Sindo, sol y salitre

Quico Espino

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Lo echa de menos hasta el Monte Tamadaba, que aparece detrás, bajo un cielo nuboso. Todos extrañamos a nuestro querido amigo, el cual nos dijo el adiós definitivo, ese adiós que implica que ya no lo vamos a ver nunca más, a no ser que soñemos con él.
 
 Íbamos  prácticamente todos los días a caminar juntos, y luego a nadar, actividades que le encantaban y que le producían un bienestar físico que  ensalzaba y que le mantenían en forma, incluso más joven de los cincuenta y cuatro años que estaba a punto de cumplir.   
 
Su prima hermana, Milagros, que me lo presentó, solía acompañarnos, aunque ella iba más despacio (el suyo era un caminar contemplativo). Él a veces insistía en lo  bien que le sentaba caminar y nadar y me lo repetía. Entonces yo, irónicamente, le contestaba que no me lo había dicho, lo cual lo llevaba a soltar una carcajada.
 
Yo creo verlo todos los días. Siempre se ponía una camiseta roja, y como yo distinga a alguien que use ropa de ese color, me parece advertir su presencia. Siempre me lo imagino acercándose a mí, con esa sonrisa suya tan cariñosa, y abrazándome cada vez que me ve. También lo vislumbro acostado boca abajo en el primer tramo de la escalera que va a la playa,
 
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… en cuya pared Paco y Jonay, otros amigos playeros, escribieron su nombre.
 
Quince días después de su despedida, y aunque no estábamos todos los que lidiábamos con él en Sardina, fuimos a hacerle un homenaje. Teníamos dos ramos de flores, uno de crisantemos y otro de la flor de cera que llevó Carmen Nieves, porque no pudo llevarle mariposas, que a él le encantaban, sobre todo cuando se posaban en una planta:
 
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Para no llamar la atención, y especialmente para no molestar, elegimos la playa de piedras que está por allá de La Fragata, donde tiene la cueva Antoñita Peña, la madre de Prudencio, pues pretendíamos arrojar las flores al mar. Posadas sobre una roca, se encontraban dos gaviotas,
 
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… que parecían mantener una conversación muy interesante, con reclamos incluidos. Después leí un pequeño romance que había escrito en  su  honor:

 

Su prima, un día cualquiera,
lo introdujo en mi camino,
y poco tiempo después
para mí fue un buen amigo.

 

La avenida de Sardina
se convirtió en el destino
de nuestros grandes paseos, 
y la playa, con su hechizo,

 

…donde nadar, satisfechos,
haciendo los ejercicios:
cintura, pedales, brazos,
con tesón, sin sacrificio.

 

Le gustaba ir hacia adentro,
donde el mar es cristalino,
escuchando a las gaviotas
con sus vuelos y graznidos.

 

Siempre te tendré presente
y por esa razón brindo,
chocando alegres las copas,
en tu honor, querido Sindo.

 

Luego, tanto Carmen Nieves, como Milagros, más una joven italiana, llamada Mónica, y yo (faltaban Mariola y Mary Carmen) procedimos a esparcir las flores sobre el agua. Las olas, serenas, se las llevaban apaciblemente, como si los crisantemos y las flores de cera hubiesen aprendido a nadar y se desplazaran con suavidad. Las gaviotas suspendieron su cháchara, atentas a nuestros actos. 

 

De seguido ocurrió algo que nos dejó a todos pasmados de entrada, y luego fascinados: las gaviotas se lanzaron en el aire y, volando y planeando, nos ofrecieron una preciosa y duradera danza aérea que nos cortó el aliento, dibujando hermosas figuras en el cielo. Unas figuras que transmitían armonía y paz. Fue un momento mágico.

 

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Y, para rematar, una mariposa blanca pasó volando ante la cara de Carmen Nieves, para posarse sobre una planta de bulbos amarillos que casualmente habían dejado olvidada en la terraza de la cueva de Prudencio.

 

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Y, aunque yo soy bastante materialista, quienes estábamos allí creímos que la energía de Sindo estaba entre nosotros.

 

Quico Espino

Fotografías: Carmen Nieves Cabrera Estévez, Milagros García Guillén y Google

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