Gáldar: fe, propaganda y poder

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]En Gáldar hace tiempo que la política municipal dejó de ser solamente gestión para convertirse también en una puesta en escena permanente. La corporación ha entendido perfectamente cómo funcionan los símbolos, los sentimientos y la tradición en un pueblo donde las raíces religiosas y culturales tienen muchísimo peso. Y precisamente por eso las utiliza constantemente como herramienta política, mezclando Ayuntamiento, identidad popular y propaganda institucional hasta el punto de que muchas veces cuesta separar una cosa de la otra.
 
No se trata de atacar la fe de nadie. La religión y las tradiciones forman parte de la vida de muchísimas familias y merecen respeto. El problema empieza cuando desde el poder se usan esos sentimientos colectivos para reforzar una imagen política concreta, para construir un relato donde el Ayuntamiento aparece siempre como protector, protagonista y casi dueño de la identidad del municipio.
 
En Gáldar cualquier acto religioso importante termina rodeado de cámaras, discursos institucionales, publicaciones oficiales y una presencia política constante que muchas veces parece más enfocada al autobombo que al respeto por la propia celebración. Todo se convierte en escaparate. Todo acaba sirviendo para alimentar la imagen de una corporación que lleva años confundiendo cercanía con control absoluto del relato público.
 
La estrategia está muy trabajada y además les ha funcionado durante mucho tiempo. Han conseguido construir una sensación de continuidad emocional entre tradición, pueblo y gobierno municipal. Como si cuestionar determinadas formas de hacer política fuese casi cuestionar al propio municipio. Y ahí está precisamente una de las mayores trampas: convertir la crítica política en una especie de ataque sentimental al pueblo para blindarse frente a cualquier debate serio.
 
Mientras tanto, la realidad diaria de mucha gente sigue siendo bastante menos bonita que las fotos oficiales. Hay barrios con sensación de abandono, problemas de movilidad, falta de oportunidades para jóvenes, dificultades para acceder a vivienda, espacios públicos mejorables y una creciente percepción de que el Ayuntamiento dedica demasiada energía a cuidar la imagen y demasiado poca a afrontar ciertos problemas de fondo.
 
La política municipal se ha convertido en una maquinaria perfectamente engrasada de presencia constante: inauguraciones, actos, homenajes, celebraciones, campañas visuales, publicaciones institucionales casi diarias y mucho reparto de medallas. Todo tiene que girar alrededor de la corporación. Todo debe proyectar la idea de estabilidad, cercanía y control. Pero detrás de esa imagen cada vez hay más vecinos cansados de una política basada en el espectáculo permanente y en el culto institucional a la propia gestión.
 
Y ahora la maquinaria ya trabaja claramente en el relevo político de cara a 2027. Todos saben quién es el heredero asignado a candidato, el alcalde a la sombra que lleva tiempo siendo colocado en primera línea como futuro candidato oficial. El problema es que cuanto más intentan construir esa imagen, más artificial parece todo.
Se le ve incómodo muchas veces, rígido, forzado en determinados actos públicos, como alguien que todavía no termina de encajar en el personaje político que le han preparado. Hay apariciones donde parece más preocupado por cumplir el papel que por transmitir autenticidad. Y eso la gente lo nota.
 
Porque una cosa es heredar una estructura política consolidada y otra muy distinta transmitir liderazgo real. Hay personas que llenan espacios por presencia propia y otras que simplemente ocupan un lugar previamente diseñado por otros. En este caso, muchas veces da la sensación de estar viendo una candidatura fabricada desde dentro del aparato institucional, moldeada cuidadosamente para garantizar continuidad antes que renovación.
 
Todo parece excesivamente calculado: la exposición pública, las apariciones constantes, el tono, las fotos, la presencia en actos religiosos y tradicionales. Como si el objetivo fuese repetir exactamente la fórmula que tan bien le ha funcionado al actual grupo de gobierno durante años. Pero cuando una imagen política se fuerza demasiado, termina perdiendo naturalidad.
 
Y ahí aparece también uno de los grandes problemas de fondo: la sensación de que el Ayuntamiento se ha convertido en una estructura diseñada para perpetuar un modelo político concreto más que para abrir espacios nuevos de debate o renovación. La institución termina girando alrededor de sí misma, alimentando constantemente una imagen de estabilidad que muchas veces sirve más para proteger el poder que para mejorar realmente la vida diaria de los vecinos.
 
Porque gobernar no debería consistir en monopolizar la representación emocional del pueblo. No debería basarse en convertir cada tradición en una plataforma política ni en utilizar constantemente la maquinaria institucional para reforzar liderazgos personales o sucesiones previamente decididas.
 
Muchos vecinos empiezan a estar cansados de tanta escenografía. De tanta política convertida en ceremonia permanente. Mucha foto, mucha presencia institucional, mucha emoción colectiva cuidadosamente utilizada… pero poca autocrítica y poca capacidad para aceptar voces incómodas o críticas reales.
 
En cualquier democracia sana debería existir espacio para cuestionar al poder sin que automáticamente se interprete como un ataque al pueblo o a sus tradiciones. Y en Gáldar esa línea cada vez parece más difusa. Porque cuando política, identidad y aparato institucional se mezclan constantemente, el debate público termina condicionado por la emoción y no por la gestión.
 
Gáldar merece una política menos obsesionada con la imagen y más centrada en resolver problemas reales. Menos dependencia del simbolismo y más valentía para afrontar los retos cotidianos del municipio. Y sobre todo merece decidir su futuro sin sentir que todo está diseñado de antemano dentro de la misma maquinaria política de siempre.
 
Porque al final el verdadero miedo de quienes llevan tantos años controlándolo todo no es perder unas elecciones. El verdadero miedo es que la gente empiece a mirar detrás del decorado, deje de confundirse entre tradición y propaganda, y descubra que después de tanta ceremonia, tanta foto y tanto discurso emocional, quizá lo que faltó durante años fue precisamente lo más importante: una política libre, humilde y capaz de aceptar que ningún poder local debería sentirse dueño eterno de un pueblo.
 
Guayarmina Guanarteme
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