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El rugido del agua: cuando la física era magia Hay que bajar a la cueva para entender la violencia del agua. La mayoría de visitantes se queda arriba, en la sala de molienda, mirando por la ventana de cristal instalada en el suelo. Desde ahí ven el rodezno girando como un tiovivo horizontal, ven el agua escapando tras golpear las cucharas de madera. Es una visión limpia, casi amable. Pero no es lo mismo. Bajar a la cueva es entrar en el vientre de una máquina antigua que lleva siglos rugiendo. El estruendo es ensordecedor. El aire huele a piedra mojada, a musgo, a madera envejecida. El suelo está siempre húmedo, resbaladizo. Las paredes son de mampostería irregular, negras de humedad. Y en el centro gira el rodezno, ese cilindro horizontal de madera que recibe el golpe del agua como si fuera un músculo vivo. Todo el sistema tiene una elegancia severa.
El agua baja por la acequia, entra al cubo, ese depósito cilíndrico en altura que sirve de acumulador de presión, y desde ahí se precipita por el bocín, una abertura estrecha que convierte el agua en chorro. Abajo, el chorro golpea las cucharas del rodezno. La rueda gira. El movimiento pasa al árbol, un eje de madera que atraviesa el edificio como una columna vertebral, hasta las piedras de moler de la planta superior. Dos piedras circulares, una fija y otra giratoria, entre las que el millo tostado se convierte en gofio. Física pura convertida en alimento. En 1517 nadie hablaba de energía renovable ni de sostenibilidad. Pero eso era exactamente lo que había allí: una máquina movida por agua, sin humo, sin carbón, sin petróleo. Una tecnología humilde y eficaz, capaz de alimentar a un pueblo entero durante generaciones.
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1926: la noche en que Firgas pudo brillar
Firgas, invierno de 1926. Ayuntamiento municipal, 22:00 horas. Francisco Pérez Ponce y Domingo Ponce González están sentados frente al alcalde. Sobre la mesa hay un expediente con planos, cálculos y presupuestos. Llevan meses preparando esta reunión. —Queremos convertir el molino en central eléctrica, dice Francisco, sin preámbulos. El alcalde parpadea. —¿Qué? —Una turbina movida por la misma agua que muele el grano. Podemos iluminar todo el pueblo. Firgas tendría luz eléctrica. Domingo despliega los planos y señala con el dedo manchado de tinta. —Aquí, donde está el rodezno actual, instalaríamos una turbina Francis. El caudal es suficiente. Los cálculos están hechos. Puede generar entre 15 y 20 kilovatios. Bastaría para alumbrado público y algunas casas.
El alcalde mira los papeles, las líneas, las cifras. Entiende menos de lo que le gustaría, pero entiende lo esencial. Mira por la ventana del ayuntamiento. Firgas sigue a oscuras. Las calles se iluminan con velas, candiles y algún farol de aceite. Arucas, Moya y otros pueblos cercanos ya han entrado en otra época. —¿Cuánto cuesta? Francisco saca otro papel. Una lista de cifras. —No es barato. Pero la inversión se recupera en pocos años. Y mientras tanto, seguimos moliendo gofio. No perdemos la función del molino. El alcalde asiente. Toma notas. Hace preguntas. Promete estudiar el proyecto. Promete hablarlo con el pleno. Promete reunirse con los inversores.
Francisco y Domingo salen del ayuntamiento con esperanza. Caminan por las calles oscuras de Firgas imaginando cómo serían con farolas eléctricas. Imaginan el molino iluminado como un faro. Imaginan a Firgas adelantándose a su tiempo. No saben que el proyecto morirá en un cajón. No saben que pasarán décadas antes de que el pueblo tenga luz eléctrica y que, cuando llegue, no será gracias al molino. El sueño de convertir el Molino del Conde en una central hidroeléctrica municipal nunca se cumplió. Los archivos no siempre explican por qué fracasan las buenas ideas, pero la época ayuda a entenderlo: falta de fondos, trámites interminables y, probablemente, intereses que preferían dejar el negocio eléctrico en otras manos.
El largo silencio: 1959-1994
Durante treinta y cinco años, el Molino del Conde fue una ruina. Los techos se hundieron. Las maderas se pudrieron. Las piedras quedaron expuestas a la intemperie. Las ortigas crecieron en el patio central. Los niños jugaban entre los escombros sin saber que estaban pisando quinientos años de historia. María Rodríguez, nacida en 1965, recuerda haber entrado allí de niña. —Era nuestro fuerte secreto. Entrábamos por un hueco en la pared. Dentro estaba todo roto, lleno de hierba. Había una rueda de madera enorme, medio podrida. A ella y a sus amigos les decían que allí se había molido el gofio de todo el pueblo, pero les sonaba imposible. ¿Cómo iba a funcionar algo así? Su generación creció sin escuchar el rumor del agua cayendo, sin oler el gofio recién molido, sin ver girar las piedras. Fueron, sin saberlo, huérfanos de una memoria colectiva. Pero en 1994 algo cambió. El Ayuntamiento compró las ruinas. Y un concejal de cultura, un arquitecto con visión y un grupo de vecinos obstinados decidieron que quinientos años de historia no podían terminar convertidos en un solar o en un bloque de apartamentos. Iban a resucitar el molino.
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1998: el día en que las piedras volvieron a cantar.
Firgas, 12 de junio de 1998. Molino del Conde, 11:30 horas. Hay unas cincuenta personas apiñadas en el patio central. Vecinos, autoridades, periodistas, curiosos. Todos miran hacia la compuerta de madera recién restaurada. El alcalde dice unas palabras sobre patrimonio, identidad y futuro. Las palabras, como casi siempre, se las lleva el viento. Lo que importa es el gesto que hace después. Levanta la palanca. Abre la compuerta. Durante un segundo no pasa nada. Luego llega el rumor. El agua viene por la acequia, después de treinta y nueve años de sequía burocrática. Entra al cubo. Cae por el bocín. Y entonces, desde la cueva, surge el rugido. El rodezno empieza a girar. Primero despacio, como si tuviera que recordar el movimiento. Después más rápido. Más. Hasta alcanzar el ritmo de siempre, ese pulso hipnótico que había marcado siglos de vida en Firgas.
Arriba, en la sala de molienda, las piedras vuelven a moverse. Alguien echa un puñado de millo tostado en la tolva. Los granos caen entre las piedras. Y de la ranura inferior empieza a salir el polvo dorado. Gofio. Después de treinta y nueve años, el Molino del Conde vuelve a fabricar alimento y memoria. María Rodríguez está entre el público. Tiene 33 años y ha traído a su hija de seis. Le señala las piedras girando. —¿Ves? Aquí tu bisabuela traía el millo. Y su abuela. Y la abuela de su abuela. La niña no entiende del todo, pero mira fascinada cómo el polvo se acumula en el saco de tela. No sabe que está presenciando una resurrección.
Juan Vega Romero
Fotos: Google





























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