La fe más allá de lo religioso
La fe es la confianza, seguridad o asentimiento firme hacia algo o alguien, a menudo sin necesidad de evidencias empíricas. En el contexto religioso es la "certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve", representando una entrega a Dios y a sus enseñanzas. Pero la fe, que suele asociarse de manera inmediata al ámbito religioso, en realidad es un elemento mucho más amplio y cotidiano de lo que pensamos. Vivimos rodeados de actos de fe constantes, silenciosos y necesarios. Tener fe no significa necesariamente creer sin pensar, sino confiar razonablemente en los demás para poder convivir y avanzar juntos como sociedad. Y en eso se basa la fe de los creyentes de cualquier condición y credo como pudimos ver esta semana pasada en la Plaza de Santa Ana, en el Gaudium Fest.
Cada día depositamos nuestra confianza en muchas personas. Tenemos fe en el médico que nos prescribe un tratamiento, en la maestra que acompaña el aprendizaje de nuestros hijos, en el fontanero que entra en casa para reparar una avería o en los profesionales que trabajan en los bares y restaurantes donde comemos. También confiamos en que quienes manipulan alimentos lo hacen siguiendo normas sanitarias, en que los transportes funcionan con seguridad y en que quienes ejercen su profesión lo hacen con responsabilidad. Sin esta confianza básica, la vida cotidiana sería prácticamente imposible. La sociedad se sostiene, en gran medida, sobre esa red invisible de confianza compartida.
Sin embargo, cuando trasladamos esta idea al ámbito político, la situación se vuelve más compleja. La confianza en los políticos se ha visto deteriorada con el paso del tiempo debido a casos de corrupción, abusos de poder o comportamientos alejados del verdadero servicio público. Estas situaciones generan decepción y alimentan la sensación de que la política no siempre responde al interés general. Es comprensible, por tanto, que muchas personas se pregunten si todavía es posible mantener la fe en quienes nos representan.
Pero renunciar completamente a la confianza en la política sería también renunciar a una herramienta esencial para la convivencia democrática. La política, en su sentido más profundo, no debería entenderse como un espacio de privilegio personal, sino como un instrumento al servicio del bien común. Y aunque existan ejemplos negativos, también hay personas comprometidas que ejercen su responsabilidad con honestidad, esfuerzo y vocación de servicio. Reconocer su trabajo es igualmente necesario para mantener una visión esperanzada de la realidad .
A lo mejor, la clave no esté en mantener una fe ciega, sino en cultivar una confianza responsable y crítica. Una confianza que no ignore los errores ni justifique comportamientos inadecuados, pero que tampoco caiga en el desencanto absoluto. Nosotros como ciudadanos tenemos un papel fundamental en este equilibrio: exigir transparencia, participar activamente y valorar el compromiso de quienes trabajan con responsabilidad por el bienestar común.
Tener fe en la política no significa aceptar todo sin cuestionarlo, sino seguir creyendo que es posible mejorar las instituciones y fortalecer la convivencia entre todos. La confianza no es ser ingenuos y creerse todo sin masticarlo, es una apuesta por un futuro mejor. Y mantener esa esperanza es también una forma de responsabilidad ciudadana
Como escribió Hannah Arendt: «La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres». Creer en la política, en el fondo, es seguir creyendo en la capacidad de las personas para convivir, dialogar y construir juntos un mundo más justo. Porque construir un mundo mejor es posible.
Esteban Gabriel Santana Cabrera
Maestro de Primaria






























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