Cuando la vulnerabilidad aparece en el decorado de la Calle Larga
En los últimos días, Gáldar amaneció con una imagen que, más allá de la aparente “gracia” que algunos quisieron ver, refleja una realidad mucho más triste y preocupante. Una fotografía de una persona durmiendo en el exótico y mediático decorado africano instalado ocasionalmente en la Calle Larga con motivo de Gáldar en Flor se difundió rápidamente por redes sociales y grupos de mensajería, convirtiéndose para muchos en motivo de chistes y comentarios.
Pero detrás de esa imagen no hay humor. Hay exclusión social.
Reenviar miles de veces la fotografía de una persona vulnerable, con evidentes problemas sociales, no es un hecho aislado. Este caso tampoco es el primero en el que esta persona se convierte en objeto de grabaciones, fotografías y mofas virales difundidas a gran velocidad. En más de una ocasión, contenidos de este tipo han circulado por distintos medios y redes, y algunas de esas actitudes han rozado incluso lo inhumano, normalizando la humillación pública de alguien que, lejos de necesitar burlas, necesita ayuda, acompañamiento y dignidad.
Lo preocupante es que, con el tiempo, este tipo de situaciones deja de generar alarma y pasa a convertirse en espectáculo.
Quizás, si esa persona fuese un familiar nuestro, no nos parecería tan divertido compartir la imagen. Quizás entonces entenderíamos que, más allá de haber pasado la noche en medio de un decorado floral que embellece nuestra Calle Larga, lo verdaderamente importante no es el lugar donde durmió, sino el abandono que representa que alguien tenga que dormir allí.
Porque la cuestión no es solo quién hizo la foto. La cuestión es cómo es posible que, al parecer, una persona pasara toda la noche durmiendo en pleno centro sin que nadie se percatara o intentara ayudar. Y también cabe preguntarse si es razonable que, tras esa situación, una persona en evidente situación de vulnerabilidad haya permanecido en ese espacio y que al día siguiente niños y familias se sentaran sobre los mismos cojines, sin que aparentemente hubieran sido retirados o higienizados.
Por eso, el debate no debería quedarse únicamente en la crítica al Ayuntamiento por la falta de vigilancia o por no retirar inmediatamente esos elementos. El debate debe ir mucho más allá. Debemos preguntarnos qué modelo de sociedad estamos construyendo cuando preferimos grabar, fotografiar y ridiculizar antes que ayudar o intervenir de forma responsable.
Además, conviene señalar que en muchas ocasiones las personas en situación de calle han recibido previamente intentos de ayuda por parte de servicios sociales o de particulares. No siempre es un proceso sencillo ni lineal: a veces la ayuda no se acepta, o no puede mantenerse en el tiempo, debido a la complejidad de las circunstancias personales, sociales o de salud que atraviesan estas personas. Esto no debe utilizarse como excusa para la indiferencia, sino como una llamada de atención sobre la necesidad de respuestas más coordinadas, constantes y humanas.
Por ello, la responsabilidad institucional no debe limitarse a intervenciones puntuales. Es necesario reforzar el acompañamiento social, la coordinación entre servicios y el seguimiento continuado de situaciones de vulnerabilidad, con el objetivo de que ninguna persona quede fuera del sistema de protección. No se trata de controlar ni de castigar, sino de acompañar, cuidar y ofrecer alternativas reales y sostenidas en el tiempo.
El reto, en definitiva, no es solo evitar la viralización de la humillación, sino construir una sociedad que no convierta la vulnerabilidad en espectáculo y que sea capaz de responder con dignidad, respeto y responsabilidad ante quienes más lo necesitan.
La pobreza, la soledad o la exclusión social nunca deberían ser un espectáculo. Una sociedad sana no es la que más comparte una imagen viral, sino la que es capaz de proteger la dignidad de quienes más lo necesitan.
Moisés Rodríguez Gutiérrez






























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