Aquel jueves salió de Guía a mociar al vecino pueblo montado en su burra, transitando por los senderos del barranco entre tuneras indias, tartagos, tajinastes, guaidiles… Su pensamiento se recreaba recordando a la que, tarde o temprano, sería su esposa. Este enamorado iba ataviado con el terno de domingo, fino sombrero de caballero y envuelto en grato aroma a agua florida que anulaba el olor a sudor provocado por la calurosa tarde. Llevaba en una taleguilla que colgaba de la albarda de su burra, un queso tierno de los que hacía su gente, regalo para la madre de su amada.
El camino por la Vega, se le hacía largo, tanto era su deseo de llegar, animándose cuando, a la altura del viejo y ruinoso convento de Franciscanos, sonó nítidamente las cinco campanadas del reloj de la recién inaugurada Iglesia de Santiago que sobresalía, monumental y grandiosa, rodeada de casas bajas con sus huertas verdioscuras.
Juan Diego oteó el horizonte para divisar la casa de su amada, más allá de la empinada cuesta del que lleva al barrio de San Sebastián y al centro de la villa. Era una casita blanca de tejas rojas, con puertas y ventanas pintadas de verde. En su trasera, el patio: allí en unos sillones de mimbre, bajo la sombra del nispirero, platicaba con Rita cuando iba verla. Era ésta una pizpireta muchacha morena de ojos negros que gustaba lucir una flor en su moño y que se pellizcaba sus cachetes para darse color.
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Muchas veces, su futura suegra planchaba con la puerta abierta de la cocina, asomándose de vez en cuando para soplar las brasas y echarle un inquisidor ojo a la pareja que, ya sentados bajo el árbol se miraban enamorados. Otras veces se sentaba a la puerta pelando papas menúas, como decía ella.
Al fondo del patio, en un umbroso recodo, al fresco de un nicho, se encontraba la pila de agua que refrescaba y adornaba el culantrillo, destilando, gota a gota, al rojo bernegal con alegre tintineo. Colgado de un clavo, el jarro de hojalata. Ese era el espacio visitado asiduamente por los novios durante su moceo, pues al parecer, el muchacho padecía de continua sed, acompañándolo Rita a la pila varias veces, a por un jarro de agua y a por aquellos furtivos besos.
Pero esa tarde de jueves, al llegar este enamorado a la casita de su amada y al florido patio, le sorprendió la madre de Rita que salía de la cocina con un hermoso y fresco porrón colocándolo al pie de su asiento sin decir ni mu, pero con intencionado mohín en su torcida boca
¡Ay! qué ignorante la madre de la muchacha pensar que evitando ocasiones de enamorados, su hija iría sin mácula (como decía ella) al matrimonio, pues resultó que a pocos jueves, el porrón se rompió por accidente (qué casualidad) por lo que Juan Diego y Rita volvieron a la pila una y otra vez a por agua, por la inexplicable sed del muchacho, y a lo que surgiera, sin ninguna objeción por parte de la vieja, ya rendida por la inutilidad de su celo, o quizá acostumbrada al delicioso queso de cabra que comenzó a degustar todos los jueves.
Este cuento me hace pensar que es tan inútil ponerle trabas al amor, tanto como ponerle puertas al campo.
Texto e ilustraciones: Juana Moreno Molina
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