sucedió aquí lo fue mucho más, porque se enfrentaron españoles contra españoles, hermanos contra hermanos. Duró tres largos años. A los que la padecieron les pareció siglos. 
 
Quiero que sepas que hubo primero un golpe de estado promovido por una serie de generales que se alzaron en armas contra un gobierno legítimo salido de las urnas. Pensaban los alzados que iba a ser cuestión de pocos días; que, una vez prendida la chispa, todas las guarniciones los secundarían. La realidad no fue así. Todas no se sublevaron, muchas permanecieron leales a la República y por eso, lo que iba a ser solo un golpe de estado, derivó en una larga y costosa guerra que tantas desgracias ocasionaría.
 
Es cierto que el ambiente estaba cada vez más enrarecido, más violento. Era tan solo cuestión de tiempo que los unos y los otros se enfrentaran entre ellos, pero fueron los generales alzados los que prendieron la mecha, los que hicieron que todo saltara por los aires.
 
Y, como en todas las guerras, hubo ganadores y perdedores. Y los perdedores pagaron un alto precio tras su derrota, porque la represión que les aplicaron fue brutal y muy larga en el tiempo: una dictadura que se prolongó a lo largo de cuarenta años, como si de un castigo divino se tratara.
 
Quiero que sepas, además, que desde que estalló la guerra hasta el momento actual han pasado 90 años, ¡casi un siglo!, y aún no se han terminado de cerrar todas las heridas de aquella contienda. A día de hoy seguimos enfrascados en una permanente disputa por los hechos sucedidos en aquel entonces. Esto es lo malo de las guerras, que nunca terminan del todo. Unos y otros se siguen culpando entre ellos, dejando secuelas que se prolongan por tiempo indefinido. No hemos sido capaces de hacer borrón y cuenta nueva. No hemos sabido sacudirnos los recuerdos, no nos hemos puesto de acuerdo para grita juntos: ¡Nunca más! Sé que se antoja una empresa muy difícil, pero debemos superar de una vez y por todas nuestras diferencias. Tenemos que lograr que nuestros bisnietos  no crezcan con esta enorme losa a sus espaldas para que afronten el futuro sin los traumas que vivieron sus bisabuelos y sus abuelos.
 
Querida nieta: tú tienes el derecho y el deber de saber lo que ocurrió, no podrás vivir ignorándolo. Para encarar el futuro hay que conocer el pasado. 
 
No trato, nunca lo haré, de contarte una versión sesgada. No fue una historia de buenos y malos. Eso lo dejamos para ilustrar los cuentos infantiles. Se trata de que, dentro de unos años, conozcas los hechos, los estudies y los juzgues por ti misma. Espero fervientemente que así sea porque a veces me entran dudas al respecto. Los jóvenes de hoy día no conocen, o tienen una muy vaga idea sobre lo que sucedió. Ha habido cierta dejación por parte de las autoridades educativas a este respecto.
 
Tu generación tiene el deber de abordar esta parte de la historia sin cortapisas, sin hacer lecturas sesgadas, porque no se puede seguir contándola como si todos fuéramos culpables, opinando que todos perdimos las guerra, que todos la sufrimos por igual. Tengo que decirte que no fue así, querida nieta, que la guerra, todas las guerras, las pierden siempre los mismos: los humildes, la clase trabajadora, los pobres. Los poderosos siempre se apuntan al bando ganador. Así ha sido a lo largo de los siglos, en todos los sitios y en todas las épocas desde que el mundo es mundo.
 
Querida nieta: soy consciente de que tan solo cuentas con ocho años, pero sé que dentro de unos pocos más tendrás que poner atención a lo que te expliquen en la escuela. Espero que no te cuenten los hechos históricos como se nos contó a nosotros: como si se hubiera tratado de una cruzada, de una guerra santa, de una causa religiosa. 
 
Las guerras, todas las guerras, querida nieta, se libran por intereses económicos. No hay guerras santas; no hay guerras justas, no existen guerras entre buenos y malos. Esos son cuentos que hasta ahora les ha venido bien a los narradores que han contado la historia. Cuídate de ellos. Busca, investiga, piensa por ti misma, averigua los verdaderos motivos, no te dejes llevar por el rebaño.
 
Ya te lo dije una vez y te lo vuelvo a repetir hoy: este mundo no es el que yo había imaginado para ti. No sabes cuánto lo siento. No sabes cuánto siento que los inmensos adelantos técnicos de los que gozamos hoy día no nos sirvan para vivir mejor y ser más felices. Cuánto siento que  estén en manos de unos cuantos que los usan para favorecer intereses espurios. Cuánto siento que tú, tan inocente, tengas que enfrentarte a la selva que han creado para ti y para los de tu generación.
 
Ojalá que a pesar de todas estas cosas funestas que te estoy contando, seas feliz, tanto como lo has sido hasta ahora y que yo me equivoque en mi diagnóstico. Ojalá que sea tan solo un mal producto de mi mente desbordante, de mi inaceptable vejez, de mis lecturas. 
 
Ojalá que nunca se borre por ningún motivo la risa de tus labios, la alegría de tu rostro, las ganas inmensas de vivir que afloran por todos y cada uno de tus poros.
 
Ojalá que el mundo, tu mundo de mañana, cuando tus abuelos ya no estemos, sea un mundo en paz, en el que las guerras sean tan solo un vago y remoto recuerdo  diluido para siempre en el tiempo.
 
Ojalá que tu generación pueda ver cumplidos todos los hermosos anhelos de esperanza que soñaron para ella las que las precedieron. 
 
Ojalá, querida nieta. Ojalá.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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