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Hay frases que parecen inocentes hasta que se analizan con calma. “Primero lo nuestro”. “Primero nuestra gente”. “Primero lo de aquí”. Son eslóganes cuidadosamente diseñados para sonar cercanos, emocionales y aparentemente razonables. Pero detrás de esas palabras hay una lógica política vieja, peligrosa y profundamente divisiva: la idea de que unas personas merecen más derechos, más atención y más dignidad que otras simplemente por haber nacido en un territorio concreto.
El partido Primero Canarias intenta vender ese discurso como si fuera una defensa legítima de las islas, de la identidad canaria y de los intereses locales. Pero cuando uno rasca un poco la pintura del marketing político, lo que aparece recuerda demasiado a la retórica de la ultraderecha identitaria que lleva años creciendo en Europa y en España. Cambian las banderas, cambian los acentos y cambian los símbolos, pero el mecanismo emocional es exactamente el mismo: enfrentar a la población, señalar al “otro” y construir una política basada en el resentimiento.
La similitud con el lema “los españoles primero” o con el discurso de “prioridad nacional” impulsado por sectores ultraderechistas en VOX no es casualidad. La estructura es idéntica. Primero se crea una frontera moral entre “los de aquí” y “los demás”. Después se alimenta la idea de que los problemas sociales existen porque los recursos se destinan a personas ajenas al grupo. Y finalmente se convierte el miedo en proyecto político.
Ese discurso no nace de la solidaridad. Nace de la exclusión.
Porque cuando un partido insiste obsesivamente en “los nuestros”, inevitablemente está diciendo que hay personas que no cuentan igual. Que hay vecinos de primera y vecinos de segunda. Que quien llega de fuera merece menos oportunidades, menos ayudas, menos empatía y menos derechos. Y eso, aunque se diga con una sonrisa y una bandera canaria detrás, sigue siendo un discurso profundamente reaccionario.
Canarias no necesita más políticos jugando a fabricar enemigos imaginarios mientras la población sigue ahogada por alquileres imposibles, salarios miserables, precariedad laboral y servicios públicos deteriorados. Lo verdaderamente obsceno no es que venga gente de fuera a buscar una vida mejor. Lo obsceno es que durante décadas se haya permitido que grandes cadenas hoteleras, fondos de inversión y especuladores conviertan las islas en un negocio para unos pocos mientras miles de canarios sobreviven con sueldos de pobreza.
Pero culpar al vulnerable siempre sale más barato políticamente que enfrentarse a quienes concentran el poder económico.
Ese es el viejo truco del populismo identitario: dirigir la rabia hacia abajo para no tocar nunca a quienes están arriba. Y ahí es donde Primero Canarias deja de parecer un supuesto proyecto “social” o “canarista” para convertirse en otra versión del mismo manual político que utilizan movimientos ultras en todo el continente.
No hace falta llevar simbología para normalizar ideas peligrosas. Basta con repetir constantemente que “los de fuera” amenazan el bienestar colectivo. Basta con insinuar que la identidad está en peligro. Basta con convertir la pertenencia territorial en criterio político.
La historia europea está llena de ejemplos de cómo empiezan estos discursos: apelando al sentido común, al orgullo local y a la supuesta protección de la gente corriente. Siempre empiezan diciendo que solo quieren “priorizar a los nuestros”. Nunca empiezan diciendo a dónde conduce realmente esa lógica.
Y sí, defender Canarias es legítimo. Defender mejores salarios, limitar la especulación inmobiliaria, proteger el territorio o exigir inversiones públicas es necesario. Pero eso no tiene nada que ver con construir una política basada en señalar a quienes vienen de fuera como si fueran el problema principal.
El verdadero amor por Canarias no consiste en levantar muros emocionales ni en convertir la identidad en arma política. Consiste en defender una sociedad justa, digna y abierta, donde nadie tenga que competir por migajas mientras unos pocos se enriquecen destruyendo el territorio y explotando a la población.
Cuando un partido convierte el “primero nosotros” en eje central de su discurso, lo que está sembrando no es comunidad. Está sembrando sospecha, división y resentimiento.
La pregunta es inevitable: cuando dicen “primero lo nuestro”, ¿también va contra quienes se enriquecen destruyendo el derecho a la vivienda y expulsando a los canarios de su tierra? ¿O el “primero lo nuestro” solo se aplica contra los menos poderosos?
Y Canarias merece mucho más que políticos que reciclan el lenguaje de la ultraderecha con acento isleño.
Guayarmina Guanarteme
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