Microrrelatos. Turno de noche

Una presencia inquietante y un pasado oculto emergen durante una noche de guardia en el hospital.

Olga Valiente Miércoles, 20 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Nazario llevaba tres turnos diciendo lo mismo:

 

—Hoy también vendrá.

 

La primera vez le sonreí con paciencia. La segunda, anoté «paciente desorientado». La tercera… dejé de escribir.

 

Lo que empezó siendo un simple comentario, acabó convirtiéndose en algo completamente inesperado.

 

El olor de su habitación adquirió un matiz diferente. Como flores marchitas olvidadas en un jarrón. Sus constantes seguían estables, demasiado para alguien que llevaba días apagándose. Tenía 91 años y en su mirada se notaba que ya no le quedaban fuerzas.

 

Aun así, seguía hablando con voz suave y tranquila.

 

—Ha vuelto —susurró.

 

—¿Quién, don Nazario?

 

—La mujer del vestido—contestó.

 

Un escalofrío se adueñó de mi espalda. No le di importancia. Todas sabemos que el cansancio favorece la sugestión.

 

—Aquí no hay nadie —respondí.

 

Le agarré la mano y revisé el suero. Todo en orden.

 

—Siempre está por aquí —continuó—. Observando.

 

Miré hacia donde dirigía su mirada, pero todo estaba vacío. Sin embargo, durante un segundo, tuve la sensación de que había algo denso ocupando aquel espacio.

 

—Intente descansar.

 

Asintió, pero antes de cerrar los ojos murmuró:

 

—Hoy está más cerca.

 

Le di las buenas noches y salí de la habitación.

 

Antes de llegar al control de enfermería, sonó el timbre. Era él.

 

Volví a la habitación con una presión adueñándose de mi pecho. Al llegar, el timbre estaba apagado. Apoyé la mano en el picaporte y abrí.

 

—¿Don Nazario?

 

No respondió. El monitor seguía igual pero el olor era ahora más intenso, más presente. Entré despacio.

 

—Está detrás de usted —susurró don Nazario—.

 

Las luces de la habitación comenzaron a parpadear.

 

No me giré. No podía.

 

—Por fin te encuentro…

 

Aquella voz, suave, cálida, susurrando en mi oído, como si me conociera.

 

—¿La ve? —preguntó don Nazario.

 

Negué con la cabeza tratando de auto convencerme de que lo que estaba sintiendo no era real.

 

El monitor avisó de su partida: don Nazario se marchó y me dejó sola en aquella habitación en la que todo dejó de girar en torno a él para hacerlo en torno a mí.

 

—Ese olor… —dije.

 

En mi mente afloró un recuerdo que llevaba muchos años evitando y, al girarme, pude verla reflejada en el cristal de la ventana. Estaba detrás de mí.

 

El mismo vestido rojo, la misma mirada que se quedó clavada en mí aquella última vez, antes de mirar hacia otro lado.

 

La figura sonrió.

 

Me vinieron todas las imágenes de golpe: la medicación, la dosis, el error... y el miedo a todo lo que vino después.

 

Me negué a perder mi trabajo, mi nombre, mi vida… así que mentí. Firmé y seguí adelante intentando olvidar.

 

Hasta ahora.

 

—Te he esperado cada noche —añadió—, cada turno…

 

Algo frío rozó mi mano. Mis pulmones se quedaron sin aire. Mis pies volvían a estar completamente inmóviles.

 

—Me apagaste… —dijo—pero tú, te apagaste conmigo.

 

El monitor volvió a encenderse, pero esta vez marcaba mi pulso: irregular, inestable… y descendiendo.

 

Olga Valiente

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