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1926: la noche en que Firgas pudo brillar
Firgas, invierno de 1926. Ayuntamiento municipal, 22:00 horas. Francisco Pérez Ponce y Domingo Ponce González están sentados frente al alcalde. Sobre la mesa hay un expediente con planos, cálculos y presupuestos. Llevan meses preparando esta reunión. —Queremos convertir el molino en central eléctrica, dice Francisco, sin preámbulos. El alcalde parpadea. —¿Qué? —Una turbina movida por la misma agua que muele el grano. Podemos iluminar todo el pueblo. Firgas tendría luz eléctrica. Domingo despliega los planos y señala con el dedo manchado de tinta. —Aquí, donde está el rodezno actual, instalaríamos una turbina Francis. El caudal es suficiente. Los cálculos están hechos. Puede generar entre 15 y 20 kilovatios. Bastaría para alumbrado público y algunas casas.
El alcalde mira los papeles, las líneas, las cifras. Entiende menos de lo que le gustaría, pero entiende lo esencial. Mira por la ventana del ayuntamiento. Firgas sigue a oscuras. Las calles se iluminan con velas, candiles y algún farol de aceite. Arucas, Moya y otros pueblos cercanos ya han entrado en otra época. —¿Cuánto cuesta? Francisco saca otro papel. Una lista de cifras. —No es barato. Pero la inversión se recupera en pocos años. Y mientras tanto, seguimos moliendo gofio. No perdemos la función del molino. El alcalde asiente. Toma notas. Hace preguntas. Promete estudiar el proyecto. Promete hablarlo con el pleno. Promete reunirse con los inversores.
Francisco y Domingo salen del ayuntamiento con esperanza. Caminan por las calles oscuras de Firgas imaginando cómo serían con farolas eléctricas. Imaginan el molino iluminado como un faro. Imaginan a Firgas adelantándose a su tiempo. No saben que el proyecto morirá en un cajón. No saben que pasarán décadas antes de que el pueblo tenga luz eléctrica y que, cuando llegue, no será gracias al molino. El sueño de convertir el Molino del Conde en una central hidroeléctrica municipal nunca se cumplió. Los archivos no siempre explican por qué fracasan las buenas ideas, pero la época ayuda a entenderlo: falta de fondos, trámites interminables y, probablemente, intereses que preferían dejar el negocio eléctrico en otras manos.
El largo silencio: 1959-1994
Durante treinta y cinco años, el Molino del Conde fue una ruina. Los techos se hundieron. Las maderas se pudrieron. Las piedras quedaron expuestas a la intemperie. Las ortigas crecieron en el patio central. Los niños jugaban entre los escombros sin saber que estaban pisando quinientos años de historia. María Rodríguez, nacida en 1965, recuerda haber entrado allí de niña. —Era nuestro fuerte secreto. Entrábamos por un hueco en la pared. Dentro estaba todo roto, lleno de hierba. Había una rueda de madera enorme, medio podrida. A ella y a sus amigos les decían que allí se había molido el gofio de todo el pueblo, pero les sonaba imposible. ¿Cómo iba a funcionar algo así? Su generación creció sin escuchar el rumor del agua cayendo, sin oler el gofio recién molido, sin ver girar las piedras. Fueron, sin saberlo, huérfanos de una memoria colectiva. Pero en 1994 algo cambió. El Ayuntamiento compró las ruinas. Y un concejal de cultura, un arquitecto con visión y un grupo de vecinos obstinados decidieron que quinientos años de historia no podían terminar convertidos en un solar o en un bloque de apartamentos. Iban a resucitar el molino.
1998: el día en que las piedras volvieron a cantar.
Firgas, 12 de junio de 1998. Molino del Conde, 11:30 horas. Hay unas cincuenta personas apiñadas en el patio central. Vecinos, autoridades, periodistas, curiosos. Todos miran hacia la compuerta de madera recién restaurada. El alcalde dice unas palabras sobre patrimonio, identidad y futuro. Las palabras, como casi siempre, se las lleva el viento. Lo que importa es el gesto que hace después. Levanta la palanca. Abre la compuerta. Durante un segundo no pasa nada. Luego llega el rumor. El agua viene por la acequia, después de treinta y nueve años de sequía burocrática. Entra al cubo. Cae por el bocín. Y entonces, desde la cueva, surge el rugido. El rodezno empieza a girar. Primero despacio, como si tuviera que recordar el movimiento. Después más rápido. Más. Hasta alcanzar el ritmo de siempre, ese pulso hipnótico que había marcado siglos de vida en Firgas.
Arriba, en la sala de molienda, las piedras vuelven a moverse. Alguien echa un puñado de millo tostado en la tolva. Los granos caen entre las piedras. Y de la ranura inferior empieza a salir el polvo dorado. Gofio. Después de treinta y nueve años, el Molino del Conde vuelve a fabricar alimento y memoria. María Rodríguez está entre el público. Tiene 33 años y ha traído a su hija de seis. Le señala las piedras girando. —¿Ves? Aquí tu bisabuela traía el millo. Y su abuela. Y la abuela de su abuela. La niña no entiende del todo, pero mira fascinada cómo el polvo se acumula en el saco de tela. No sabe que está presenciando una resurrección.
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La dinastía sin nombre
No conocemos su nombre. Los archivos no lo registran. Pero tuvo que existir: el primer molinero del Molino del Conde. El hombre que en 1517 aprendió a dominar el agua, a ajustar las piedras, a calcular el caudal exacto para que el grano se moliera fino sin quemarse. El hombre que dormía con un oído puesto en el rumor de la acequia, porque si el agua paraba, todo se detenía. Tuvo que enseñar el oficio a su hijo. Y su hijo al suyo. Y así durante generaciones. Fueron casi siempre hombres en los papeles, aunque la historia a menudo olvida que las mujeres tostaban el grano en casa, cargaban los sacos y, muchas veces, sostenían la molienda cuando ellos enfermaban o emigraban. Familias enteras con las manos encallecidas por mover pesos imposibles. Con los pulmones llenos de polvo de gofio. Con la espalda torcida de agacharse una y otra vez para recoger los sacos llenos. No hay estatuas de ellos. No hay placas con sus nombres. Se perdieron en archivos parroquiales, esquelas amarillentas y memorias que se borran con el tiempo. Pero estuvieron ahí. Todos los días. Durante siglos. Abriendo la compuerta al amanecer. Ajustando las piedras según la humedad del grano. Parando el molino de noche. Limpiando el polvo. Engrasando los mecanismos. Reparando las cucharas del rodezno cuando se partían.
Fueron los guardianes invisibles de una máquina que era más que una máquina. Era el corazón alimenticio del pueblo. Y cuando Domingo Hernández cerró la compuerta en 1959, fue el último de esa cadena de molineros anónimos. Hasta que en 1998 alguien volvió a abrirla. Lo que las piedras saben Hay un secreto que solo conocen las piedras del Molino del Conde: han triturado incontables toneladas de grano, han alimentado a generaciones y han resistido el abandono, la sequía y la tentación de desaparecer. Saben también cuántas veces estuvieron a punto de detenerse para siempre. Pero siguieron ahí. Esperando. Hoy el molino recibe a escolares, visitantes y jubilados que aún recuerdan el sonido de los sacos y el olor del gofio. Ya no es el motor económico del pueblo. Su función es más simbólica que práctica, más educativa que alimenticia. Pero sigue moliendo. Porque mientras las piedras giren, mientras el agua caiga, mientras el polvo dorado se acumule en los sacos, Firgas sigue sabiendo quién es.
En 2007, el Gobierno de Canarias declaró el Molino del Conde Bien de Interés Cultural. Es el molino de agua más antiguo de Canarias que aún funciona. Domingo Hernández, el último molinero que cerró la compuerta en 1959, está enterrado en el cementerio de Firgas. Su tumba queda a menos de un kilómetro del molino. Si el viento sopla en la dirección correcta, se puede escuchar el rumor del agua. A veces pienso que Domingo lo escucha desde donde está. Y que sonríe. Porque el molino que cerró para siempre volvió a abrirse. Y sigue girando. El Molino del Conde se puede visitar de lunes a viernes, de 8:00 a 14:00 horas. La entrada es gratuita. Calle El Molino, s/n, Firgas. El agua sigue cayendo. Las piedras siguen cantando. Algunos diálogos han sido recreados con fines narrativos a partir del contexto histórico documentado.
Juan Vega Romero
Fotos: Google


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